1. ¿Una ciencia libre de qué valores?
⌅¿Por
qué confiamos en la ciencia y por qué se considera que la ciencia
ofrece un conocimiento universalizable, cuyos contenidos deberían ser
aceptables en principio para personas provenientes de muy diferentes
ámbitos culturales? No hay una respuesta simple a esta pregunta, pero
cabe decir que en buena medida esa confianza obedece a que creemos que
los científicos tratan de ser objetivos, tratan de conocer cómo es una
realidad que es la misma para todo ser humano, y, si por alguna razón no
lo consiguen, porque algunos no lo pretendan o porque fracasen en el
intento, la ciencia tiene medios adecuados para detectarlo y eliminar o
corregir los sesgos que se produzcan. La crítica racional constante
dentro de la propia ciencia parece ser un método muy efectivo para
conseguirlo, como ya señaló Popper hace varias décadas y ha vuelto a
recordar Lee McIntyre (2020)McIntyre, Lee (2020). La actitud científica. Cátedra.
.
Para muchas personas, y en particular para muchos científicos, esto implica sobre todo que la influencia de los valores que los científicos individuales o los grupos de científicos asuman, de los intereses que puedan defender, de las ideas políticas, sociales, morales o religiosas que más estimen, debe ser sistemáticamente eliminada a la hora de elaborar y juzgar las teorías científicas. En tal sentido, la objetividad científica sería el resultado de la ausencia de valores en la ciencia, o, por utilizar la expresión que suele usarse en este contexto, de una ciencia “libre de valores”. Y así ha sido vista la cuestión durante un siglo al menos.
Sin embargo, cabe ver el
asunto de otro modo. Según este otro planteamiento, la confianza en la
ciencia podría más bien basarse en la existencia de valores compartidos
entre los científicos, así como entre los científicos y el público.
Confiar en la ciencia sería entonces consecuencia confiar en esos
valores, tales como la honestidad, la veracidad, el rigor o la
integridad profesional. Y es de este modo como algunos tienden a pensar
en las últimas décadas. La objetividad científica no quedaría excluida
por la presencia de valores, sino que, muy al contrario, dichos valores
pueden ser condición de posibilidad o garantes de dicha objetividad.
Ahora bien, si los valores tienen un papel en la consecución de la
objetividad, habría entonces que delimitar qué valores son los que
ejercen ese papel y cuáles son las influencias legítimas que pueden
tener. Esto es lo que ya se conoce como “El nuevo problema de la
demarcación” (Holman y Wilholt, 2022Holman, Bennett y Withold, Torsten (2022). The new demarcation problem. Studies in History and Philosophy of Science, 91, 211-220. https://doi.org/10.1016/j.shpsa.2021.11.011
).
Pero, ¿qué significa en el panorama científico actual la expresión “libre de valores”? ¿Cómo es interpretada habitualmente? Hay que admitir que no es una expresión entendida de forma unívoca, sino que, por el contrario, se le suelen atribuir significados diversos, y no siempre armonizables, al menos de forma evidente. Dependiendo del contexto y de los propósitos de la discusión, que la ciencia esté libre de valores puede querer decir lo siguiente:
-
La ciencia es neutral desde el punto de vista normativo. Puede hacer recomendaciones sobre los medios, pero no sobre los fines. En particular, no debe ser politizada; como señaló Max Weber no debe tener compromisos políticos concretos. No debe promover ninguna agenda política o ética. Esta imparcialidad garantiza su aceptabilidad por todos.
-
El conocimiento científico no tiene carga valorativa, es descriptivo, no prescriptivo; aunque algunas decisiones de los científicos puedan estar basadas en valores, el conocimiento mismo que proporciona la ciencia no lo está. La ciencia se ocupa del “es”, no del “debe”.
-
La ciencia puede ser usada para el bien o para el mal, pero eso no es responsabilidad de los científicos, sino de los que aplican los conocimientos científicos (los técnicos o los gobernantes) o de quienes los usan.
