1. Introducción
⌅La
estética de la conservación y restauración es una subdisciplina surgida
en la estética filosófica para la reflexión de todo lo relativo a la
salvaguarda y mantenimiento en el tiempo de un objeto singular como el
artístico (Giombini, 2022aGiombini, Lisa (2022a). Aesthetics of Conservation and Restoration, International Lexicon of Aesthetics. https://lexicon.mimesisjournals.com/archive/2022/spring/AestheticsOfConservationRestoration.pdf.
).
Aun así, fruto de la incorporación de otra serie de objetos con motivo
de la relevancia social que ha ido adquiriendo progresivamente el
patrimonio, esta especialidad estética ha acabado incluyendo también al
objeto no-artístico u objeto cotidiano, pero en todo caso objeto de
interés cultural (Cometti, 2017, p. 10Cometti, JeanPierre (2017). Conserver/Restaurer. L’oeuvre d’art à l’ère de sa preservation technique. Gallimard. https.//doi.org/10.14375/NP.9782070115327
). Ello ha permitido que el debate estético en torno
a la conservación, iniciado entre los años setenta y ochenta del siglo
pasado,
1
Así lo certifican los estudios precursores de Sagoff (1978); Carrier (1985); Saito (1985).
se haya reavivado con fuerza en las dos últimas décadas en el seno de la disciplina.
Ahora bien, la atención a las medidas para hacer perdurar los bienes culturales y artísticos no solo incumbe al pensamiento específicamente estético, sobre todo tras la petición de auxilio que la teoría de la conservación ha dirigido a la filosofía en general para intentar esclarecer ciertos asuntos relacionados con su faceta más práctica ante los que ella parece sentirse desarmada conceptualmente por exceder sus competencias. 2 Ha ocurrido, por ejemplo, cuando el teórico de la conservación Crispin Paine (2013) ha querido explicar la relevancia del valor del respeto a los bienes culturales en el ejercicio profesional de la conservación. Y es que, analizado con detenimiento, son múltiples las cuestiones que el pensamiento filosófico puede llegar a resolver dentro del entorno de la conservación artística, como la identidad ontológica del objeto a preservar, su estatuto epistémico, las pautas morales de su intervención o, por supuesto, su apreciación estética.
Estas páginas son un intento de proporcionar algunas de esas herramientas conceptuales desde la estética, pero en íntima comunión con la ética al entender que solo desde un fértil diálogo entre ambos dominios filosóficos -en el sentido propuesto por Yuriko Saito, a quien nos referiremos más adelante 3 Idea transversal en el pensamiento estético de la japonesa, pero sobre en su último libro (Saito, 2022b). -es posible responder al desafío lanzado por la teoría y la práctica de la conservación; pero, sobre todo y muy especialmente, porque el concepto que abordaremos aquí es el cuidado, donde confluyen precisamente esos dos dominios, según la propia Saito. Por obra del cuidado, pues, ética y estética, aplicadas a la conservación del patrimonio, o como ética y estética de la conservación propiamente dichas, se ayudan e interpenetran en este trabajo.
2. El descuido del cuidado
⌅De acuerdo con ello, empezaremos señalando un hecho, cuando menos curioso, que consiste en que ese cuidado, apareciendo en prácticamente todos los códigos éticos de conservación cultural y artística, apenas ha recibido atención, paradójicamente, en la literatura especializada. 4 En el de la Confederación Europea de Organizaciones de Conservadores y Restauradores (ECCO, 2003), suscrito por el gremio español, se dice por ejemplo que “el conservador-restaurador respetará la importancia estética, histórica y espiritual y la integridad física del patrimonio cultural confiado a su cuidado” (art. 5). En el del Instituto Americano de la Conservación (AIC, 1994), se habla en el mismo preámbulo de establecer “…los principios que han de guiar a los profesionales de la conservación y a otras personas involucradas en el cuidado de los bienes culturales”. Énfasis nuestro en ambos casos. La pregunta es inevitable: ¿Por qué una noción que parece tener, por un lado, tanto peso y notoriedad es ignorada, sin embargo, por otro? Todo apunta a una respuesta doble: la primera sería que la teoría de la conservación, actuando en solitario, se ha sentido naufragar ante un concepto que es genuinamente moral, aunque no ha sido hasta recientemente cuando ha acudido a la esfera ética para intentar solucionarlo. La segunda sería que el cuidado se ha visto sistemáticamente eclipsado por otro concepto moral, muy ligado a él, con el que suele identificarse -equivocadamente, a nuestro juicio-, que es el respeto, desdeñado también por la teoría de la conservación hasta hace poco, pese a figurar igualmente en los códigos deontológicos de la profesión;5 Junto al artículo 5 del código de la Confederación Europea de Organizaciones de Conservadores y Restauradores (ECCO) —donde ya se localiza el respeto—, cabe añadir el 2 del código del Instituto Americano de la Conservación (AIC): “Todas las acciones del profesional de la conservación deben estar regidas por el conocimiento lleno de respeto hacia el bien cultural, su significado y características únicas y hacia las personas o individuo que lo crearon”. Énfasis nuestro. por eso, cuando el cuidado ha empezado a asomar desde el punto de vista teórico, la vecindad semántica entre ambos términos ha originado que, o se tomen como sinónimos y se hable de uno u otro indistintamente, sin ningún tipo de rigor, o que el respeto, con más arraigo filosófico, haya tendido a prevalecer sobre un cuidado, en comparación con él, advenedizo y que sigue sin ser tratado así como merece.
Por todo
ello, nuestro objetivo aquí es reivindicar el valor del cuidado para la
teoría y práctica de la conservación, para lo cual nos proponemos
demostrar: en primer lugar, que tiene matices éticos propios que lo
distinguen perfectamente del respeto y que convierten por eso el
solapamiento entre ellos en un error categorial; y en segundo lugar -y
de especial interés en nuestro caso-, que de prevalecer alguno de ellos
en el terreno de la conservación, debiera ser más bien el cuidado por su
fuerte impronta estética y su acusada dimensión pro-activa (Saito, 2022b, pp. 132 y ss. Saito, Yuriko (2022b). Aesthetics of Care. Practice in Everyday Life. Bloomsbury Academic. https://doi.org/10.5040/9781350134225
), que hacen de él una buena guía -si no la mejor-en
el desempeño profesional. En aras de este objetivo, procederemos del
modo siguiente: comenzaremos exponiendo la especificidad ética
respectiva del respeto y el cuidado para poder entender qué es lo que
aporta cada uno de ellos a la conservación de bienes culturales y
artísticos; y, tras ello, intentaremos ofrecer algunos pormenores
estéticos del cuidado en su aplicación al patrimonio que verifican su
idoneidad a la hora de trabajar con este.
3. Alcance del respeto en la conservación cultural y artística
⌅3.1. El quién del respeto
⌅La
reflexión ética del respeto en la conservación de bienes culturales ha
girado en torno a una idea capital: qué o a quién se debe respetar, o
sea, quién es el beneficiario -o beneficiaria-de la acción moral. Esta
indagación ha permitido poner de relieve y tomar conciencia también de
la ampliación progresiva del círculo de la moral a la que hemos ido
asistiendo en las últimas décadas, desde que Kant estableciera en el
siglo XVIII que solo los seres humanos merecemos respeto -somos los
seres humanos, por tanto, los beneficiarios- en virtud de la dignidad
que nos confiere nuestra identidad racional. A diferencia de todo lo
demás, las personas son fines en sí mismas según el discurso kantiano y,
en la interrelación permanente entre ellas donde operan de una manera
consciente, libre e intencional, tienen la obligación de respetarse unas
a otras (Kant, 2005a/1755, p. 123Kant, Immanuel (2005a). Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Alianza Editorial. (Original publicado en 1785).
