ISEGORÍA. Revista de Filosofía moral y política 70 
ISSN-L: 1130-2097, eISSN: 1988-8376
https://doi.org/10.3989/isegoria.2024.70.1480

Familia y género en Alexis de Tocqueville

Family and gender in Alexis de Tocqueville

 

INTRODUCCIÓN

 

Los análisis tocquevillianos sobre la familia y el papel de las mujeres en la sociedad democrática han tenido escaso eco entre los analistas de su obra. Hill Locke y Eileen Hunt Botting (2009Hunt Botting, Eileen (2009). “A Family Resemblance. Tocqueville and Wollstonecraftian Protofeminism”. En Jill Locke y Eileen Hunt Botting (eds.), Feminist Interpretation of Alexis de Tocqueville. Pennsylvania: The Pennsylvania State University Press, pp. 99-121., p. 2) colocan en la tesina Le thème de la famille et de la femme chez Tocqueville de Francine Verge (1979Verge, Francine (1979). Le thème de la famille et de la femme chez Tocqueville. Mémoire pour le Diplôme d’Études Approfondies d’Etudes Politiques présenté et soutenu à la session de mars 1979. Paris : Université de Droit et de Sciences Sociales de Paris.)1La misma autora profundiza sus análisis en la memoria de doctorado La critique de l’égalité chez Tocqueville. Mémoire D.E.A . Philosophie du droit. Paris 2, 1981. como el primer estudio dedicado específicamente a lo análisis tocquevillianos de la mujer y la familia. Por otra parte, la propia ambigüedad de los textos de Tocqueville ha favorecido lecturas diversas de la aparente contradicción entre su noción de ciudadanía y su defensa de la exclusión de las mujeres de dicha ciudadanía.

Desde una perspectiva conservadora, se ha reivindicado su énfasis en el papel fundamental de las instituciones extra-estatales —familia, iglesias, asociaciones cívicas— en el fomento de las virtudes morales y cívicas, imprescindibles para el sostenimiento de la democracia. Desde la aceptación de la división del espacio en público y privado y a partir de la visión de la mujer como depositaria de los valores morales, apenas se menciona y cuestiona la exclusión de la mujer del ejercicio pleno de la democracia. En cambio, se hace hincapié en el papel de la mujer como garante y responsable del goce pleno de la libertad y de la igualdad por parte de los varones. Así, por ejemplo, Bloom (1989Blooom, Allan (1989). El cierre de la mente moderna. Traducción de Adolfo Martín. Barcelona: Plaza y Janés., 1996Blooom, Allan (1996). Amor y Amistad. Traducción de Carlos Garduni. Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello, 1996.) y Manent (1982Manent, Pierre (1982). Tocqueville et la nature de la démocratie. Paris: Commentaire Julliard.) se centran en la huella roussoniana presente en la función otorgada a las mujeres, considerando al normando un fiel discípulo de Rousseau. Y, a su vez, Robert Putnam (2000Putnam, Robert (2000). Sólo en la bolera: colapso y resurgimiento de la comunidad norteamericana. Barcelona: Círculo de lectores., 2003Putnam, Robert (2003). El declive del capital social: un estudio internacional sobre sociedades y el sentido comunitario. Barcelona: Galaxia Gutenberg., 2011Putnam, Robert (2011). Para que la democracia funciones: las tradiciones cívicas en la Italia moderna. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas.) se apoya en los planteamientos tocquevillianos para reforzar su noción de capital social, es decir, en su defensa de la necesidad para “hacer funcionar la democracia” del compromiso de los ciudadanos en la tarea de construir redes positivas de interacción y confianza sociales, redes que requieren códigos morales comunes, responsabilidad última de las mujeres.

Desde un enfoque crítico, Welch (2001Welch, Cheryl (2001). De Tocqueville. New York: Oxford University Press.), Janara (2009Janara, Laura (2009). “Democracy’s Family Values”. En Jill Locke y Eileen Hunt Botting (eds.), Feminist Interpretation of Alexis de Tocqueville. Pennsylvania: The Pennsylvania State University Press, pp. 47-98.) y Ozouf (1999Ozouf, Mona (1999). Les mots des femmes. Essai sur la singularité française. Paris: Gallimard.) utilizaron los planteamientos tocquevillianos como pretextos teóricos para cuestionar los roles de género en las sociedades democráticas. Desde el punto de vista de estos/as autores/as, la distinción público y privado y la asignación de roles diferenciados para varones y mujeres siempre se traduce en la sustracción a estas de la ciudadanía (Mouffe, 1993Mouffe, Chantal (1993). “Feminismo, ciudadanía y política democrática radical”. Debate feminista, 7, pp.3-22.).

En todo caso, cuando nos acercamos a la obra Tocquevilliana, hay un elemento que nos alerta sobre su percepción de lo femenino: el lenguaje utilizado. Tocqueville siempre asocia la debilidad y la perversidad a lo femenino: acusaciones contra una burguesía afeminada, la maldad con rostro de mujer, etc. Por el contrario, siempre que se refiere a instituciones, actos, virtudes, costumbres, etc., cuando quiere expresar el espíritu de superación, la entereza ante situaciones especialmente difíciles, la resistencia a la opresión, la defensa de la verdad y la justicia, la dignidad y el honor, los apelativos utilizados están siempre relacionados con la “virilidad”, “la hombría”, “la masculinidad”.

Por tanto, no sorprende que la retórica de Tocqueville esté repleta de llamadas a la “grandeza” y a “los grandes hombres” de antaño, y a las perdidas “virtudes varoniles” de una “nobleza masculina”. El “mundo” masculino de fines ideales y causas nobles parecía haberse hundido en un servil deseo (“femenino”) por la seguridad y el bienestar material (Vila, 2009Vila, Dona (2009). “Tocqueville and the Feminization of the Bourgeosie”. En Jill Locke y Eileen Hunt Botting, Eileen (eds.), Feminist Interpretation of Alexis de Tocqueville. Pennsylvania: The Pennsylvania State University Press, pp. 71-98., p. 74).

En ocasiones se ha argumentado que Tocqueville es un hombre de su tiempo, que su “masculinización” de las virtudes elevadas no implica una visión androcéntrica y patriarcal, sino que su perspectiva transciende los rasgos de edad, género, raza, clase (Carrión Murillo, 2009Carrión Morillo, David (2009). Tocqueville: la libertad política en el estado social. Madrid: Delta., p. 68).

Sin embargo, al observar su entorno social y cultural, no hay que echar en saco roto la lucha desde la Ilustración de un sector significativo de mujeres y de hombres a favor de la igualdad de derechos entre los seres humanos con independencia de su raza y sexo. Todo un conjunto de propuestas filosóficas y políticas intentaban hacer realidad los ideales igualitaristas ilustrados, y, en el tema que nos ocupa, formulando la conceptualización de las mujeres como sujetos autónomos de derechos semejantes a los varones (Sánchez Muñoz, Cristina (2005Sánchez Muñoz, Cristina (2005). “Genealogía de la vindicación”. En Elena Beltrán y Virginia Maquieira (eds.), Feminismos. Debates teóricos contemporáneos. Madrid. Alianza, pp. 17-74.), Amorós y de Miguel, 2005Amorós, Celia y Miguel Ana de, eds. (2005). Teoría feminista: de la Ilustración a la globalización, 1. Madrid: Minerva ediciones.). Ahí encontramos, entre otros/as intelectuales, al alemán Von Hippel, al francés Condorcet, a la inglesa Mary Wollstonecraft, a sus compatriotas Stuart Mill y Taylor Mill, y a todo un movimiento ciudadano protagonizado por mujeres que durante el periodo 1789-1793 levantan en Francia sus voces, en ocasiones de manera aislada, en otras colectiva, para hacer oír públicamente sus reivindicaciones. Mujeres que quieren dejar atrás un destino reducido a “trabajar, obedecer y callar” y que, al grito “Y también nosotras somos ciudadanas” (Jodin, 1790Jodin, Marie Madeleine (1790). Vues législatives pour les femmes adressées à l’assemblée nationale. Angers: MAME, Imprimeur du Départament de Maine et Loire. http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k56704r.r=jodin.langES), reivindican su presencia plena en el espacio público.