-
El científico debe tener completa libertad (autonomía) para investigar los temas que quiera, con independencia de las consecuencias que pueda tener después esa investigación. Las consecuencias no son atribuibles al conocimiento científico como tal, que es movido por el mero afán de conocer.
-
La ciencia solo busca verdades. Ese es su fin, al que todo está subordinado, y la sociedad debe apoyarlo y asumirlo.
-
La ciencia no debe dejarse influir por lo “políticamente correcto”, porque eso implica censura y desvío de la verdad.
-
La perspectiva de la ciencia es la perspectiva “desde ninguna parte”. El punto de vista concreto del científico es irrelevante a la hora de juzgar la validez de los resultados. Sus convicciones personales no cuentan ni aportan nada.
-
El científico debe carecer de un interés personal directo en la obtención de determinados resultados o en el triunfo de cierta hipótesis (tal como señaló Robert Merton, según veremos).
Como síntesis (problemática) de todo ello podríamos decir que lo que subyace a la tesis de la ciencia libre de valores es que la objetividad científica es alcanzable y comporta una perspectiva universalizable. Dicha objetividad se basaría en que los juicios de valor no interfieren en las afirmaciones y resultados de la ciencia. No hay distorsiones causadas por la subjetividad de los investigadores ni por la imposición externa de posiciones con carga axiológica, como las ideológicas o morales, las conveniencias sociales o los deseos de los que detentan el poder. Esto garantiza su aceptación general. El método científico, en la medida en que es muy eficaz para eliminar la perspectiva personal y subjetiva, sería la pieza clave para conseguir todo esto.
Un ejemplo que suele citarse de lo que sucede cuando la ciencia no está libre de valores, o más precisamente de la influencia perturbadora y negativa de los valores políticos en la ciencia, es el caso Lysenko. Cuando se pone en cuestión algún aspecto del ideal de la ciencia libre de valores, no tarda en aparecer este caso como ejemplo de lo que puede sucederle a la ciencia si los intereses externos tratan de imponerse sobre la investigación. Trofim Lysenko fue un ambicioso oportunista político con una deficiente formación científica que supo medrar con el apoyo de Stalin hasta obtener un gran control de la ciencia realizada en la Unión Soviética entre mediados de los 30 y mediados de los 60. Por motivos ideológicos, logró suprimir en todo el país el darwinismo y la genética mendeliana, sustituyéndolos por el lamarquismo y por ideas pseudocientíficas sobre la herencia. El efecto de esta política fue devastador tanto en vidas humanas como en el patrimonio científico del país. Una de sus víctimas más notables fue Nikolái Vavílov, principal figura de la genética, quien, por oponerse a las políticas de Lysenko, fue encarcelado y murió de desnutrición en 1943.
Y, sin embargo, como decimos, este ideal ha sido seriamente
cuestionado desde hace un tiempo con buenos argumentos. Para empezar,
hay de hecho sesgos valorativos acerca de qué asuntos deben investigarse
prioritariamente debido a la propia estructura institucional de la
ciencia y al modo en que se decide la agenda investigadora. Lo describen
con claridad Barker y Kitcher (2014, p. 141)Barker, Gillian y Kitcher, Philip (2014). Philosophy of Science. A New Introduction. Oxford University Press.
:
La ciencia excluye o marginaliza ciertas verdades y ciertos valores, en parte al menos, porque excluye o margina a ciertos tipos de personas. Las estructuras institucionales de la ciencia impiden a muchas personas participar plenamente en la elaboración del conocimiento científico, o en la decisión acerca de qué ciencia debe hacerse. Las mujeres, los pobres y las personas cultural y físicamente alejadas de los centros de actividad científica y formulación de políticas están infrarrepresentadas entre los científicos y entre los que toman las decisiones sobre la ciencia. Sus perspectivas, necesidades e intereses son descuidados con frecuencia; de hecho, tanto el conocimiento científico como la tecnología basada en la ciencia ha sido usada demasiado a menudo de modos que son activamente dañinos para sus intereses.