).
Este carácter eminentemente antropocentrista de la ética de Kant,
secundado por la mayoría de pensadores desde entonces, es lo que ha
venido a cambiaren el discurso ético contemporáneo por considerarse
demasiado restrictivo
6
Uno de los primeros trabajos en ponerlo de manifiesto ha sido el de O’Neill, Holland y Light (2007).
.
Así, la ética biocentrista ha sustituido la razón por la vida como
fundamento último del tratamiento respetuoso, que se ha extendido de ese
modo a todos los seres animados, también a los no-humanos como los
animales y las plantas (Singer, 1975Singer, Peter (1975). Animal Liberation. A New Ethics for our Treatment of Animals. Randon House.
).
La ética ecologista, por su parte, ha preferido la naturaleza a la vida
para incluir asimismo a los seres inanimados o seres inertes naturales
como las montañas, los ríos o los glaciares, a los que debemos respetar
igualmente desde este enfoque (Taylor, 1986Taylor, Paul (1986). Respect for Nature. Princeton University Press.
y Hepburn, 1998Hepburn, Roland W. (1998). Nature Humanized. Nature Respected, Environmental Values, 7, 267-279. https://doi.org/10.1177/096327199800700302
). Contra todo pronóstico, este ensanchamiento del
círculo de la moral ha culminado en el respeto a los seres inanimados
no-naturales, o a los objetos sin más, que en la ética kantiana solo
eran medios para un fin (Kant, 2005a/1755, p. 123Kant, Immanuel (2005a). Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Alianza Editorial. (Original publicado en 1785).
); en especial, los objetos antiguos, como defendiera por primera vez Simon James (2015)James, Simon (2015). Why Old Things Matter. Journal of Moral Philosophy, 12(3), 313-329. https://doi.org/10.1163/174552434681038
y, tras él y siguiendo su estela, Jeremy Page y Elisabeth Schellekens (2019)Page,
Jeremy y Schellekens, Elisabeth (2019). Respect, Responsability and
Ruins. En J. Bicknell, J. Judkins y C. Korsmeyer (Eds.). Philosophical Perspectives on Ruins, Monuments and Memorials (pp. 241-252). Routledge. https://doi.org/10.4324/978131514613321
para el caso particular de las ruinas, y Lisa Giombini (2022b)Giombini, Lisa (2022b). Respect in Conservation Ethics. A Philosophical Inquiry. Studies in Conservation, 67(12), 100-108. https://doi.org/10.1080/00393630.2021.1940797
y Sanna Lehtinen (2020)Lehtinen, Sanna (2020). Buildings as Objects of Care in the Urban Environment. En Z. Somhegyi, y M. Ryynänen, (Eds.). Aesthetics in Dialogue. Applying Philosophy of Art in a Global World (pp. 223-236). Peter Lang.
para el de los edificios históricos.
Gracias a estos autores y autoras, ha quedado claro también, desde que Crispin Paine (2013)Paine, Crispin (2013). Crumpets and Clocks. How do We Respect an Object? En M. Henig y C. Paine (Eds.), Preserving and Presenting the Past in Oxfordshire and Beyond. Essays in Memory of John Rhodes (pp. 205-209). Archaeopress.
señalara la importancia de los relatos e historias en los objetos del
pasado, que el beneficiario del respeto es el objeto en sí mismo, pero
también el sujeto para quien dicho objeto es significativo, es decir, el
sujeto, individual pero sobre todo colectivo, para el que el objeto es
símbolo de la memoria e identidad compartidas. El respeto, por tanto, en
el caso de los objetos producidos antaño-en muchos de los bienes
culturales y artísticos-, tiene por destinatario, parcialmente al menos,
el pueblo, la cultura, la etnia o generación que, viendo reflejada en
él una parte de su historia, ha desarrollado también con él un vínculo
profundo (Giombini, 2022bGiombini, Lisa (2022b). Respect in Conservation Ethics. A Philosophical Inquiry. Studies in Conservation, 67(12), 100-108. https://doi.org/10.1080/00393630.2021.1940797
).
7
Este
énfasis en el sujeto, sin especial trascendencia en la esfera ética —el
sujeto es lo que, al fin y al cabo, ha habido siempre que respetar—, sí
la tiene, en cambio, en la esfera conservadora, donde todo ha pivotado
en torno al objeto y sus circunstancias materiales. Con lo que se ha
denominado “giro comunicativo” en la teoría contemporánea de la
conservación (Muñoz Viñas, 2003, pp. 40 y ss.),
el mensaje y los significados que encierra el objeto para el sujeto, o
sea, su valor simbólico, han venido a desbancar el primado tradicional
de ese objeto, expresado en sus valores estético e histórico.
3.2. El cómo de la conducta respetuosa
⌅Siendo
el quién el motivo reflexivo principal en el respeto, no ha sido, sin
embargo, el único y, así, se ha querido concretar también el cómo o el
posible modelo de comportamiento, aunque el resultado ha sido en general
bastante infructuoso. En Paine (2013)Paine, Crispin (2013). Crumpets and Clocks. How do We Respect an Object? En M. Henig y C. Paine (Eds.), Preserving and Presenting the Past in Oxfordshire and Beyond. Essays in Memory of John Rhodes (pp. 205-209). Archaeopress.
por ejemplo, uno de los pocos autores que ha discutido sobre el tema,
dentro de la propia práctica de la conservación además, el fracaso ha
tenido que ver con las mismas normas propuestas para la conducta
respetuosa, que siendo las empleadas por algunos museos con los objetos
sagrados de ciertas etnias y religiones-como lavarse las manos antes de
manipularlos, usar guantes o evitar el contacto con materiales
supuestamente contaminantes
8
Derivados del cerdo por ejemplo (un cepillo con púas hechas con pelo de este animal), en el caso de la religión islámica.
-,
no están pensadas en principio para todos los restantes objetos, los
no-sagrados. El propio Paine reconoce el problema de expresar respeto
mediante este tipo de reglas en un mundo crecientemente secularizado
como el nuestro -informa, de hecho, el autor que un Estado laico como el
francés hace tiempo que las suprimió (Paine, 2013, p. 206Paine, Crispin (2013). Crumpets and Clocks. How do We Respect an Object? En M. Henig y C. Paine (Eds.), Preserving and Presenting the Past in Oxfordshire and Beyond. Essays in Memory of John Rhodes (pp. 205-209). Archaeopress.
)-,
de ahí que teorice sobre el respeto debido también al sujeto; un
respeto este, ya no físico o material como el del objeto, sino mental o
espiritual y que descansa, según hemos visto, en el valor que el sujeto
concede a dicho objeto. Este otro respeto lo define Paine como
reverencia, admiración, cortesía, pero, muy especialmente, como cuidado,
que queda subsumido así para el autor-como para muchos otros-en el
respeto. Sin embargo, no debe sentirse muy convencido el teórico con
todo ello porque él es uno de los que acaba pidiendo ayuda al final al
pensamiento filosófico.