Esto es, emerge un nuevo sujeto político que exige el derecho a la educación, el derecho al trabajo, los derechos matrimoniales y, por último, el derecho al voto. Los Cuadernos de Quejas (Cahiers des doléances , 1989Cahiers des doléances des femmes en 1789 et autres textes. (1989). Paris: Des Femmes Antoinette Fouque.), redactados en 1789 para hacer llegar las demandas de los estamentos a los Estados Generales convocados por Luís XVI, nos muestran la diversidad y la riqueza de las peticiones de las mujeres. Sin olvidar a Olympe de Gouges (1986Gouges, Olympe de (1986). Oeuvres. Paris: Mercure de France.), que, frente a la exclusión de los derechos de las mujeres, escribe su texto de 1791 Declaración de los derechos de la Mujer y de la Ciudadana , que significa una crítica radical a la concepción de ciudadanía sexuada que se afirmaba en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano .

Hablar del contexto es también fijarnos en el movimiento sufragista norteamericano que tiene una de sus señas de identidad en la Declaración de Sentimientos , emanada de la Convención de Seneca Falls de 1848, donde se denuncia la histórica tiranía de los hombres sobre las mujeres y se exige la igualdad total de los dos sexos (La declaración de la independencia , 1993La declaración de la independencia. La Declaración de Seneca Falls. (1993). León: Secretariado de Publicaciones de la Universidad de León.; Miyares, 2005Miyares, Alicia (2005). “El sufragismo”. En Celia Amorós y Anade Miguel (eds.), Teoría feminista: de la Ilustración a la globalización. Madrid: Minerva ediciones, pp. 245-294.; Tavera García,1996Tavera García, Susana (1996). “La declaración de Seneca Falls, género e individualismo en los orígenes del feminismo americano”. Arenal, Revista de Historia de las Mujeres, 3 (1), pp. 135-144.; Davis, 2004Davis, Angela (2004). Mujeres, raza y clase. Traducción de Ana Varela Ramos. Madrid: Akal.). Sin olvidar a mujeres que, como Flora Tristán, desde los ámbitos saintsimonianos elevaban sus voces contra la degradante situación de las mujeres obreras.

Es decir, en el ambiente social, político e intelectual de la época se respiraban ya aires de libertad para las mujeres. De hecho, Tocqueville conoce los “llamados movimientos de emancipación de las mujeres”, como se puede comprobar a través de sus mordaces comentarios a lo largo de su correspondencia privada, así como en la misógina nota al margen del texto de la Democracia : “En Europa las mujeres no buscan perfeccionarse en su línea, sino apoderarse de la nuestra” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., p. 253c).

Ahora bien, calificar sin más la obra tocquevilliana como sexista y patriarcal es mantener una visión simplista y reduccionista de la cuestión de la mujer en Tocqueville. Su correspondencia y los capítulos dedicados en la segunda Democracia a la familia y a las mujeres nos descubren un Tocqueville consciente de la fuerte impregnación de género de las instituciones democráticas y un perspicaz analista de los cambios introducidos por la modernidad en la estructura familiar.

Ciertamente, siempre que nos adentramos en algún aspecto de la obra tocquevilleana —por ejemplo, entre otros muchos temas, sus presupuestos epistemológicos, su liberalismo, su nacionalismo, su noción de religión y de democracia, etc.— nos encontramos con un autor ambivalente, difícil de sintetizar y clasificar, pero necesario “para entender el presente y para crear un futuro a la medida de los seres humanos” (Cortina, 2011Cortina, Adela (2011). “Prólogo”. En Juan Manuel Ros, Los dilemas de la democracia liberal. Barcelona: Crítica., p. 12). Esta cacofonía tocquevilleana está también presente en la percepción que tiene nuestro autor de la cuestión de las mujeres y explica en parte la heterogeneidad de interpretaciones entre los estudiosos de su obra. Ahora bien, esta diversidad de apreciaciones nos indica también que el lugar de las mujeres en los planteamientos tocquevillianos es una cuestión todavía abierta y no resuelta. De ahí que el presente artículo tenga como objetivo principal analizar el papel que Tocqueville otorga a las mujeres en las sociedades democráticas. Se trata de demostrar que la cuestión de las mujeres no es en Tocqueville un tema baladí, sino una dimensión fundamental de su pensamiento político, que sus análisis aportan contribuciones importantes al campo de la familia y de los derechos de las mujeres, pero que, al propio tiempo, contienen las sombras de una actitud política “ambidiestra”2Tomo la expresión de Seloua Luste Boulbina, que a su vez se apoya en el siguiente retrato de Royer-Collard de nuestro autor: “Je crains que, par impatience d’arriver, il ne s’égare dans des voies impraticables, voulant concilier ce qui est inconciliable. Il se sert à la fois de ses deux mains, donnant la droite à la gauche, la gauche à nous, regrettant de ne pas en avoir une troisième qu’il donnerait invisiblement” (Luste Bulbina, 2008, p. 167)., que —al hacer del término medio la brújula de su acción política— pretende reconciliar lo irreconciliable: la defensa a ultranza en las sociedades democráticas de la libertad cívica, entendida como el derecho a participar en el gobierno, pero también como el deber de actuar políticamente y la negación para las mujeres de tales derechos políticos. Y este ambidextrismo queda patente al confrontar sus análisis sobre el papel social de las mujeres con la descripción de la socióloga Harriet Martineau de las mujeres americanas a lo largo de su periplo por EE. UU.

LA FAMILIA DEMOCRÁTICA

 

En coherencia con su metodología comparativa, la confrontación de la familia americana con la francesa sirve a Tocqueville para mostrar los cambios que la democracia ha producido en la institución familiar. Presenta así una concepción dinámica de la familia (Janara, 2004Janara, Laura (2004). Democracy Growing Up: Authority, Autonomy and Passion in Tocqueville’s Democracy in America. Albany: State University of New York Press.).

En Estados Unidos la familia patriarcal aristocrática no existe. La autoridad indiscutible del paterfamilias se ha quebrado por una mayor libertad y autonomía de los hijos. A pesar de su trascendencia, ha sido un proceso sin rupturas ni enfrentamientos de las partes. “Los mismos hábitos, los mismos principios que empujan a uno a conseguir la independencia disponen al otro a considerar su uso como un derecho indiscutible” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, pp. 235-236).

Tocqueville destaca la ligazón existente entre la estructura familiar y la organización social y política, de tal modo que la aristocracia y la democracia estructuran la familia en razón de sus necesidades políticas y sociales. Así, en las sociedades aristocráticas jerárquicamente organizadas, donde el poder se dirige únicamente al primero del escalafón y desde ahí alcanza ordenadamente al miembro más ignorado del grupo, las familias toman la misma organización y puede decirse que el padre ejerce “un poder político” (Manent, 1982Manent, Pierre (1982). Tocqueville et la nature de la démocratie. Paris: Commentaire Julliard., p. 100). La familia aristocrática tiene un jefe claro: el padre o el hermano mayor, heredero de los bienes y de la tierra. Él la representa de cara a la sociedad, la dirige y la mantiene. El poder únicamente le reconoce a él y solamente a él se dirige. “El padre no solamente tiene el derecho natural, sino que se le concede un derecho político a mandar. Es el autor y el sostén de la familia y es también su magistrado” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 237).

Al mismo tiempo, la ley de sucesión fortalece los derechos de primogenitura y de masculinidad, y obliga a la nobleza a transmitir sus bienes intactos a sus descendientes. La tierra, permaneciendo durante generaciones sin dividirse, acaba por representar a la familia; simboliza para la aristocracia la fuente de su poder ancestral, es el testigo y el testimonio de su origen y de la gloria familiar.

Esta ligazón ininterrumpida con sus orígenes favorece en la aristocracia un culto al pasado, a un pasado vivido como glorioso y digno de recordarse y perpetuarse. La aristocracia hace de la tradición la regla de conducta de sus sucesores, lo que acrecienta la autoridad del padre, al que se le convierte en el puente de unión entre el presente y el pasado, órgano de la tradición, intérprete de los hábitos, árbitro de las costumbres y poder legal sobre sus hijos.

El proceso democrático rompe esa jerarquía. “Cuando […] los hombres difieren poco entre sí y no permanecen desiguales para siempre, la noción general del superior se hace más débil y menos clara” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 238). La democracia significa el triunfo de los principios de igualdad y de independencia en la sociedad y, también, en la familia. Entonces, comienza a flaquear el peso de la opinión y de la autoridad del padre.