A esto, que por sí solo ya bastaría para dar la importancia que merece al estudio de los valores en la ciencia, hay que añadir la cuestión cada vez más acuciante de la “comercialización” y privatización de la ciencia. Buena parte de la ciencia actual se financia con capital privado y está orientada a promover fines establecidos por las empresas que financian. Es evidente que la ciencia no avanza hoy en día movida únicamente por la curiosidad de los investigadores o por la intención de resolver los problemas específicos que detectan en sus áreas de estudio; existen otros factores que la dirigen y la transforman. No es realista ver a la ciencia como un conocimiento impulsado en exclusiva por el mero deseo de descubrir la verdad. Incluso si intentáramos desligarla completamente de la tecnología -lo cual, en la mayoría de los casos, ya no factible-, esa visión resulta miope en el contexto actual de la investigación.
En este punto conviene aclarar una distinción que, aunque tiene sus críticos, ha sido clave en todo este debate. Me refiero a la distinción entre valores epistémicos o cognitivos y valores no epistémicos o contextuales. Valores epistémicos son los que ayudan a mejorar nuestra comprensión de los fenómenos y constituyen objetivos internos de la ciencia. Entre ellos suelen incluirse, dependiendo de los autores, los siguientes: exactitud, consistencia, alcance, capacidad explicativa, simplicidad, fecundidad, capacidad predictiva, coherencia con otras teorías, capacidad unificadora, contrastabilidad, apoyo empírico, supresión de hipótesis ad hoc, etc. Todos ellos se supone que sirven como indicios de verdad aproximada (para los realistas) o al menos de adecuación empírica (para los no realistas) de las teorías.
En cuanto a los valores no epistémicos o contextuales son básicamente los que nos orientan en la acción. Entre ellos destacan los valores morales (investigación no dañina para nadie, honestidad, disponibilidad de datos y resultados, respeto por la dignidad y autonomía de las personas, evitación del sufrimiento animal en la experimentación…), los valores políticos (promoción de la igualdad y de la justicia, evitación de la discriminación por razón de raza, sexo u orientación sexual…), los valores religiosos (respeto por las creencias religiosas), los valores económicos (aplicabilidad tecnológica, rentabilidad…), los valores sociales (investigación beneficiosa para la salud, beneficiosa para el medio ambiente, satisfacción de necesidades humanas…) y los valores culturales (respeto por tradiciones culturales…).
Como decimos, no todos aceptan esta división. Helen Longino (1997Longino,
Helen E. (1997). Cognitive and Non-Cognitive Values in Science:
Rethinking the Dichotomy. En M. C. Nelson and S. M. Nelson (Eds.), Feminism, Science, and the Philosophy of Science (pp. 39-58). Kluwer Academic.
, 2002)Longino, Helen E. (2002). The Fate of Knowledge. Princeton University Press.
y otros autores han cuestionado que quepa trazar una dicotomía estricta
entre valores epistémicos y no epistémicos, fundamentalmente porque los
epistémicos suelen tener implicaciones no epistémicas. No obstante, no
es necesario aceptar la existencia de una dicotomía estricta en todos
los casos para lo que mantendremos aquí. Asumiendo, pues, a grandes
rasgos la distinción entre estos dos tipos de valores, podemos afinar
algo más lo que sostendría en esencia el ideal de ciencia libre de
valores. Dicho ideal, en su versión actual, sostendría que los
valores epistémicos son los únicos que cuentan en la ciencia (o, al
menos, deben ponerse muy por encima, en especial la verdad y la
objetividad, de los demás valores contextuales).
2. Un poco de historia
⌅El
ideal de una ciencia libre de valores fue inicialmente tematizado como
tal por Max Weber, quien lo consideró un efecto necesario del proceso de
racionalización experimentado en la Modernidad, encaminado a la
sustitución de una mentalidad mágica por una burocratización secular.