También Lisa Giombini se ha ocupado de la conducta respetuosa, pero sin demasiado éxito tampoco. Al igual que Paine, la italiana aborda el respeto al objeto y al sujeto por separado y eso la aboca a un callejón sin salida, similar de nuevo al de Paine. Como el respeto al objeto, consistente para ella en la preservación de su integridad física, 9 Giombini sigue aquí a la historiadora de la conservación Miriam Clavir (Giombini, 2022b). se queda en las propiedades puramente materiales, Giombini asume del mismo modo el del sujeto que vuelve simbólico el objeto como forma de incluir igualmente sus propiedades inmateriales. De ello surge un problema que no es, sin embargo, el que detecta la autora, a saber, que ese sujeto es tan amplio, heterogéneo y susceptible de cambio con el paso del tiempo que es muy difícil -si no imposible-fijar unos principios generales de acción respetuosa, que -dicho sea de paso y como es habitual- Giombini apenas distingue de la cuidadosa. Frente a este presunto problema, el auténtico para nuestro estudio es que la autora no llega a concretar la manera en que debe expresarse ese respeto al sujeto y a las propiedades inmateriales del objeto que lo acompañan. Lo que hace más bien es remitir a los códigos éticos en conservación, que son los que tendrían que hacerlo a juicio de la teórica, los que tendrían que abandonar la vaguedad con la que suelen pronunciarse en esta materia y dar indicaciones más precisas. El debate sobre el cómo del respeto acaba cerrándose de ese modo en falso en Giombini, al igual que en Paine,y quedando, en consecuencia, irresuelto.
¿Qué balance podemos hacer
de todo ello? Considerando lo que había -que era nada, pues el respeto
en la conservación artística no había asomado ni en Ruskin ni en Morris,
teóricos remotos de esta actividad,
10
Damos por bueno los datos ofrecidos por Paine (2013, p. 207).
ni en Cesare Brandi, uno de los padres de la teoría moderna de la conservación (Giombini, 2021, p. 560Giombini,
Lisa (2021). Cuestiones filosóficas sobre la restauración artística.
Una introducción. En L. Larubia, N. García Carril Puy y F. Larubia Prado
(Eds.), Teorías contemporáneas del arte y la literatura (pp. 553-578). Tecnos.
)11
Para Paine, se trata en cambio del “abuelo” (2013, p. 207).
-,
se ha avanzado y mucho. Se han puesto los cimientos de una sólida ética
de la conservación, en torno a la idea de respeto, que es ya un
referente destacado en la manera de proceder con el patrimonio. Pero
siendo mucho es a la vez insuficiente, ya que sigue habiendo aspectos
por concluir o rematar y aspectos también que reconducir o enmendar. Y
aquí es donde el cuidado puede serle sumamente provechoso al respeto,
siempre y cuando se tomen -pues lo son- como categorías morales
independientes, como pretendemos hacer aquí. No en vano, en lo que sigue
explicaremos la procedencia de cada una de esas dos categorías para ver
cómo, siendo diferente, exige que ellas sean tomadas también como
realidades morales separadas, que aun así, casan muy bien y se
complementan; sobre todo, en el caso del cuidado, que a la sombra
invariablemente del respeto, anulado sistemáticamente por él, lleva, sin
embargo, las de ganar al ser el que podría subsanar las carencias con
las que fue diseñado en su día el respeto, el que podría de algún modo
enderezarlo.
4. El cuidado del patrimonio
⌅4.1. El cuidado como categoría moral
⌅Al
abrigo del movimiento feminista de los años ochenta del siglo XX, la
ética del cuidado surgió en las sociedades liberales contemporáneas del
deseo de mejorar la ética vigente hasta entonces, la de la justicia de
cuño kantiano, injusta irónicamente en la medida en que tomaba la
experiencia moral masculina como experiencia universal, según vino a
denunciar la feminista Carol Gilligan (1986)Gilligan, Carol (1986). La moral y la teoría. Psicología del desarrollo femenino. Fondo de Cultura Económica.
.
Esta ética de la justicia se había consolidado en la tradición moral
occidental sobre la base de un sujeto racional y libre, obediente, no
obstante, a normas generales que, a tenor de la igualdad y reciprocidad
reguladoras de la interacción con sus congéneres, podía esperar del otro
lo que este otro podía esperar, a su vez, de él y que se resumía en
respeto absoluto a la búsqueda de los propios intereses y principio
mutuo así de no interferencia. La ética de la justicia garantizaba de
ese modo un perfecto equilibrio entre los individuos, a los que trataba
con rigurosa imparcialidad, aunque al precio de atomizarlos,
disgregarlos, o incluso alienarlos, en expresión de Annette Baier,
12
Baier
abordó la cuestión en su análisis, en clave feminista, de la moral de
David Hume por oposición a la clásica —y patriarcal— moral kantiana (Baier, 1987).
al privarlos de contacto prácticamente entre sí y llevarlos a desentenderse así unos de otros.
Poniendo el foco en la experiencia moral femenina, distinta inevitablemente debido a la división sexual del trabajo y la escisión consiguiente de las esferas pública y privada, el feminismo elevó, en cambio, las relaciones interpersonales y la asistencia al débil practicado desde tiempos inmemoriales por las mujeres, el cuidado en definitiva, a categoría ética primordial. No lo hizo, sin embargo, en contraposición a la experiencia moral masculina y la ética de la justicia, sino en el afán de completarlas y, por tanto, de convertir los cuidados privados en un asunto público, de alcanzar una justicia e igualdad reales -al estimar no solo al fuerte y autosuficiente, sino al desvalido y dependiente- y de acabar, por encima de todo, con el sojuzgamiento femenino. 13 Siguiendo a la propia Gilligan, Victoria Camps ha resaltado que el feminismo y la ética del cuidado, lejos de ser enemigos de la ética de la justicia, son sus aliados (Camps, 2021, pp. 13 y 75). Lejos de una ética conservadora o retrógrada,14 El calificativo “conservador” nada tiene que ver, en este caso, con la conservación de bienes culturales, sino más bien con la filosofía política donde “conservador” se asimila a reaccionario y, por tanto, como opuesto a progresista. como en un principio se le reprochó -se dijo que condenaba definitivamente a la mujer al plano doméstico15 Deudor de la visión del mundo del liberalismo económico y de la relevancia de la actividad productiva en su seno, el primer feminismo estaba convencido de que la ética del cuidado reforzaba el papel tradicional de la mujer como cuidadora y no contribuía realmente a la lucha por su liberación. -, la ética del cuidado se erigió como una ética profundamente revolucionaria al querer desmantelar la jerarquía de género, en nombre de todas las demás jerarquías, en el sistema de organización social occidental. Fue además una ética vocacionalmente afectiva, pues solo implicándose de manera empática en el sujeto necesitado, sintiendo con él, a su lado, sus carencias específicas, creía posible brindarle el auxilio que él requería.