Solamente se mantiene la autoridad del padre mientras los hijos son pequeños y su debilidad la hace indispensable. Pero desde pequeños estos aprenden a juzgar por sí mismos y a dirigirse solos. Su independencia va unida a la desaparición del culto al pasado y a la disminución del peso de la tradición, que ha dejado de ser la regla de conducta: ha sido sustituida por la razón. Al propio tiempo, al no ser la sociedad democrática una organización jerarquizada, se hace innecesario, desde un punto de vista político, que haya un jefe: “El padre no es a los ojos de la ley más que un ciudadano más viejo y más rico que sus hijos” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 237).

La división patrimonial característica de la democracia no se limita a diseminar los bienes, sino que destruye además la unión que existía en la aristocracia entre el espíritu de familia y la conservación de la tierra. La tierra ya no representa la familia. Esta se va reduciendo progresivamente a los parientes más próximos e, incluso estos, son cada vez más independientes unos de otros. Todo ello contribuye a acelerar la pérdida de la autoridad del padre, al mismo tiempo que favorece una relación más cercana y afectiva con sus hijos.

Mientras en el nivel macro el proceso democrático provoca una pérdida de los lazos sociales, en el interior de la familia la disminución de los recursos familiares, que la división de los patrimonios introduce, y la dulcificación de costumbres, que el progreso de la democracia entraña, colocan a los individuos en una situación de igualdad que favorece el fortalecimiento de los vínculos familiares. Los afectos y la confianza vienen a ser el cemento que los une. De tal modo, en democracia se refuerzan los lazos del corazón, que Tocqueville considera los lazos naturales.

Por otra parte, al ser la democracia una sociedad de clase media, donde las familias de pequeñas fortunas prevalecen, su estructura familiar y la ideología que la acompaña se convierten en las hegemónicas, aquellas que el resto han de mirar e imitar (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 238).

Se ha criticado en ocasiones a Tocqueville por enfocar sus análisis exclusivamente en las familias americanas de clase media y presentar este modelo como universal, obviando otros modelos familiares. Sin embargo, su gran contribución a la sociología de la familia es haber analizado cuidadosamente las dinámicas psico-políticas del emergente y dominante ideal de familia. Sus análisis no pretenden ser una historia social de los diferentes modos de vida familiar, sino más bien un retrato de las sensibilidades que conforman la imaginación democrática moderna.

Tocqueville no lamenta las transformaciones sufridas por las familias modernas. Indudablemente, en su mentalidad, una estructura familiar jerárquica basada en la adscripción y fuertemente reglada, en la que los individuos tienen claro el sentido de la institución y su lugar en ella, aporta a la sociedad orden y estabilidad. Ahora bien, todo lo que la sociedad presuntamente puede perder, el individuo gana (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 239).

En democracia también cambian las relaciones entre los hijos. En las sociedades aristocráticas el derecho de mayorazgo convierte al primogénito en el amo de sus hermanos. Sin embargo, al mismo tiempo, asegura a estos un valedor de sus intereses en la sociedad. La familia aristocrática asfixia al individuo. Y, a la vez, es su escudo protector. Al igual que ocurre a nivel de la sociedad global, los lazos jerárquicos y los intereses materiales ligan estrechamente a los diversos miembros de la familia aristocrática. Ahora bien, esta unión carece de todo rasgo afectivo y expresivo.

Por el contrario, en la familia democrática esta comunidad de intereses es menos clara. Todos los hijos son iguales e independientes. Del mismo modo que en el resto de la sociedad, los lazos de dependencia mutua se han roto y ninguno es más que los demás ni debe nada a los otros. Sin embargo, la intimidad y la calidez de las relaciones en el interior de la familia democrática “permite que sus almas se fundan” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 240).

No son los intereses los que unen a los miembros de la familia; la simpatía y el cariño les empuja los unos a los otros. Parece que la democracia instala entre los hermanos un tipo ideal de igualdad que promueve y genera de forma natural un republicanismo cívico, que en el nivel de la sociedad global hay que reconstruir de forma artificial: “La democracia relaja los vínculos sociales, pero estrecha los naturales. Acerca a los parientes al mismo tiempo que separa a los ciudadanos” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 240). Ahora bien, esta fraternidad republicana no alcanza a todos los miembros de la familia, no es extensiva a las mujeres; estas aparecen a la sombra de la democracia, junto a los “no blancos” y los pobres.

LA MUJER EN LA SOCIEDAD DEMOCRÁTICA

 

La mujer, custodia y depositaria de la moral

 

En Tocqueville, hablar de la mujer es hablar de la moral y de las costumbres. Es pulsar los condicionantes últimos de la organización social y política, es alcanzar la fuente de esas creencias compartidas sin la cuales no hay sociedad. El papel de las mujeres es trenzar esas costumbres con hábitos de orden y de moralidad, que sirven poderosamente de freno a las pasiones políticas3En sus cuadernos de viaje, Tocqueville había sido mucho más explícito: “Les bonnes moeurs chez un peuple dépendent presque toujours des femmes et non des hommes” (Tocqueville, 1958, p. 32)..

No hay más que adentrarse en sus escritos e, incluso, en su correspondencia privada para percatarse de la enorme importancia que tienen las costumbres en los análisis tocquevillianos. Además, hay que tener en cuenta que “las costumbres se gestan en esa esfera colectiva que hacen los hombres en el marco de una interacción horizontal e igualitaria. Pero las “mores” no solo se refieren a los usos, opiniones y formas que dominan la sociedad norteamericana, sino también a un conjunto de prácticas políticas producto, a su vez, de una poderosa armazón institucional” (Béjar, 2000Béjar, Helena (2000). El corazón de la república. Paidós: Buenos Aires., p. 120). Desde esta dimensión de las costumbres, cobra todo su sentido el papel de la mujer en democracia.

Es decir, el papel político que otorga Tocqueville a la mujer se dibuja a partir de su misión moral y social. En parte son las responsables de la solución del problema de la democracia, ya que de ellas depende la calidad de los vínculos de dependencia y solidaridad que posibilitan la comunidad política, la nación. Son poseedoras del poder moral, en el sentido de que moralizan desde dentro a la sociedad. Guardianas y sostén de la moralidad, son, además, el espejo en el que se refleja el grado de moralidad de una sociedad. Finalmente, les compete indirectamente un papel político, pues de ellas depende la educación de sus hijos en aquellos valores religiosos y asociativos que les permitan desarrollar una ciudadanía crítica y contrarrestar, de este modo, las tendencias individualistas y “anti-públicas” (y por tanto no varoniles) de la “femenina” democracia burguesa (Usategui, 2003Usategui, Elisa (2003). “Comunidad y género en Alexis de Tocqueville”. Revista de Estudios Políticos, 121, pp. 71-106.). Si “se me preguntase a qué pienso que se debe atribuir la prosperidad singular y a la fuerza creciente de este pueblo, respondería que es a la superioridad de sus mujeres” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 256).

Resumiendo, Tocqueville concede a las mujeres el papel de frenar las tendencias individualistas de las sociedades democráticas y reprimir las intenciones despóticas del poder político democrático imbuyendo a sus hijos el hábito “femenino de asociación”, unido a un espíritu “masculino” de independencia (Vila, 2009Vila, Dona (2009). “Tocqueville and the Feminization of the Bourgeosie”. En Jill Locke y Eileen Hunt Botting, Eileen (eds.), Feminist Interpretation of Alexis de Tocqueville. Pennsylvania: The Pennsylvania State University Press, pp. 71-98., p. 95).

La educación de la mujer en democracia

 

Al igual que la libertad cívica implica y exige una sociedad cultivada4“Une autre point que démontre l’Amérique, c’est que la vertu n’est pas comme on l’a prétendu longtemps la seule chose qui puisse maintenir las républiques, mais que les lumières facilitent plus que toute autre chose cet état social. Les Américains ne son guère plus vertueux que d’autres; mais ils sont infiniment plus éclarés (je parle de la masse) qu’aucun autre peuple que je connaise; je ne veux pas dire seulement qu’il s’y trouve plus d’hommes sachant lire et écrire […], mais la masse de ceux qui ont l’entente des affaires publiques, la connaissance des lois et des précédents, le sentiment des intérêts bien entendus de la nation et la faculté de les comprendre y est plus grande qu’en aucun lieu du monde” (Tocqueville, 1957, p. 278)., la educación de la mujer —responsable última de las “moeurs” de la sociedad y del tipo de ciudadanía desarrollada por sus miembros— tiene una importancia singular y adquiere implícitamente un fuerte sesgo político.