Esta neutralidad axiológica por parte del científico a la hora de
realizar su trabajo, especialmente en las ciencias sociales, es, según
Weber, el fundamento de la objetividad y de la autonomía científica (Weber, 1904/1949Weber, Max (1904/1949). Objectivity’ in Social Science and Social Policy. En E.A. Shils and H.A (Eds.), Max Weber on the Methodology of the Social Sciences (pp. 49-112). The Free Press of Glencoe.
, 1917/1949Weber, Max (1949). The Meaning of ‘Ethical Neutrality’ in Sociology and Economics. En E.A. Shils y H.A. Finch (Eds.), Max Weber on the Methodology of the Social Sciences (pp. 1-47). The Free Press of Glencoe. (Trabajo original publicado en 1917).
, 1919/1981Weber, Max (1919/1981). La ciencia como vocación. El político y el científico (pp. 180-231). Alianza.
).
Como es habitual, pueden señalarse algunos precedentes, aunque solo
aproximados. Loe encontramos, por ejemplos, en la recomendación
baconiana de la evitación de los ídolos en el conocimiento o más
claramente en la separación humeana entre el ‘es’ y el ‘debe’, entre los
hechos y los valores.
Este ideal fue decididamente promovido por
Vannebar Bush, director de la Oficina de Investigación y Desarrollo
Científico de Estados Unidos (OSRD) durante la Segunda Guerra Mundial,
en su informe de 1945 para el presidente Roosevelt, titulado Ciencia: la frontera sin fin.
Allí escribe: “el progreso científico en un frente amplio resulta del
libre juego de intelectos libres, que trabajan en temas de su propia
elección, en la forma dictada por su curiosidad por la exploración de lo
desconocido” (Bush, 1945, p. 10Bush, Wannevar (1945). Science. The Endless Frontier.
United States Government Printing Office. Reimpreso en 2020 por la
National Science Foundation en conmemoración de su 70 aniversario y del
75 aniversario de la publicación de Science the Endless Frontier. https://www.nsf.gov/about/history/EndlessFrontier_w.pdf
). Desde entonces este lema se convirtió en el ideal
de ciencia asumido de forma implícita por casi toda la comunidad
científica, especialmente en las ciencias naturales.
Es bien
conocido, sin embargo, que en 1942 el sociólogo de la ciencia Robert K.
Merton señaló que la ciencia designaba tanto un conjunto de métodos,
como el conocimiento alcanzado con dichos métodos, así como los valores y
tradiciones culturales que la gobernaban como actividad humana (Merton, 1942/1980, p. 65Merton, Robert K. (1980). Los imperativos institucionales de la ciencia. En Barry Barnes (Coord.). Estudios sobre sociología de la ciencia (pp. 64-78). Alianza. (Trabajo original publicado en 1942).
). Estos valores establecen un ethos de la ciencia, que la caracterizaría frente a otros modos de
conocimiento. Se trataría de una estructura normativa, como él la llama,
compartida por los científicos y basada en cuatro valores, a la vez
morales y técnicos: el comunitarismo, el universalismo, el desinterés,
la originalidad y el escepticismo organizado (abreviados por CUDOS, por
sus iniciales en inglés) (Merton, 1942/1977Merton, Robert K. (1977). La estructura normativa de la ciencia. En R. K. Merton (Ed.), La sociología de la ciencia, Vol. 2. Alianza. (Trabajo original publicado en 1942).
).
Posteriormente Merton añade la originalidad. Aquí los valores ocupan,
pues, un papel central en la delimitación de la ciencia.
Entre las críticas que recibió esta propuesta estuvo la del también sociólogo de la ciencia John Ziman. En su libro Prometheus Bound. Science in a Dynamic Steady State, de 1994Ziman, John (1994). Prometheus Bound. Science in a Dynamic Steady State. Cambridge University Press.