4.2. Respeto,amor y cuidado
⌅A
merced de la igualdad y la libertad, pero sobre todo para nosotros,
fomentando la distancia física y emocional, el respeto jugaba un papel
fundamental en la ética de la justicia (Dillon, 1992Dillon, Robin (1992). Respect and Care. Toward Moral Integration. Canadian Journal of Philosophy, 22(1), 105-131. https://doi.org/10.1080/00455091.1992.10717273
): dado que los sujetos se reconocían entre sí como
iguales y se respetaban, se mantenían también lo suficientemente
alejados unos de otros, cada uno en su atalaya de individuo racional,
como para permitir al otro desarrollar su proyecto existencial al propio
antojo, al tiempo que este otro le permitía a él desarrollar el suyo
particular en idénticas condiciones. Tan decisivo era el respeto en esta
construcción intersubjetiva, que para su mentor Kant estaba por encima
incluso del amor porque, según decía, el respeto es universal -debemos
respetar a toda persona sin excepción (Kant, 1999/1797, §38, p. 335Kant, Immanuel (1999). Metafísica de las costumbres. Tecnos. (Original publicado en 1797)
)-, cosa que no puede decirse del amor -nadie resulta dañado por el hecho de que no se le ame (Kant, 1999/1797, §41, p. 338Kant, Immanuel (1999). Metafísica de las costumbres. Tecnos. (Original publicado en 1797)
)-.
El respeto presidía así hasta las relaciones estrechas como la amistad,
que pudiendo entenderse fácilmente en términos amorosos, debía
plantearse en cambio en términos respetuosos (Kant, 1999/1797, §46, p. 347Kant, Immanuel (1999). Metafísica de las costumbres. Tecnos. (Original publicado en 1797)
),
con lo cual hasta en las relaciones presuntamente cercanas los sujetos,
respetándose, acababan retirándose al final unos de otros.
Sin
embargo, el mismo Kant que asoció el respeto y la distancia para la
ética de la justicia, selló el vínculo también entre el amor y la
cercanía que ha desarrollado después la ética feminista, solo que
reemplazando el término “amor”, de acusada connotación religiosa propia
de otro tiempo, por el más neutral de “cuidado” y, por ende, más afín al
nuestro. Fruto de esa conjunción, la ética del cuidado ha resaltado la
cooperación e interdependencia entre los sujetos frente a su aislamiento
y autonomía precedentes. Ha dejado patente también que nuestra
sociedad, además de una sociedad de derechos, es una sociedad de deberes
y obligaciones y, por tanto, de responsabilidad de unos miembros hacia
otros, pues muchos de ellos, más heterónomos de lo que decía la ética de
la justicia, precisan a menudo ayuda del resto para salir adelante.
Entregada por entero así a la causa del indefenso, la ética del cuidado
ha promovido la implicación y el compromiso directo con nuestros
iguales, que aun así diferentes muchas veces, requieren adaptación de
las leyes generales de la ética de la justicia a sus circunstancias
particulares. En nombre de ese otro concreto (Benhabib, 1990Benhabib,
Seyla (1990). El otro generalizado y el otro concreto. La controversia
Kohlberg/Gilligan y la teoría feminista. En S. Benhabib y D. Cornell
(Eds.), Teoría feminista y teoría crítica (pp. 119-149). Edicions Alfons el Magnànim.
),
la ética del cuidado ha hecho saber, en suma, que la razón vertebradora
de la ética de la justicia debe apoyarse en la empatía, en la
capacidad, ya no de acercarnos físicamente al otro, sino de adentrarnos
afectivamente en su interior para conocer, desde dentro mismo de él y
por medio de él, sus cuitas más profundas.
16
En el viaje de conciencia a conciencia que se produce en la empatía o Einfühlung según su explicación fenomenológica, el afecto que se despierta en el
sujeto empático es más complejo que un simple co-sentir. A través del
binomio originariedad-no originariedad, Edith Stein explica que
en realidad son dos los estados afectivos que confluyen en ese sujeto:
uno está orientado al sentimiento ajeno, que él reproduce mentalmente
como no-originario —solo el otro lo vive en propias carnes—, mientras que el segundo estado está provocado por un sentimiento ya originario en tanto exclusivo suyo (Stein, 2004/1917, pp. 23-24).
Si con la ética biocentrista y ecologista, el alcance moral,
ampliándose de modo generoso, ha llegado también a beneficiarios
no-humanos, con la ética del cuidado no se ha tratado tanto de seguir
con esa expansión a otro tipo de seres, como de matizar la ética
kantiana de partida para demostrar que la realidad humana es más diversa
de lo que ella pensaba inicialmente y que el mero respeto se queda
corto así para afrontarla. Ante quien es diferente, o vulnerable, el
respeto solo es eficaz acompañado de la protección -el cuidado-que,
equiparando su bienestar al del resto, le hace sentirse igual a ellos.
El respeto ha de tener en cuenta el cuidado: este es el mensaje, en
resumidas cuentas, que la ética feminista ha trasladado a la ética de la
justicia en las democracias actuales, no para anular a esta ni mucho
menos, pues la igualdad sigue siendo un horizonte irrenunciable, sino
para corregirlos desajustes que, en su seno, incurren precisamente en
desigualdad y, de ese modo, optimizarla. Cobra sentido aquí la propuesta
de Robin Dillon, que en cumplimiento del mandato feminista de conciliar
ambas éticas, ha integrado en una sola las categorías que las sustentan
respectivamente en lo que ella ha dado en llamar “respeto cuidadoso” (Dillon, 1992, p. 8Dillon, Robin (1992). Respect and Care. Toward Moral Integration. Canadian Journal of Philosophy, 22(1), 105-131. https://doi.org/10.1080/00455091.1992.10717273
). Este es un tipo de respeto, de los varios que
contempla la autora, que al incorporar las bondades del cuidado, lo que
hace realmente es acortar la distancia que él mismo contribuyó a crear
entre los sujetos; en otras palabras, el respeto que en el acercamiento a
la particularidad ajena y, asumiéndola prácticamente como propia, pone
todos los medios a su alcance para procurarle bienestar; o bien el
respeto que rescatando a la persona de carne y hueso por la que se
interesa la ética del cuidado, derriba el muro que la ética de la
justicia levantó involuntariamente en torno a ella invocando una
dignidad tan formal como inevitablemente huera.
4.3. Pasado, presente y futuro
⌅Pero
este tránsito del respeto al cuidado en la ética general apenas se ha
dejado sentir aún en el terreno de la conservación, de manera que está
prácticamente todo por hacer; máxime en la conservación cultural y
artística, donde la frecuente indistinción entre los términos ha
supuesto la casi total omisión del cuidado.
17
Hasta la fecha, solo se han ocupado de él en este campo Pantazatos (2015) y Giombini (2023), como veremos a continuación.