Su aceptación del modelo educativo americano (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II: p. 242) y el papel que otorga a la mujer en democracia, aleja a Tocqueville de los planteamientos roussonianos. Defiende una educación para la libertad, que cultive las capacidades intelectuales y morales de los sexos por igual. Al igual que para su amigo Stuart Mill (2001Mill, John Stuart (2001). “La sujeción de las mujeres”. En John Stuart Mill y Harriet Taylor Mill, Ensayos sobre la igualdad sexual. Traducción de CarmenMartínez Gimeno. Madrid: Cátedra, pp. 149-258.), este tipo de educación es indispensable para el mantenimiento de la democracia liberal. Además, en el plano más íntimo, acerca los lazos naturales en la familia y mejora las relaciones entre el marido y la mujer.

Como señala Eileen Hunt Botting (2009Hunt Botting, Eileen (2009). “A Family Resemblance. Tocqueville and Wollstonecraftian Protofeminism”. En Jill Locke y Eileen Hunt Botting (eds.), Feminist Interpretation of Alexis de Tocqueville. Pennsylvania: The Pennsylvania State University Press, pp. 99-121.), la chica americana de Tocqueville tiene mucho más en común con la chica ideal de Wollstonecraft que con la Sophie del Emilio . Las dos son educadas en la igualdad intelectual con sus hermanos, en la autonomía moral para no dejarse llevar por embaucadores religiosos o padres excesivamente dominadores, en la castidad —pero no en frialdad sexual—, en la seducción controlada y sutil para gustar —y manejar—, a sus compañeros varones. La educación hace a las mujeres americanas dueñas de sí mismas y les da un conocimiento profundo de la realidad y de los diferentes campos del saber. En su periplo americano, Tocqueville se muestra gratamente sorprendido al escuchar a las mujeres opinar inteligentemente sobre cuestiones científicas, políticas, filosóficas y religiosas (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 242).

Al igual que Wollstonecraft, Tocqueville sentía pena y lástima de cualquier niña europea educada a imagen y semejanza de Sofía, esto es, como un ser insignificante, hipersensible, sin entendimiento alguno, preparada para la sujeción y la servidumbre, privada de la mínima oportunidad de desarrollar su fuerza psíquica y física, imprescindibles ambas para poder llevar una vida buena. Se lamentaba de una educación fragmentada que hacía de las mujeres seres seductores, pero incompletos a los ojos de los varones y, lo que era más grave, a los suyos propios. De ahí que condenara la “tímida, retirada y casi claustral” educación que se impartía en Francia, que en nada preparaba para su autonomía y las entregaba “enseguida, sin guía y sin ayuda, en medio de los desórdenes inseparables de una sociedad democrática” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 242).

En los Estados Unidos se habían dado cuenta de que “en una democracia la independencia individual no podía dejar de ser muy grande; la juventud, temprana; los gustos, mal contenidos; los hábitos, cambiantes; la opinión pública, a menudo incierta o impotente; la autoridad paterna, débil y el poder marital, discutido” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 242). Esa incertidumbre e inestabilidad obliga a las mujeres a educar a sus hijos —los futuros ciudadanos— en valores de responsabilidad y libertad. Así, haciendo suya —sin tener conciencia— la preocupación marxiana de” quién educa al educador”, los norteamericanos han visto la necesidad de educar a las propias mujeres en el autogobierno, desarrollando al máximo su inteligencia y voluntad. De este modo, Tocqueville observa que el pueblo americano educa a la mujer en las tres dimensiones que él mismo ha dado a la libertad: igualdad, independencia y responsabilidad (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 242).

La mujer y el matrimonio

 

Ahora bien, cultivar la autonomía de las mujeres no significa en modo alguno prepararlas para una ciudadanía crítica y responsable, como sucede en el caso de los varones. No es abrirlas a la esfera pública, sino encerrarlas en la privacidad de lo doméstico. Hunt Botting (2009Hunt Botting, Eileen (2009). “A Family Resemblance. Tocqueville and Wollstonecraftian Protofeminism”. En Jill Locke y Eileen Hunt Botting (eds.), Feminist Interpretation of Alexis de Tocqueville. Pennsylvania: The Pennsylvania State University Press, pp. 99-121., p. 114) describe acertadamente a la mujer tocquevilliana como “la chica Wollstonecraft dentro de la esposa de Rousseau”. Es decir, la educación americana de las mujeres no es sino una preparación para que “libremente” acepte someterse sin restricción alguna y con plena abnegación al matrimonio y a las obligaciones que este entraña para ella. De este modo, donde antes todo era independencia y libertad, ahora es sujeción y enclaustramiento (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 245).

Por eso no se entiende que Benoît (2004Benoît, Jean-Louis (2004). Tocqueville moraliste. Paris: Honoré Champion., p. 369) pueda decir que “Tocqueville posee una visión moderna de la pareja”. Ciertamente el matrimonio tocquevilliano reposa “en la inclinación y la libre elección”, pero significa la cárcel para la mujer. Encierra a las mujeres en el recinto doméstico, aunque “a veces se muestren como hombres por su mente y corazón” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 254).

Libre de compromisos y obligaciones, la mujer americana acepta el yugo del matrimonio porque conoce y acepta de antemano sus reglas y obligaciones. Su libertad inicial permite a la esposa soportar libremente el enorme peso de las cargas que la nueva situación conlleva, porque la libertad que de soltera disponía le ha dado una auténtica y profunda madurez moral e intelectual. Las cualidades desarrolladas por su educación permiten a las mujeres ser mejores esposas y enfrentarse valientemente a todas las vicisitudes y pruebas de la vida. El matrimonio aparece como un auténtico contrato en el que cada una de las partes acepta libremente sus disposiciones, que para las mujeres implican renunciar a una situación agradable y placentera, y asumir unas condiciones extremadamente duras, así como el castigo de una opinión pública inexorable ante cualquier pequeña desviación.

Tocqueville, crítico con la tiranía de la opinión pública, al que le importaba menos la naturaleza del amo que el tipo de obediencia que el poder quería imponer, para quien la libertad individual solamente se cumple en la libertad política, cuando se trata de las mujeres acata que reine “en los Estados Unidos una opinión pública inexorable que encierra con cuidado a la mujer en el pequeño círculo de los intereses y los deberes domésticos y que le prohíbe salir de él” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 245). Tocqueville, que hacía de la libertad la esencia de la dignidad humana, acaba defendiendo en el matrimonio la dejación de la libertad personal de las mujeres, hasta el punto de justificarla y legitimarla como una dejación libre. Su educación en libertad no tiene como finalidad convertirla en ciudadana, sino en prepararla para que acepte responsablemente el yugo que significa sus responsabilidades en el matrimonio.

Esta concepción del matrimonio introduce un matiz importante en la noción tocquevilliana de privacidad. Cuando Tocqueville analiza la ruptura en la sociedad democrática entre los ámbitos público y privado y el prestigio que alcanza la privacidad como ámbito de desarrollo personal, no tiene en cuenta la situación de las mujeres. Como señala Soledad Murillo (1996Murillo, Soledad (1996). El mito de la vida privada. Madrid: Siglo XX.), es imposible identificar el universo privado que Tocqueville describe con la vida de las mujeres. “Privacidad en ese sentido democrático del que nos habla nuestro autor es replegarse en sí mismo, concederse una parcela de soberanía, aislarse del exterior para construirse la propia identidad, disponer de un espacio de autorrealización” (Usategui, 2003Usategui, Elisa (2003). “Comunidad y género en Alexis de Tocqueville”. Revista de Estudios Políticos, 121, pp. 71-106., p. 98). Todas estas dimensiones no tienen mucho que ver con la vida real de la mujer tocquevilliana en el hogar. La mujer será el ángel del hogar, pero un ángel sin alas. Su espacio no es privado, el suyo es doméstico. Su actividad, el cuidado. Por eso Tocqueville le atribuye la función de atender los deseos de los demás, de estar pendiente de los otros, de realizar lo puramente biológico de su existencia. Y “carecer de vida privada no es solo un matiz, incide en un desigual reparto de oportunidades personales, además de construir identidades con profundas deficiencias para ambos géneros” (Murillo, 1996Murillo, Soledad (1996). El mito de la vida privada. Madrid: Siglo XX., p. 20).