,
Ziman defendió que la ciencia de entonces (y esto valdría probablemente
más para la de ahora) se ha vuelto una empresa corporativa, con grandes
grupos de investigación en disputa por una financiación escasa, pública
o privada, a la que designa como ‘ciencia postacadémica’ y ‘ciencia
industrial’, y ello ha modificado el ethos de la ciencia. En sustitución de CUDOS, los rasgos que caracterizan ese nuevo ethos, recogidos en las siglas PLACE, serían la importancia de la propiedad intelectual, el localismo en los problemas, el autoritarismo en su dirección, el carácter comisionado o por encargo de la investigación y el papel decisivo del experto en detrimento del científico creativo y original (Ziman, 1994, cap. 7Ziman, John (1994). Prometheus Bound. Science in a Dynamic Steady State. Cambridge University Press.
).
Con
respecto a la filosofía de la ciencia, el tema de los valores no fue
completamente desatendido. Daremos aquí solo algunas pinceladas (una
historia más completa de la discusión puede encontrarse en Douglas (2009)Douglas, Heather (2009). Science, Policy, and the Value-free Ideal. University of Pittsburgh Press.
).
Popper, aunque no habla explícitamente de valores, le concede
importancia al contenido empírico de las teorías, la verosimilitud, la
capacidad explicativa, el carácter arriesgado o la no protección
mediante hipótesis ad-hoc. En 1953 Richard Rudner publica un breve
artículo en el que sostiene que los científicos, en tanto que tales,
realizan inevitablemente juicios de valor, especialmente de carácter
ético, puesto que “el científico debe tomar la decisión de si las
pruebas son suficientemente sólidas o si la probabilidad es
suficientemente alta para justificar la aceptación de la hipótesis […]
[y] el grado de seguridad que debemos tener antes de aceptar una
hipótesis dependerá de la gravedad de un error” (Rudner, 1953, p. 2Rudner, Richard (1953). The Scientist Qua Scientist Makes Value Judgments, Philosophy of Science, 20, 1-6. https://www.jstor.org/stable/185617
). Esta misma idea, bajo la designación que se ha
hecho ya común de ‘riesgo inductivo’ fue expuesta también por Carl
Hempel en un trabajo de 1960, titulado “La ciencia y los valores
humanos” (Hempel, 1965Hempel, Carl. G. (1965). Science and Human Values. En Carl Gustav Hempel (Ed.), Aspects of Scientific Explanation and other Essays in the Philosophy of Science (pp. 81-96). The Free Press.
). Thomas Kuhn señaló en su enormemente influyente libro La estructura de las revoluciones científicas,
publicado en 1962, al menos cinco valores epistémicos que funcionan
como elementos comparativos para tomar decisiones con respecto a los
paradigmas: exactitud, consistencia, alcance, simplicidad y fecundidad (fruitfulness).
Sin embargo, los valores no epistémicos no son tematizados de forma
relevante en esa obra. Feyerabend, al final del último capítulo de su Tratado contra el método,
publicado en 1975, señalaba que en la elección entre teorías
inconmensurables tienen un papel central los juicios estéticos, los
juicios de gusto, los prejuicios metafísicos y los deseos religiosos,
aunque tampoco desarrolla la tesis. No obstante, es sabido que la
filosofía de la ciencia de Feyerabend reivindica el papel fundamental de
la tolerancia, el pluralismo metodológico y el antidogmatismo en el
progreso científico. Otro gran filósofo de la ciencia, Larry Laudan,
publica en el punto alto de su carrera en 1984 un libro titulado Ciencia y valores,
pero se centra en los valores epistémicos. De los valores éticos afirma
que tienen una importancia pequeña en las decisiones de los científicos
en comparación con la de los valores epistémicos.
Puede decirse, pues, que, con excepciones como la de Rudner y alguna otra que no hemos citado, los primeros filósofos de la ciencia que introdujeron la discusión sobre los valores, en la medida en que se centraron en los valores epistémicos, no cuestionaron seriamente el ideal de la ciencia libre de valores.