Este trabajo es por eso un intento de hacerlo aflorar y de darle el
sitio que sin duda le corresponde. Con estas miras, lo primero a señalar
es que la reflexión del cuidado en la conservación en general ha
empezado, al igual que en el respeto, por el quién, lo que ha remitido
directamente al sujeto vulnerable cuyas necesidades urge en este caso
atender. Andreas Pantazatos ha explicado, en este sentido, que cuando se
trata de los bienes culturales la vulnerabilidad se da por partida
doble, siendo doble entonces también el beneficiario del cuidado, según
el ejemplo nuevamente del respeto (Pantazatos, 2015Pantazatos, Andreas (2015). The Normative Foundations of Stewardship. En T. Ireland y J. Schofield (Eds.). The Ethics of Cultural Heritage (pp. 127-141). Springer. https://doi.org/10.1007/9781493916498_8
): ante todo, es vulnerable el objeto-los restos del
pasado en Pantazatos, debido a su adscripción arqueológica-como recurso
finito e irremplazable, o en los términos ecologistas a los que acude
el autor, como recurso en peligro de extinción;18
Debemos
aclarar, no obstante, que la sensibilidad del cuidado hacia los objetos
fue insinuada ya, dentro de la órbita feminista, por Joan Tronto (1993, p. 103).
pero después es vulnerable también el sujeto para quien dicho objeto es
significativo, la comunidad cuya memoria y cuya historia corren el
riesgo de desaparecer de hacerlo el objeto. A esta intuición preliminar
ha sabido darle forma posteriormente Yuriko Saito en la estética de lo
cotidiano e, interrelacionando ambas vulnerabilidades, la autora ha
recalado en una variante muy específica del cuidado, la del cuidado
indirecto o mediado por el objeto, donde el sujeto participa
automáticamente del trato dispensado de manera directa al objeto por
obra del vínculo que guarda con él. Esto quiere decir exactamente que
cuando cuidamos del objeto-cosa que hacemos, según Saito, siempre que
tratamos el objeto como un “tú”, en lugar de un “eso”19
La
japonesa sigue, en este sentido, los planteamientos éticos de Martin
Buber que pretenden evitar el tratar al otro en general, sujeto u
objeto, de una manera deshumanizada, o sin prestar atención a las
cualidades individuales que lo definen; o sea, cosificándolo (Saito, 2022b, pp. 31-32, 57 y 122).
-, cuidamos también del sujeto
que lo inviste de significado por cuanto sus respectivas biografías se
han ido entretejiendo la una con la otra -a través del uso continuado
del objeto, por ejemplo-hasta volverse inescindibles. Trasladando estas
ideas al ámbito propiamente del patrimonio, para Lisa Giombini, el
cuidado material del objeto, redundando en el inmaterial donde hay
implicado siempre un sujeto, pone en evidencia que los objetos son mucho
más que entidades físicas: son presencias vivas, provistas de valor y
significado (Giombini, 2023Giombini, Lisa (2023). Care in Conservation Ethics. En L. Giombini y A. Kvokačka (Eds.), Applying Aesthetics to Everyday Life. Methodologies, History and New Directions. Bloomsbury Academic. https://doi.org/10.5040/9781350331792
).
El perfil de este sujeto vulnerable sobre
el que han trabajado Pantazatos, Saito y Giombini se ha ido concretando
también cada vez más. Así, de las gentes pasadas sobre todo en las que
reparara Pantazatos,
20
Para el autor, hay obligación de cuidar la memoria y la historia principalmente de quienes ya no están (Pantazatos, 2015).
se ha pasado, ni más ni
menos, que a las futuras con Sanna Lehtinen, quien llevando las
propuestas de la ética intergeneracional al ámbito estético,21
Dando lugar así, junto a Remei Capdevilla-Werning, a lo que las autoras han bautizado como “estética intergeneracional” (Capdevilla-Werning y Lehtinen, 2021).
ha
acabado haciendo de ellas una lectura en clave de conservación
artística sumamente valiosa para nosotros. Por lo pronto, conviene tener
presente que en su ampliación del círculo de la moral ya ampliado -en
su caso-por el feminismo, la ética intergeneracional ha hecho constar
que las próximas generaciones son vulnerables también, pues sin
existencia aún y sin voz, sin capacidad de actuación por tanto, no
pueden hacer valer por sí mismas sus intereses. Pese al desfase temporal
y estar inoperativa así la lógica de la reciprocidad de la ética de la
justicia,22
Inoperativa,
en tanto en cuanto los sujetos relacionados en la ética
intergeneracional, a diferencia de lo que ocurre en la ética de la
justicia, no son contemporáneos y no pueden interactuar así entre ellos.
han de velar por ellos, dice la ética intergeneracional, quienes
únicamente pueden hacerlo, esto es, los existentes aquí y ahora, que son
quienes en la asimetría natural entre vivos y no-vivos tienen la
capacidad de afectar además, para bien o para mal, la existencia de
quienes vivirán allí y entonces. La ética intergeneracional ha extendido
de ese modo la responsabilidad feminista entre sujetos contemporáneos a
los no-contemporáneos por el poder transformador o, peor aún, de
destrucción que una tecnología punta como la nuestra ha puesto a merced
de las sociedades avanzadas actuales (Jonas, 1984Jonas, Hans (1984). The Imperative of Responsability. In Search of an Ethics for the Technological Age. Chicago University Press.
).
Como resultado de ello, los seres humanos, siendo como somos seres
dependientes unos de otros, lo somos en el espacio y en el tiempo o de
manera síncrona y asíncrona. Luego tenemos el deber de cuidarnos también
entre generaciones en una cadena que se prolonga indefinidamente hacia
adelante -al igual que hacia atrás- o mientras haya vida humana.
4.4. Cuidado estético
⌅Al llevar estas ideas a la conservación arquitectónica, Lehtinen (2020)Lehtinen, Sanna (2020). Buildings as Objects of Care in the Urban Environment. En Z. Somhegyi, y M. Ryynänen, (Eds.). Aesthetics in Dialogue. Applying Philosophy of Art in a Global World (pp. 223-236). Peter Lang.
-antes que la propia Saito- ha investido el cuidado de cariz estético
en su preocupación por el gusto de quienes nos sucederán o la
experiencia estética futura de los edificios valiosos en el presente. El
parentesco de la ética intergeneracional con la ecologista ha sido muy
útil en este sentido, ya que con motivo del cambio climático y la
incesante degradación medioambiental, el ecologismo ha hecho emerger el
valor de la sostenibilidad o mantenimiento en el tiempo de una realidad
excepcional como la naturaleza -su belleza, entre otras cosas-a fin de
que las generaciones venideras puedan disfrutar de ella en la misma
medida en que la disfrutamos nosotros en la actualidad (Light y Rolston III, 2003Light, Andrew y Rolston III, Holmes (Eds.) (2003). Environmental Ethics. An Anthology. Blackwell Publishers.
).
Ampliando el argumento ecologista, para Lehtinen -junto a Remei
Capdevilla-Werning esta vez-, no solo se trata de hacer perdurar la
belleza natural, sino también la cultural y artística y, por medio de
ellas, la capacidad del público del mañana de tomar sus propias
decisiones estéticas, que han de verse lo menos comprometidas así por
las nuestras de hoy (Capdevilla-Werning y Lehtinen, 2021Capdevilla-Werning,
Remei y Lehtinen, Sanna (2021). Intergenerational Aesthetics. A Future
Oriented Approach to Aesthetic Theory and Practice. Philosophical Inquiries, 9(2), 175-198
).
En esta otra belleza, sitúa la autora en lugar preferente a la
arquitectónica, pues siendo la de mayor influencia sobre la vida humana
-desarrollamos el sentido de pertenencia a un lugar a partir de los
edificios que hay en él, según Lehtinen (2020)Lehtinen, Sanna (2020). Buildings as Objects of Care in the Urban Environment. En Z. Somhegyi, y M. Ryynänen, (Eds.). Aesthetics in Dialogue. Applying Philosophy of Art in a Global World (pp. 223-236). Peter Lang.