A la hora de explicar esta división de esferas según sexo, es decir, la asignación de las mujeres al ámbito doméstico y al varón al ámbito público, encontramos en Tocqueville cierta incoherencia. Por una parte, no es para él un hecho natural, no es la biología su explicación, sino un acuerdo social de cara al buen funcionamiento de la sociedad. En modo alguno significa que la mujer esté incapacitada para actuar en la esfera pública. Sin embargo, si son ellas a quienes corresponde habitar la esfera doméstica es porque su carácter desprendido, generoso y altruista las capacita mejor para educar a los futuros ciudadanos5Los hombres se convierten en lo que son siempre “en las rodillas de su madre” (Tocqueville, 2003, p. 86)., es decir, su naturaleza y su función social explican que “la independencia de la mujer se pierda en los vínculos del matrimonio” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 246). Como se verá más adelante, la interpretación más biologicista irá ganando terreno en los textos tocquevilleanos.

La mujer y la moralidad sexual

 

En el matrimonio aristocrático, el contrato está falsificado y, por tanto, puede ser considerado nulo, pues son otros, y no los contrayentes, quienes lo conciertan y establecen las cláusulas. En cambio, el matrimonio democrático reposa sobre un verdadero contrato: el hombre y la mujer han podido decidir “libremente” su unión en virtud de sus gustos, aficiones, ideas, visiones de la vista, una vez conocidos sus defectos y cualidades, sus vicios y sus virtudes. Esta “libertad de elección” hace más fácil la fidelidad, y facilita y aumenta la regularidad de las costumbres (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 249).

Por otra parte, la división sexual del trabajo favorece la fidelidad conyugal. Así, los hombres están absortos en sus ocupaciones profesionales u obligaciones políticas, mientras que, debido a la mediocridad de las fortunas, las mujeres están obligadas a ocuparse enteramente de la administración y de las labores domésticas: “todos estos trabajos distintos y forzosos son como otras tantas barreras naturales que, separando los sexos, hacen más raras las tentaciones del uno y más fácil la resistencia del otro” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 250). Es decir, Tocqueville también “generiza” la sexualidad: lo natural es que el varón exprese el deseo y que la mujer responda con la resistencia: “El hombre ataca siempre, hágase los que se haga: lo importante es que las mujeres se defiendan bien” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 250, nota pie).

Pero, ¿si la mujer se deja llevar por su sexualidad? Entonces tiene que caer sobre ella todo el castigo social. “En un país donde la mujer ejerce siempre libremente su elección y donde la educación la ha puesto en situación de elegir bien, la opinión pública es inexorable” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 248). Tocqueville no imagina que esta inexorable opinión pública perjudique la libertad de las mujeres, “sino que, por el contrario, las obliga a ser libres” (Capdevila, 2007Capdevila, Néstor (2007). Tocqueville y las fronteras de la democracia. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión., p. 91).

Por otro lado, ¿el matrimonio democrático hace más casto al hombre? Ciertamente el puritanismo religioso, los hábitos de trabajo, su espíritu práctico y calculador, poco imaginativo y soñador, el poco espacio para el ocio, los matrimonios tempranos, etc., controlan y sujetan las pasiones de los hombres democráticos. Ahora bien, en los varones no se da un control de su sexualidad, sino una doble moral que les permite recurrir frecuentemente a las prostitutas. Sus interlocutores americanos le informan que Boston hay más de 2000 prostitutas, sin embargo:

No, son, como los ingleses, groseros en sus gustos, pero, como ellos, hacen una separación tajante entre la sociedad en la que viven habitualmente y la que sirve a su placer. Son dos mundos que no tienen nada que ver el uno con el otro. Jamás buscan seducir a las mujeres honestas (Tocqueville, 1958Tocqueville, Alexis de (1958). Voyages en Angleterre, Irlande, Suisse et Algérie. Oeuvres Complètes, V (2). Paris: Gallimard., p. 92).

Así pues, la estabilidad moral de las sociedades democráticas se apoya en un gran número de cortesanas y una multitud de mujeres honestas6Hay textos en la Democracia que contradicen lo expuesto en sus cuadernos de viaje: “Por otra parte, se diría que en materia de costumbres hemos concedido al hombre una especie de inmunidad singular, de tal manera que hay como una virtud para su uso y otra para el de su compañera y que, según la opinión pública, el mismo acto puede ser, alternativamente, un crimen o solamente una falta. Los americanos no conocen este inicuo reparto de deberes y derechos” (Tocqueville, 1989, II, p. 254).. De alguna manera, la prostitución es un remedio profiláctico contra la expansión de una promiscuidad sexual que acabaría degradando a esa mujer-madre, guardiana de la moral y educadora del futuro ciudadano. En este sentido, la prostitución es garantía del equilibrio social (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 248).

Igualdad versus diferencia

 

Para nuestro autor, el desarrollo de la democracia significa la erosión y la desaparición progresiva de todas las desigualdades sociales. En este sentido la desigualdad entre los hombres y las mujeres es el producto de la estructura social aristocrática y, por tanto, llamada a desaparecer por el propio movimiento social democrático. “Creo que el movimiento social que acerca al mismo nivel al hijo y al padre, al sirviente y al amo, eleva a la mujer y debe hacerla cada vez más igual al hombre” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 254).

Así pues, Tocqueville no ve a la mujer en términos de inferioridad con respecto al varón, como su maestro Rousseau (Cobo, 1995Cobo, Rosa (1995). Fundamentos del patriarcado moderno. Jean Jacques Rousseau. Madrid: Cátedra.). Tocqueville hace suyo el modelo americano: son iguales, pero diferentes, y, a partir de ahí, siempre exaltará las virtudes femeninas como elementos de complementariedad con el varón. Desde esa complementariedad se opondrá a la participación activa de las mujeres en la esfera pública, pues así se asimilaba erróneamente lo masculino y lo femenino.

Por tanto, Tocqueville parece abandonar toda interpretación cultural y social y, desde la noción de “diferencia”, interpreta el género en clave biologista. No respetar las diferencias específicas y naturales entre los géneros trae como efecto perverso “hombres débiles y mujeres deshonestas”, esto es, se rompería el orden moral, fuente y principio del orden social.

Los hombres y las mujeres no han de confundir su orden de responsabilidad: sus actividades responderán a roles y tareas claramente diferenciadas de acuerdo a sus aptitudes naturales particulares. Esta diferenciación de tareas permitirá una utilización adecuada de las diversas potencialidades de cada uno, al mismo tiempo que evitará su degradación y menoscabo.

Los americanos han aplicado a los dos sexos el gran principio de economía política que en nuestros días domina la industria. Han dividido cuidadosamente las funciones del hombre y de la mujer a fin de que el gran trabajo social fuese hecho mejor (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 254).

Ahora bien, toda interpretación biologicista del género acaba negando a las mujeres una serie de derechos básicos, que imposibilitan su emancipación real como género y como individuo (Amorós, 1992Amorós, Celia (1992). “Feminismo, Ilustración y misoginia romántica”. En Fina Birulés (ed.), Filosofía y género. Identidades femeninas. Pamplona: Editorial Pamiela, pp. 113-136.). Esta complementariedad de funciones encierra a las mujeres en el ámbito doméstico, negándolas el ejercicio pleno de la libertad y, por ende, su desarrollo como seres humanos completos. Encerradas en los estrechos límites del hogar, no están hechas para ocuparse de los asuntos más allá de los muros de la casa, ni para ejercer una actividad profesional, política o, incluso, literaria Tampoco para actividades que exijan fuerza física (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 254, nota pie).

Aparece en nuestro autor un paternalismo, que quizás no quiera hacer a las mujeres seres inferiores, pero claramente les hace seres incompletos. De acuerdo con Tocqueville, los seres humanos desarrollan todas sus potencialidades con el ejercicio público de su libertad, participando activamente en la vida de la comunidad, constituyéndose como sujetos de ciudadanía a través del voto. A la mujer se le priva esa posibilidad.