23
Aunque
indirectamente, Lehtinen suscribe aquí las investigaciones
antropológicas y psicológicas acerca de la fuerte relación que se
establece entre los sujetos y los lugares que habitan, del profundo
significado del que está revestido un lugar para sus habitantes frente a
quienes son meros visitantes y desconocen así las historias, costumbres
y ritos gestados a lo largo del tiempo en torno al mismo.
-,
es al mismo tiempo la que más nos une entre generaciones, la que mejor
refleja las expectativas y ansiedades sobre el presente por parte de
nuestros antepasados, al igual que nuestras expectativas y ansiedades
sobre el futuro en las construcciones levantadas por nosotros en
nuestros días. En definitiva, los bienes arquitectónicos son los que
mejor dicen quiénes somos, los que nos enraízan y confieren identidad
dentro de un colectivo y los que no podemos permitirnos, por eso mismo,
el lujo de perder.
Mirando también hacia el futuro, Yuriko Saito
ha señalado que el cuidado del objeto cuando es viejo es relativamente
sencillo, pues basta suponerlo repleto de historia y de recuerdos para
alguien, como ya señalaran Paine y James, para querer conservarlo. Esta
sencillez aumenta, según la autora, cuando ese alguien coincide con el
sujeto cuidador, quien sintiéndose directamente concernido así por el
objeto, cuida de su propia historia y sus recuerdos cuando cuida del
objeto que tanto representa para él, que forma parte de sí mismo y su
persona. Pero, en Saito, este cuidado que dispensamos de manera natural
al objeto por un pasado que es normalmente más extenso que el nuestro
-como poco, abarca también el proceso de fabricación donde posiblemente
nosotros no estuviéramos-, no debe impedir, en ningún caso, el que
debemos dispensarle del mismo modo por un posible futuro, por un tiempo
donde, con independencia de que nosotros estemos o no, el objeto es muy
probable que esté, formando parte de la vida de otros sujetos y
produciendo así nuevos recuerdos para ellos (Saito, 2022b, pp. 139-144Saito, Yuriko (2022b). Aesthetics of Care. Practice in Everyday Life. Bloomsbury Academic. https://doi.org/10.5040/9781350134225
). En la historia por la que velamos al velar por el
objeto, debemos considerar por eso, siguiendo a Saito, la ya escrita,
en la que nosotros participamos activamente en su momento, y la aún por
escribir, en la que ya sin participar, ayudamos, no obstante, a
preparar.
Pero lo realmente interesante de Saito y Lehtinen es que
la reflexión del cuidado en ellas ha empezado a considerar también el
cómo expresarlo, dando pie con ello a que los aspectos estéticos salgan
abiertamente a relucir. Lo mismo ha sucedido en la reciente incursión en
el cuidado por parte de Lisa Giombini, aunque con un alcance bastante
más limitado de esos aspectos. Porque en Giombini, la conducta
cuidadosa, debiendo darse siempre de un modo apropiado -no de cualquier
modo- ha de adecuarse, según la autora, a las “tres virtudes del
cuidado” de Engster, por lo que debe ser atenta, sensible y respetuosa (Giombini, 2023Giombini, Lisa (2023). Care in Conservation Ethics. En L. Giombini y A. Kvokačka (Eds.), Applying Aesthetics to Everyday Life. Methodologies, History and New Directions. Bloomsbury Academic. https://doi.org/10.5040/9781350331792
). Es decir, que en su tendencia a identificar
respeto y cuidado, el respeto deviene para la italiana la mejor vía de
expresión de un cuidado en el que se sigue echando en falta, pese a
todo, más concreción práctica y, con ella, más plasmación estética.
En Yuriko Saito, por el contrario, como resulta que la belleza en su caso es inseparable de la función
24
La
versión de lo cotidiano donde se inscribe la autora es conocida por eso
como “fuerte” y se opone a la “débil”, representada fundamentalmente
por Thomas Leddy, según las dos modalidades estéticas de lo cotidiano a
las que han aludido Dowling (2010) y Shusterman (2012).
, proteger el objeto, cuidarlo, no implica privarlo de uso o alejarse de él para intentar congelar así su belleza de fábrica -belleza, por tanto, imperecedera-; sobre
todo cuando el objeto tiene un significado especial que tememos perder
-una joya familiar, por ejemplo-. Implica, en cambio, estar en contacto
permanente con él, manipularlo y darle el uso para el que está destinado
y, asumiendo entonces la belleza cambiante y efímera que está por
venir, dejar surgir el afecto correspondiente. Fruto de la cercanía y
familiaridad con el objeto (Saito, 2017Saito, Yuriko (2017). Aesthetics of the Familiar. Everyday Life and WorldMaking. OUP. https://doi.org/10.1093/oso/9780199672103.001.0001
), el afecto facilita ciertamente el cuidado en Saito:25
Para
Saito, la empatía con el objeto consiste básicamente en su tratamiento
como un sujeto más, como un “tú”, según el modelo de Buber. Para otro
enfoque de la empatía con el objeto, véase Curry (2011).
intimando con él al ponerlo en marcha una y otra vez, el objeto acaba
formando parte de nuestra vida y, a la larga, llenándose de recuerdos.
Ya no es un objeto como otro cualquiera prestando un servicio sin más,
sino “nuestro objeto”, el que siempre a nuestro lado va entrelazando su
existencia con la nuestra. Y aunque el uso incesante puede ir lastrando
su belleza y perfección originales, las imperfecciones que van surgiendo
en su lugar no hacen sino enriquecerlo (Saito, 2022aSaito, Yuriko (2022a). The Aesthetics of Imperfection in Everyday Life. En K. Caleb, K. Jakko y E. Rutten (Eds.). Imperfections. Studies in Mistakes, Flaws and Failures. Bloomsbury Academic (pp. 23-50). https://doi.org/10.5040/9781501380303.ch001
), pero volverlo también necesitado de cuidados,
funcionales quizás, pero sobre todo estéticos; cuidados orientados en
todo caso a repararlo, no a devolverle su antiguo esplendor.26
De
las dos posturas existentes en la conservación artística y cultural (la
integralista de Eugène Viollet-le-Duc, promotor de la reconstrucción
completa del objeto al hacer primar su valor estético, y la purista de
John Ruskin, defensor del mantenimiento a fin de preservar, en cambio,
el valor histórico), Saito es partidaria de la segunda, como ya demostró
en un antiguo texto suyo (Saito, 1985).
Dar cuidados requiere,
de hecho, para Saito un cambio de mentalidad por el que llegar a asumir
que lo viejo tiene una estética propia, opuesta a la de lo nuevo y lo
flamante característica del sistema de producción industrial, pero
absolutamente válida, como lo es también la reparación que vela por ella
y que hace que el objeto siga significando porque sigue vivo y entre nosotros.27
Saito desarrolla toda una estética de la reparación asociada al cómo de la estética del cuidado de los objetos cotidianos
en la que, por razones de espacio no nos detendremos, pero de gran
interés para la práctica conservadora (Saito, 2022b, pp. 147-164).
En Lehtinen, el cómo del cuidado, con implicaciones estéticas y afectivas como en Saito, conduce a la autora hasta el tacto como sentido por excelencia de la acción cuidadora. Lo trae a colación la finlandesa -muy de pasada, todo hay que decirlo- al explicar el sentido de identidad y pertenencia a un lugar a través de sus edificios, que haciendo querer preservarlos, hace querer también sentirlos cerca, estar a su lado, tocarlos incluso, afirma Lehtinen, como forma devolver tangible esa imbricación que, de tan honda y profunda como es, condiciona la manera en que los sujetos se sienten partícipes de una determinada cultura y se representan a sí mismos dentro de ella. 28 Aunque Lehtinen no lo menciona, Korsmeyer (2019) ha desvelado que el tacto es el sentido físico con el que certificamos la autenticidad del mundo: necesitamos tocar las cosas para saber de su existencia. Aplicado al caso de Lehtinen, esto querría decir que necesitamos tocar los edificios y monumentos del sitio donde vivimos para sentirnos parte de los mismos y de su historia. La clave en Lehtinen, como en Saito, está una vez más en la cercanía afectiva con el objeto que, expresada de manera táctil o corporal, deviene además cercanía física. Esta otra cercanía nos interesa especialmente, en la medida en que pone tras la pista de la que pensamos que viene a ser la propiedad sensible y, por ende, propiedad estética del valor moral del cuidado: la delicadeza, que abordaremos aquí -siquiera, someramente-por el potencial que creemos que encierra para la práctica de la conservación artística. Dicho sucintamente: la delicadeza aportaría la dimensión performativa de la conducta con la que dejamos a la vista de todos que el trato que le damos al otro a nuestro cargo -sea objeto o sujeto- es bueno porque es cuidadoso;29 Gracias a la delicadeza, el término “cuidadoso” tiene aquí una connotación estética que lo identifica con “bello”, no solo con “bueno”, según la antigua tradición griega de la kalokagathia. que lo tratamos, en suma y como se dice coloquialmente, “con tacto”.
Las
maneras delicadas con el ser vulnerable serían entonces el modelo de
comportamiento adecuado en el cuidado, lo que tampoco es de extrañar
teniendo en cuenta que ello supone asociar una categoría moral de
génesis feminista -el cuidado- con una forma de actuar y estar en el
mundo eminentemente femenina -la delicadeza-, de acuerdo con Kant y el
grueso de pensadores ilustrados, y de acuerdo en realidad con una
creencia muy extendida aún en nuestros días.
30
Kant escribió que la delicadeza es una virtud genuina de las mujeres, de tipo físico —(Kant, 2005b/1764, p. 29)—, y también temperamental —(Kant, 2005b/1764, p. 31)—,
al igual que la nobleza lo es de los varones; de ahí que el filósofo
ligara el sexo femenino al sentimiento de lo bello y el masculino, al de
lo sublime. La mayoría de pensadores ilustrados pondría así de
manifiesto el “afeminamiento” en aquel entonces de la sociedad por la
depravación moral hacia la que se estaba conduciendo debido a la pérdida
de las virtudes masculinas —fuerza, grandeza, coraje, decisión— y los
supuestos vicios femeninos que se extendían en su lugar —inconstancia,
frivolidad, hipocresía, falsedad—. Ver, por ejemplo, Rousseau (2011/1762).
Queda claro, en todo caso, que los dominios ético y estético se
entrecruzan en el cuidado por la porosidad de sus fronteras, como ha
puesto de relieve la propia Saito. La japonesa ha establecido, en este
sentido, para los objetos en general que no hay cuidado, en la acepción
moral del término -en la ayuda que prestamos al otro o lo otro-, que no
se refleje estéticamente, como tampoco lo hay, en su acepción esta vez
estética -al mirar por el aspecto formal y la apariencia de ese otro-
desprovisto de trasfondo moral (Saito, 2022bSaito, Yuriko (2022b). Aesthetics of Care. Practice in Everyday Life. Bloomsbury Academic. https://doi.org/10.5040/9781350134225
). Convencida de ello, Yuriko Saito ha formulado los
llamados juicios “estético-morales”, donde el pronunciamiento subjetivo
mediante calificativos éticos como “cuidadoso” -o “modesto”, “sencillo”
y “humilde”, entre otros-, radica en cualidades puramente perceptivas o
sensoriales (Saito, 2007, pp. 205 y ssSaito, Yuriko (2007). Everyday Aesthetics. OUP. https://doi.org/10.1093/acprof.oso/9780199278350.001.0001
). Aunque de entrada estos juicios están pensados
principalmente para los objetos -para calificar, por ejemplo, una
mascarilla quirúrgica de “altruista” cuando impide el paso de partículas
de saliva hacia fuera y no solo hacia dentro-, nada parece impedir que
puedan ser aplicados también a la conducta humana por el aspecto
puramente formal o la manera en que se expresa, que puede ser tildada
así de “cuidadosa” cuando, dirigida al ser indefenso sobre todo,
desprende ternura y delicadeza.
Desde esta perspectiva, la conducta cuidadosa con el patrimonio se daría, ante todo, por medio de la suavitas en el sentido de la oratoria helenística y renacentista, es decir, como
exquisitez y refinamiento de maneras a la hora de manipular la pieza, a
la que, dada su extrema fragilidad, habría que dispensar el mejor trato
manual posible.
31
Aludimos,
por un lado, a la oratoria helenística, fundamentalmente ciceroniana y
de claro signo aristotélico, donde la delicadeza, conocida como suavitas, tenía como fin la persuasión de un auditorio mediante el tono tranquilo y sosegado del discurso (Carruthers, 2009); por otro lado, a la oratoria renacentista, bajo
el influjo tanto del ideal de sutileza de Cardano en la esfera
propiamente literaria, como del hombre de finas maneras de Castiglione
en la esfera social pero con importantes resonancias igualmente en
literatura (Tatarkiewicz, 1991/1970, pp. 494-503).
No solo se trataría entonces de evitar un daño adicional al ya
posiblemente existente, sino de procurarle además el mayor grado de
bienestar, evitando ejercer sobre ella cualquier acción brusca, ruda y,
por supuesto, violenta. Como bien ha señalado a este respecto Saito,
solo prestando atención a las formas deviene auténtico el cuidado, al
igual que todas las demás virtudes (Saito, 2016, p. 226Saito, Yuriko (2016). Body Aesthetics and the Cultivation of Moral Virtues. En S. Irvin (Ed.), Body Aesthetics (pp. 235-242). Oxford University Press. http://dx.doi.org/10.1093/acprof.oso/9780198716778.003.0013
); lo que significa que el cuidado, o es delicado, suave, tierno y, por tanto, estético, o no es cuidado. El cuidado tosco, en bruto o sin pulir,
el cuidado descuidado en definitiva, nunca es cuidado. De acuerdo con
ello, la conducta cuidadosa en las tareas de conservación artística
debiera ser fácilmente reconocible, saltar rápidamente a la vista, algo
que pasa, ineludiblemente aquí, por mostrar delicadeza suma. Pero para
ser realmente cuidadosa, la actuación con los bienes culturales
debiera ser también la menos invasiva o agresiva posible. Por eso, a la
hora de elegir en el terreno práctico, habría que optar siempre por
aquella con la que sufra menos la pieza. Ello supone decantarse por la
postura más conservadora dentro de la teoría de la conservación,
la defendida en su momento por John Ruskin frente a Eugène
Viollet-le-Duc, la reticente a toda intervención susceptible de alterar
la autenticidad de la pieza -su don más preciado, desde este enfoque- y,
de ese modo, la que limita los trabajos a realizar a limpieza y poco
más.32
Ya
hemos hecho referencia a las posturas “purista” e “integralista”,
encabezadas respectivamente por el inglés Ruskin y el francés
Viollet-le-Duc. Lo interesante ahora de ellas es que, si en la primera,
la huella del tiempo forma parte de la obra de arte, se conserva por tanto (Ruskin, 1989/1849 y 2000/1853), en la segunda, promoviendo la reconstrucción completa del objeto, esa huella, en cambio, se borra (Viollet-le-Duc, 1866).