Su dedicación exclusiva a las tareas domésticas y de cuidado les inhabilita para el logro de la autonomía y de la independencia. La prohibición de acceder al trabajo remunerado las coloca en una situación de dependencia con respecto a sus maridos, sobre quienes recae el deber “de alimentar” a la mujer.

En América nunca se ha imaginado juntar los sexos en las mismas carreras ni hacerlos contribuir de la misma manera al bienestar social; y, que yo sepa, nadie ha descubierto todavía que la última consecuencia de las instituciones y los principios democráticos fuese la de volver a la mujer independiente del hombre y transformarla en jurista, juez o soldado (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 254).

La influencia de la mujer en la vida política es enorme, según Tocqueville, pero nunca como sujeto directo de acción política. Es la que entre las bambalinas de la vida doméstica infunde en el varón el sentido de su papel en el mundo, es decir, su responsabilidad con la cosa pública. Ella nunca pretenderá suplantarle y tomar su lugar. Tampoco pretenderá aconsejarle ni dictarle lo que debe hacer en cada circunstancia concreta. Su papel es mostrar a los varones su deber como ciudadanos y sostenerles en la dirección adecuada. Dan a cada nación ese temperamento moral que se manifiesta a continuación en la política. Misión clave para la constitución de la nación. Desde estas coordenadas se entiende la importancia que para Tocqueville tiene una correcta educación política de la mujer. “En parte, el éxito de la nueva ciencia política que ha tratado de construir Tocqueville con su obra depende de que la mujer represente correctamente su papel” (Usategui, 2003Usategui, Elisa (2003). “Comunidad y género en Alexis de Tocqueville”. Revista de Estudios Políticos, 121, pp. 71-106., p. 103).

El apoyo de Tocqueville a la reducción de la mujer al ámbito doméstico, aunque sean allí “las reinas”, y a su total dependencia económica del varón, le lleva a Tocqueville a defender una concepción patriarcal de la familia, sin percibir la necesidad de estructuras familiares igualitarias y justas si se quiere educar a los/as niños/as en el ejercicio de la ciudadanía en una sociedad justa (Okin, 2008Okin, Susan Moller (2008). Justice, genre et famille. Paris: Flammarion., p. 58). La democracia no significa cuestionar la autoridad y el poder del marido en la familia. Toda asociación, si quiere ser eficaz, ha de tener una sola fuente de autoridad, la familia es un tipo de asociación y la autoridad natural del matrimonio reside en el marido. Tocqueville no explica las razones, pero al haber naturalizado los roles de género, simplemente puede considerar que se deriva de la propia naturaleza del hombre. En todo caso la mujer debe aceptar y someterse a este orden de cosas.

Tampoco han imaginado nunca los americanos que la consecuencia de los principios democráticos fuera la de derribar el poder marital e introducir la confusión de autoridades en la familia. Han pensado que, para ser eficaz, toda asociación debía tener un jefe y que el jefe natural de la asociación conyugal era el hombre. No le niegan el derecho a dirigir a su compañera y creen que, en la pequeña sociedad matrimonial, así como en la gran sociedad política, el objeto de la democracia es regular y legitimar los poderes necesarios, no de destruir todo el poder (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 254).

Ese poder patriarcal está totalmente legitimado en la sociedad americana. Por eso, dado que no es la naturaleza del amo, sino la falta de legitimación lo que envilece la obediencia, Tocqueville observa como en la sociedad americana el hecho de entregar libremente la mujer su voluntad y aceptar por propia iniciativa el yugo matrimonial es de alguna manera un honor y una grandeza para la mujer honrada; las no virtuosas tienen el silencio como respuesta (Tocqueville, 2003Tocqueville, Alexis de (2003). Lettres choisies. Paris: Quarto Gallimard., p. 348).

Ahora bien, a diferencia de Europa, en los Estados Unidos el sometimiento de la mujer a la autoridad del marido y su alejamiento de la esfera pública no implica una situación de inferioridad. Los varones americanos confían en su inteligencia y respetan su libertad. No las consideran seres débiles y frágiles a los que hay que proteger y vigilar de manera especial. Valoran su función en la sociedad, su coraje, responsabilidad y actitud ante la vida. Hay una división sexual del trabajo, pero los americanos están convencidos de que la razón y la inteligencia de una mujer son tan seguras como las de los varones, siempre, claro está, que no se desvíe del camino que la propia naturaleza le ha colocado. “No han concebido para la mujer una grandeza semejante a la del hombre, pero la han concebido tan grande como el hombre y la han hecho su igual, incluso cuando conservaban el derecho necesario de mandarla” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 256)7Welch señala a este respecto: “Indeed, the most curious aspect of Tocqueville’s discussion of democratic gender relations for contemporary readers is his blindness to the apparent contradiction between recognizing the spiritual and intellectual equality of democratic women (and their consequent capacity for independent judgment) while endorsing their complete exclusion from political society” (Welch, 2001, pp. 26-27).. Según Capdevilla, Tocqueville toma posición contra los conservadores y las feministas. Según su interpretación, para Tocqueville

reivindicar una igualdad “superior” entre los sexos es no ver que ya se encuentra “completa” allí donde debe estarlo (en el orden moral e intelectual) y hacer retroceder a la democracia para buscarla allí donde no debe estar (en la política y la sociedad (Capdevila, 2007Capdevila, Néstor (2007). Tocqueville y las fronteras de la democracia. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión., p. 92).

Es desde el espacio privado desde donde la mujer ejerce su papel político. En cierto sentido el análisis del papel de la mujer tocquevilliana verifica la conocida expresión de Kate Millet (1975Millet, Kate (1975). La política sexual. Traducción de Ana María Bravo García. México: Aguilar.) “lo privado es público”, pues se evidencia lo público de ese recinto privado: “Todo lo que influye en la condición de las mujeres, sus hábitos y sus opiniones tiene, en mi opinión, un gran interés político” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de EduardoNolla. Madrid: Aguilar., II, p. 240).

TOCQUEVILLE VERSUS HARRIET MARTINEAU

 

A pesar de que ve reflejado en su cuñada Alexandrine8En los inicios de las jornadas revolucionarias de 1848 Tocqueville describe a su cuñada: “Ce qui m’impatienta surtout était de voir que ma belle-soeur ne mêlait en rien le pays dans les lamentations que lui arrachait à tous moments le sort des siens. C’était une femme d’une sensibilité démonstrative plutôt que profonde et étendue. Très bonne au demeurant et même fort spirituelle mais qui avait un peu raccourci son esprit et refroidi son coeur en les resserrant étroitement dans une sorte d’égoïsme pieux où elle vivait uniquement occupée du bon Dieu, de son mari, de ses enfants, surtout de sa santé et ne s’intéressant guère aux autres ; la plus honnête femme et la plus mauvaise citoyenne qu’on pût recontrer” (Tocqueville, 2003, p. 778). cómo la dedicación exclusiva a los asuntos privados provoca en las mujeres la sequedad de los valores políticos, Tocqueville parece no darse cuenta de que aislar a las mujeres en el mundo doméstico, y defender la funcionalidad de la división sexual del trabajo en aras a la estabilidad de la sociedad, puede llegar a convertirlas en personas individualistas, materialistas, replegadas sobre sí mismas e indiferentes a todo compromiso político. Por tanto, difícilmente podrán ser educadoras en valores políticos de los que carecen, difícilmente podrán cumplir exitosamente el papel que Tocqueville les ha asignado: ser educadoras de los futuros ciudadanos.