En nuestro caso, la autenticidad no sería un objetivo a alcanzar
inicialmente, pero sí obtenido de paso en el afán principal de
proporcionarle al objeto el máximo grado de confort.
Los mimos de la conducta cuidadosa no tienen por qué darse, sin embargo, en la
respetuosa, aun cuando pudiera dar la sensación de que ambas conductas
se solapan en la práctica porque ni los mismos códigos éticos de la
profesión distinguen entre ellas, según hemos visto. El motivo es que,
en el respeto, en lugar de cercanía, sabemos que opera la distancia,
afectiva, en primer lugar, porque la relación intersubjetiva está
presidida en su caso por la asepsia e imparcialidad racionales, y sobre
todo, en nuestro caso, distancia física, ya que esas mismas condiciones
obligan a retraerse corporalmente en la interacción, de igual a igual,
con el otro u otra para no invadir el espacio de su libertad. Sin apenas
contacto real, una propiedad estética como la delicadeza, donde el
sentido del tacto es prioritario -la suavitas con la que se
identifica desde siempre la delicadeza, añade, de hecho, este matiz-, a
duras penas es viable; no por casualidad, con lo que se ha vinculado más
bien el respeto es con la gentileza, como ocurre en Simon James (2011)James, Simon (2011). For the Sake of a Stone? Inanimate Things and the Demand of Morality. Inquiry. An Interdisciplinary Journal of Philosophy, 54(4), 384-397. https.//doi.org/10.1080/0020174X.2011.592343
, para objetos comunes además como una tetera o una
escoba. Aunque susceptible de exteriorizarse también de manera corporal,
según recogen las mismas normas sociales de urbanidad, el respeto
inherente a ellas, la gentileza que desprenden, lo que dejan patente
justamente es el alejamiento entre los sujetos -como al taparse la boca
al toser o estornudar, al dejar salir antes de entrar o tener
controladas las mascotas, acciones que marcan todas ellas distancia
física con el otro-. A ello, hay que añadir la carga estética menor de
la gentileza, a juzgar por algunos de los repertorios de categorías
estéticas a lo largo de la historia de la disciplina -de Goethe, Burke o
Schelling, por ejemplo (Tatarkiewicz, 2008Tatarkiewicz, Wladyslaw (2008). Historia de seis ideas. Arte, belleza, forma, creatividad, mimesis, experiencia estética. Tecnos/Alianza.
)-,
donde repitiéndose la delicadeza, no hay rastro, sin embargo, de ella; o
a juzgar igualmente por la reflexión de la delicadeza en el marco de la
estética moderna -con Addison y Hume, entre otros
33
Ambos desde el punto de vista de la experiencia estética y el “gusto delicado”: en Addison (1991/1712), con relación a lo sublime y en Hume (2008/1755), en referencia a los jueces ideales.
- frente a la inexistente de la gentileza, quizás por la imaginación que pone en juego todo lo táctil según Ossi Naukkarinen (2014)Naukkarinen, Ossi (2014). Everyday Aesthetic Practices, Ethics and Tact. Aisthesis, 7(1), 23-44.
,
con el que se relaciona lo delicado y no tanto lo gentil. Desprovisto
prácticamente así de componente estético, el respeto y la gentileza a él
asociada apenas hallan plasmación performativa en la práctica de la
conservación, más allá del uso profiláctico de guantes del que habla
Paine y, que acentuando una vez más la distancia con el objeto, incide,
al fin y al cabo, en la “falta de tacto” y, por ende, de delicadeza. Se
entiende así que el cómo del respeto quede pendiente en la conservación
artística, o que se haya abordado a la ligera, porque en verdad no es
él, sino el cuidado el que logra prescribir un auténtico modelo de
conducta.
5. Conclusión
⌅Buscando unos principios normativos claros para el respeto, Lisa Giombini (2022b)Giombini, Lisa (2022b). Respect in Conservation Ethics. A Philosophical Inquiry. Studies in Conservation, 67(12), 100-108. https://doi.org/10.1080/00393630.2021.1940797
ha pedido a los códigos éticos en conservación
afinar todo lo posible dentro del marco general de actuación donde han
de poder encajar, al mismo tiempo, todos los supuestos. Ha creído
mejorable así la iniciativa de hace unos años del teórico Jonathan
Ashley-Smith sobre una conservación “hecha a medida”, esto es, una
conservación que descendiendo al terreno práctico y adaptándose a cada
caso en particular según el deseo de la propia Giombini, se desentiende,
sin embargo, de un intento de solución mínimamente compartida. A
diferencia de esta propuesta pero en línea, en todo caso, con la
petición de Giombini, los argumentos vertidos en estas páginas han
querido demostrar que puede armonizarse lo universal y lo particular,
reorientando -eso sí- el foco de atención del respeto al cuidado como
fundamento ético de la actuación humana. Desde el cuidado, desde el
cuerpo a cuerpo con el ser indefenso donde se materializa este valor,
creemos poder resolver la vaguedad a la que tienden los códigos
deontológicos en conservación según Giombini en materia de
comportamiento, sin traicionar por eso la aspiración a la generalidad
que hay también en ellos y donde hallan su razón de ser. Dándose en el
plano, ya no práctico, sino sensible y estético, de manera incluso
táctil, la delicadeza en la conducta cuidadosa es lo bastante imprecisa
también como para ser concretada de múltiples formas posibles -sabiendo
todo el mundo lo que es, cada cual la interpreta a su manera dentro del
marco general de la suavitas- y ser elevada de ese modo al rango superior de norma.
Desde
esta óptica, conservadores y restauradores debieran hacer del cuidado
un asunto epidérmico, mimar el objeto confiado a sus manos -nunca mejor
dicho- como hacen las madres cariñosas y afectuosas con sus hijos. El
símil parece oportuno, considerando que aquello a lo que estos
profesionales parecen estar llamados realmente es a desvivirse en el
presente, al igual que una madre, por el legado cultural y artístico del
pasado hasta que este, dejando su regazo como hacen también los hijos,
pone rumbo a su futuro. Con sus cuidados al patrimonio, conservadores y
restauradores nos hacen sentirnos así parte de la gran familia humana
que conforma el conjunto de generaciones y que nos recuerda quiénes
somos a través de sus objetos; esa familia en cuyo seno aprendemos
también que el cuidado con tacto y delicadeza de sus miembros puede
llegar a hacer del mundo, como quiere Saito (2007)Saito, Yuriko (2007). Everyday Aesthetics. OUP. https://doi.org/10.1093/acprof.oso/9780199278350.001.0001
, un lugar mejor.
Declaración de conflicto de intereses
⌅El autor de este artículo declara no tener conflictos de intereses financieros, profesionales o personales que pudieran haber influido de manera inapropiada en este trabajo.
Declaración de contribución de autoría
⌅M.ª Jesús Godoy Domínguez: conceptualización, investigación, redacción-borrador original, redacción-revisión y edición.