Y es en este punto donde adquiere sentido comparar a nuestro autor con Harriet Martineau, de alguna manera sus análisis son la cara y la cruz de la situación de las mujeres en los EE. UU. Martineau viajó a América a mediados de 1830. Hizo un recorrido semejante al de Tocqueville, de mayor duración, aproximadamente dos años. A diferencia del normando, se entrevistó con hombres y mujeres norteños y sureños, de diferentes etnias y clases sociales. Se hizo fiel defensora del movimiento abolicionista e, ideológicamente, se encuadra en el pensamiento progresista y radical de la época. Defendió la causa unionista en la Guerra de Secesión, como la gran oportunidad de acabar con la esclavitud para siempre. Aunque empieza a ser reconocida en la actualidad como la primera socióloga (Hill, 1991Hill, Michael R. (1991). “Harriet Martineau”. En Women in Sociology. Westport: Greenwood Press.; Ritzer, 2001Ritzer, George (2001). Teoría sociológica clásica. Madrid: McGrawHill.; Lengermann y Niebrugge, 2019Lengermann, Patricia M. y Niebrugge, Gillian (2019). Fundadoras de la sociología y la teoría social 1830-1930. Madrid: CIS.), es significativo, y revela el sexismo presente en las Ciencias Sociales, el universal reconocimiento a Tocqueville por La democracia en América , y el olvido sistemático de Martineau.

Su valoración de la democracia americana y de la condición de las mujeres en los Estados Unidos está recogida en Retrospect of Western Travel (1938Martineau, Harriet (1838). Retropect of Western Travel. London: Saubders and Otley.), Society in America (1837Martineau, Harriet (1837). Theory and Practice of Society in America (1837). London/New York: Unders and Otley.). Ambas obras son un importante y extenso estudio sobre las condiciones de vida de las mujeres en los Estados Unidos. Estudio realizado con una fuerte perspectiva de género, como evidencia su irónico y sarcástico comentario sobre la ventaja de ser mujer para el trabajo de investigación, ya que

Estoy segura de que he visto mucho más de la vida doméstica de lo que se le habría mostrado a cualquier caballero que viajara a través del país. La habitación de los bebés, la alcoba, la cocina, son todas excelentes escuelas en las que aprender la moral y las costumbres de la gente y, por lo que se refiere a los asuntos públicos y profesionales, —aquellos que realmente sienten interés por los mismos pueden obtener siempre información completa— ya sean hombres o mujeres… (Martineau, 1837Martineau, Harriet (1837). Theory and Practice of Society in America (1837). London/New York: Unders and Otley., p. XIII).

De ahí que su punto de partida y de llegada difieran radicalmente de la mirada tocquevilliana (Conti Odorisio, 2003Conti Odorisio, Ginevra (2003). Harriet Martineau e Tocqueville. Due diverse letture della democracia americana. Soveria Mannelli: Rubbettino.). Para Martineau, las relaciones de género en el matrimonio y la esclavitud de la población negra son un claro indicador de la condición moral de la sociedad norteamericana. Consciente de la importancia de la interacción género y raza, considera la dominación de la mujer en paralelo con la dominación de los esclavos. Al igual que el esclavo, la mujer es vista desde la indulgencia y el proteccionismo, pero este paternalismo en un sustituto de la justicia y encubre el derecho del más fuerte, del varón (Martineau, 2010Martineau, Harriet (2010). Voyages aux États-Unis (1839). Paris : Pagnerre Éditeur., p. 227).

Desde esta perspectiva, en el capítulo “La no-existencia política de las mujeres” analiza la contradicción entre los principios políticos que rigen la Declaración de la independencia de los Estados Unidos y la posición de las mujeres en ese país. Mientras que en aquella los gobiernos derivan su poder del consentimiento de los gobernados, las decisiones sobre las mujeres no arrancan de su consentimiento, sino de la imposición. De alguna manera se adelanta a la Declaración de Seneca Falls , al desvelar el carácter injusto de toda disposición, norma o medida sobre las mujeres.

En los Estados Unidos, los gobiernos tienen el poder de imponer impuestos a las mujeres que tienen propiedades; de separarles de sus maridos por el divorcio; de castigarlas con multas o prisión e, incluso, de ejecutarlas por determinados delitos. ¿De quienes reciben estos gobiernos sus poderes? Los poderes no son justos, ya que no provienen de las mujeres de esta forma gobernadas (Martineau, 2010Martineau, Harriet (2010). Voyages aux États-Unis (1839). Paris : Pagnerre Éditeur., p. 155).

El principio democrático exige la representación igual de todos los seres racionales: solamente los niños, los idiotas y los criminales, durante el tiempo de su condena, pueden ser exceptuados legítimamente. Así, al negarles todo derecho político, a las mujeres se les infantiliza y criminaliza. Esta falta de reconocimiento, el hecho de que carezcan de su consentimiento, necesariamente implica el derecho de las mujeres a desobedecer las leyes.

Siguiendo una constante histórica, se pretende que la mitad de la raza humana se someta a la otra mitad. Además, el beneplácito nunca debe ser confundido e interpretado como consentimiento, “ya que no prueba más que degradación de la parte injuriada”.

Inspira el mismo sentimiento de piedad que la súplica del esclavo liberado que, de rodillas, suplica a su amo hacerle de nuevo esclavo, para tener las necesidades materiales cubiertas sin romperse el cerebro con los derechos y deberes humanos (Martineau, 2010Martineau, Harriet (2010). Voyages aux États-Unis (1839). Paris : Pagnerre Éditeur., p. 159).

Al contrario que Tocqueville, Martineau enfatiza en la identidad de la mujer como individuo autónomo. De esa autonomía se deriva el derecho de las mujeres a dar su consentimiento a las leyes, es decir, el derecho al voto y a participar en la vida política en igualdad con los varones. No extraña entonces que, cuando más adelante Stuart Mill pidió en el parlamento británico el derecho al voto para las mujeres, Martineau apoyara activamente tal proposición. Hablar de la esfera de la mujer referida únicamente a lo doméstico es entrar en el juego de las conveniencias sociales dictadas por los hombres.

Yo no consiento. Declaro que la obediencia que acuerdo a las leyes de la sociedad en la que vivo es un asunto no entre la sociedad y yo, sino entre mi juicio y mi voluntad. Consideraré como una injusticia gratuita todo castigo que se me infrinja por desobedecer las leyes; pues yo no he dado a esas leyes, ni de hecho, ni de intención, mi asentimiento. Sé que en Inglaterra hay mujeres que piensan como yo; también en América (Martineau, 2010Martineau, Harriet (2010). Voyages aux États-Unis (1839). Paris : Pagnerre Éditeur., p. 159).

Martineau advirtió claramente el cambio de roles que la modernidad iba a favorecer. Se abría una época en la que las mujeres se iban a negar a ser mantenidas por sus padres, hermanos o maridos. Tarde o temprano la igualdad de sexos necesariamente se iba a producir y, por eso, “toda mujer debe de estar preparada para cuidar de sí misma”. Esta necesidad implicaba cuidar escrupulosamente la educación de las mujeres en igualdad con los varones, vigilar “que las facultades de cada niña deben ser aprovechadas al máximo, en la misma forma que la de los niños” (Martineau, 2010Martineau, Harriet (2010). Voyages aux États-Unis (1839). Paris : Pagnerre Éditeur., p. 240). Así pues, al contrario que Tocqueville, no defiende una educación en igualdad entre mujeres y hombres para que posteriormente aquellas acaten fiel y calladamente el yugo del matrimonio, sino, por el contrario, para que accedan a una ciudadanía plena, a la ciudadanía que Tocqueville imaginaba únicamente a los varones.

Coherentemente, sus escritos se alejan totalmente de la visión tocquevilliana de la sociedad americana como el paraíso de las mujeres. Por el contrario, los varones en los Estados Unidos han construido un mundo que niega sistemáticamente a las mujeres toda oportunidad de desarrollarse como individuos políticos y morales. Martineau apelaba a un sentido universal de justicia y, consecuentemente, a la extensión de la igualdad de género en todas las esferas de la vida: lo moralmente justo para el hombre, también lo es para la mujer.

No es de extrañar su discrepancia con Tocqueville con respecto a la estricta división sexual del trabajo. Defiende el derecho de las mujeres a un trabajo remunerado como medio para su independencia económica y desarrollo personal.

A MODO DE CONCLUSIÓN

 

Ciertamente la mujer tocquevilliana no es la mujer negra o mulata, nacidas ambas para la esclavitud o la prostitución, mucho menos la india, orgullosa y altiva, pero condenada al desprecio y a la desaparición, tampoco las mujeres de clase baja, que con su trabajo asalariado colaboran al sustento de la familia. Es la mujer blanca de clase media, la guardiana de los valores americanos, la creadora de “mores”, quien, “con su superioridad moral, hace posible una nación libre e igualitaria”. Es ella, en última instancia, la responsable del camino que pueda tomar la democracia, una democracia libre o una democracia sin libertad. Pero todo ello a condición de olvidarse de sí misma, darse a los demás, atender sus deseos y necesidades, estar pendiente de los otros, realizar lo puramente biológico de su existencia.

Tocqueville estaba convencido de que si la mujer se mantenía encerrada en la esfera doméstica se mantendría alejada de los efectos nocivos del individualismo democrático, esto es, de la pasión por el bienestar material y las riquezas que encerraba a los individuos en sí mismos y les incapacitaba para reaccionar frente a los abusos del poder político, de un materialismo y consumismo que abocaba al ser humano a una permanente insatisfacción vital, de una actitud presentista fuente de mediocridad y conformismo, de una opinión pública paralizadora de toda innovación intelectual y social.

La mujer tras una educación en igualdad con los varones y —una vez casada— a salvo entre los muros de su hogar, es la encargada de mantener los valores morales presentes en la religión y que el proceso de secularización estaba poniendo en riesgo: esto es, el afecto a los demás, la empatía, la generosidad, el sacrificio, el desprendimiento, etc. Transmitiendo estos valores a sus hijos, la mujer —esposa y madre— se convierte en el contrapeso a las tendencias negativas de la igualdad de condiciones.

Lo paradójico es que esa esposa y madre que ha de enseñar a sus hijos a tratar a los demás como “próximos”, como sujetos y no como meras herramientas para su propio provecho, Tocqueville convierte en un instrumento al servicio de la sociedad y de los varones de su familia, ignorando sus intereses personales y derechos individuales. Su defensa de la división sexual del trabajo como funcional para el sistema social o, en su terminología, para el orden moral, fuente y principio del orden social, priva a las mujeres de la posibilidad de convertirse en seres completos: al negarles la participación en el ámbito público, se les niega la ciudadanía.

Al propio tiempo, Tocqueville cierra los ojos a que su repliegue en lo privado, su despolitización y la carencia de un espíritu público democrático difícilmente puede llevarles a ser educadoras de ciudadanos capaces de salvaguardar su libertad y dignidad ante cualquier poder opresor.

Sin embargo, al propio tiempo, un análisis de los textos tocquevillianos en torno a la cuestión de la mujer permite pensar en una sociedad democrática más justa en relación al género. Si examinamos los valores asignados al ciudadano vemos que son una simbiosis de la masculinidad y a la feminidad: independiente, autónomo, ambicioso, participativo en la res publica, pero también bondadoso, generoso, sacrificado, sensible, responsable y respetuoso con los otros. Es decir, su análisis permite transcender de alguna manera la diferenciación entre lo biológico y lo cultural para preguntarnos qué valores de los considerados masculinos y cuáles de los llamados femeninos merece la pena preservar y fomentar, universalizar.

Finalmente, otra aportación importante de nuestro autor es haber mostrado la estrecha relación entre la estructura familiar y la estructura social, así como su detallado y preciso análisis de las dinámicas psico-políticas del emergente y dominante ideal de familia democrática, que nos da un retrato preciso de las sensibilidades que conforman la imaginación democrática moderna.

DECLARACIÓN DE CONFLICTO DE INTERESES

 

Las autoras de este artículo declaran no tener conflictos de intereses financieros, profesionales o personales que pudieran haber influido de manera inapropiada en este trabajo.

DECLARACIÓN DE CONTRIBUCIÓN DE AUTORÍA

 

Elisa Usategui Basozabal: conceptualización, metodología, redacción ‒ borrador original, redacción ‒ revisión y edición, visualización, supervisión, administración de proyecto.

Ana Irene del Valle Loroño: conceptualización, metodología, redacción ‒ borrador original, redacción ‒ revisión y edición, visualización, supervisión, administración de proyecto.

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49 

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NOTAS

 
1 

La misma autora profundiza sus análisis en la memoria de doctorado La critique de l’égalité chez Tocqueville. Mémoire D.E.A . Philosophie du droit. Paris 2, 1981Verge, Francine (1981). La critique de l’égalité chez Tocqueville. Mémoire D.E.A. Philosophie du droit. Paris 2. Paris : Université de Droit et de Sciences Sociales de Paris..

2 

Tomo la expresión de Seloua Luste Boulbina, que a su vez se apoya en el siguiente retrato de Royer-Collard de nuestro autor: “Je crains que, par impatience d’arriver, il ne s’égare dans des voies impraticables, voulant concilier ce qui est inconciliable. Il se sert à la fois de ses deux mains, donnant la droite à la gauche, la gauche à nous, regrettant de ne pas en avoir une troisième qu’il donnerait invisiblement” (Luste Bulbina, 2008Luste Boulbina, A. (2008). Le Singe de Kafka et autres propos sur la colonie. Lyon: Parangon/Vs., p. 167).

3 

En sus cuadernos de viaje, Tocqueville había sido mucho más explícito: “Les bonnes moeurs chez un peuple dépendent presque toujours des femmes et non des hommes” (Tocqueville, 1958Tocqueville, Alexis de (1958). Voyages en Angleterre, Irlande, Suisse et Algérie. Oeuvres Complètes, V (2). Paris: Gallimard., p. 32).

4 

“Une autre point que démontre l’Amérique, c’est que la vertu n’est pas comme on l’a prétendu longtemps la seule chose qui puisse maintenir las républiques, mais que les lumières facilitent plus que toute autre chose cet état social. Les Américains ne son guère plus vertueux que d’autres; mais ils sont infiniment plus éclarés (je parle de la masse) qu’aucun autre peuple que je connaise; je ne veux pas dire seulement qu’il s’y trouve plus d’hommes sachant lire et écrire […], mais la masse de ceux qui ont l’entente des affaires publiques, la connaissance des lois et des précédents, le sentiment des intérêts bien entendus de la nation et la faculté de les comprendre y est plus grande qu’en aucun lieu du monde” (Tocqueville, 1957Tocqueville, Alexis de (1957). Voyages en Sicile et aux États-Unis. Oeuvres Complètes, V (1). Paris: Gallimard., p. 278).

5 

Los hombres se convierten en lo que son siempre “en las rodillas de su madre” (Tocqueville, 2003Tocqueville, Alexis de (2003). Lettres choisies. Paris: Quarto Gallimard., p. 86).

6 

Hay textos en la Democracia que contradicen lo expuesto en sus cuadernos de viaje: “Por otra parte, se diría que en materia de costumbres hemos concedido al hombre una especie de inmunidad singular, de tal manera que hay como una virtud para su uso y otra para el de su compañera y que, según la opinión pública, el mismo acto puede ser, alternativamente, un crimen o solamente una falta. Los americanos no conocen este inicuo reparto de deberes y derechos” (Tocqueville, 1989Tocqueville, Alexis de (1989). La democracia en América. Edición crítica, II. Traducción de Eduardo Nolla. Madrid: Aguilar., II, p. 254).

7 

Welch señala a este respecto: “Indeed, the most curious aspect of Tocqueville’s discussion of democratic gender relations for contemporary readers is his blindness to the apparent contradiction between recognizing the spiritual and intellectual equality of democratic women (and their consequent capacity for independent judgment) while endorsing their complete exclusion from political society” (Welch, 2001Welch, Cheryl (2001). De Tocqueville. New York: Oxford University Press., pp. 26-27).

8 

En los inicios de las jornadas revolucionarias de 1848 Tocqueville describe a su cuñada: “Ce qui m’impatienta surtout était de voir que ma belle-soeur ne mêlait en rien le pays dans les lamentations que lui arrachait à tous moments le sort des siens. C’était une femme d’une sensibilité démonstrative plutôt que profonde et étendue. Très bonne au demeurant et même fort spirituelle mais qui avait un peu raccourci son esprit et refroidi son coeur en les resserrant étroitement dans une sorte d’égoïsme pieux où elle vivait uniquement occupée du bon Dieu, de son mari, de ses enfants, surtout de sa santé et ne s’intéressant guère aux autres ; la plus honnête femme et la plus mauvaise citoyenne qu’on pût recontrer” (Tocqueville, 2003Tocqueville, Alexis de (2003). Lettres choisies. Paris: Quarto Gallimard., p. 778).