El giro en filosofía de la ciencia hacia los
valores no epistémicos, y por tanto la verdadera crítica a dicho ideal,
empieza a producirse sobre todo con los trabajos de Longino (1987Longino, Helen E. (1987). Can there be a Feminist Science? Hypatia, 2, 51-64.
, 1990Longino, Helen E. (1990). Science as Social Knowledge. Values and Objectivity in Scientific Inquiry. Princeton University Press.
y 2002)Longino, Helen E. (2002). The Fate of Knowledge. Princeton University Press.
y Douglas (2000Douglas, Heather (2000). Inductive Risk and Values in Science. Philosophy of Science, 67, 559-79.
y 2009)Douglas, Heather (2009). Science, Policy, and the Value-free Ideal. University of Pittsburgh Press.
.
Ambas subrayaron la importancia y legitimidad de todo tipo de valores
en el desarrollo de la investigación científica, dadas ciertas
condiciones. En general, son las epistemólogas feministas, como ellas o
como Evelin Fox Keller (1995)Keller, Evelyn Fox (1995). Refiguring Life. Columbia University Press.
, Sandra Harding (1996)Harding, Sandra (1996). Ciencia y feminism. Morata.
y, en nuestro país, Eulalia Pérez Sedeño (1999)Pérez Sedeño, Eulalia (1999). De la necesidad, virtud. En A. Ambrogi (Ed.), Filosofía de la ciencia. El giro naturalista (pp. 253-270). Universitat de les Illes Balears.
,
las que comienzan a argumentar que la investigación científica, sobre
todo en ciencias sociales, antropológicas y biomédicas, ha estado
sometida a valores androcéntricos que han pasado desapercibidos y que
han condicionado la investigación, las hipótesis propuestas e incluso el
peso que se ha dado a las evidencias. En filosofía de la tecnología y
en ética de la investigación se produjo también un interés similar por
el influjo de los valores no epistémicos en la determinación de los
riesgos medioambientales y riesgos para la salud (Shrader-Frechette, 1994Shrader-Frechette, Kristin (1994). Ethics of Scientific Research. Rowman & Littlefield Publishers.
).
Otros filósofos de la ciencia comenzaron pronto a seguir ese camino. En su libro Science, Truth, and Democracy, Kitcher (2001, cap. 7)Kitcher, Philip (2001). Science, Truth and Democracy. Oxford University Press.
rechazó la posibilidad de trazar una separación nítida entre la ciencia
pura y la ciencia aplicada, lo que hace que las cuestiones valorativas
alcancen necesariamente a toda la ciencia. De hecho, la propia
distinción entre ciencia pura y aplicada depende de consideraciones
valorativas en las que habría que tener en cuenta las motivaciones de
los científicos y las posibilidades futuras de la investigación.
Precisamente, en ocasiones ese “mito de la pureza” de la ciencia tiene
como objetivo aislarla de cualquier crítica moral, social o política. En
un libro posterior, titulado Science in a Democraty Society, fue
aún más explícito en la cuestión de los valores. Cuestiona en él de
forma más directa el ideal de la ciencia libre de valores, sostiene que
los valores, tanto epistémicos como no epistémicos, son necesarios para
guiar todo el proceso de investigación, y afirma que, en realidad, “los
científicos individuales dan por sentadas grandes perspectivas que a
menudo han surgido de transiciones históricas en las que se enfrentaron
esquemas de valores rivales, episodios en los que han coevolucionado las
creencias fácticas y los compromisos de valor.” (Kitcher, 2011, p. 39Kitcher, Philip (2011). Science in a Democratic Society. Prometheus Books.
).
3. Los contextos de la discusión
⌅En la discusión sobre el papel de los valores en la ciencia, Kitcher (2001, p. 3)Kitcher, Philip (2001). Science, Truth and Democracy. Oxford University Press.
destaca que los defensores de ciencia libre de valores pretenden que
los juicios políticos, morales y religiosos deben quedar fuera en al
menos dos contextos de decisión: la formulación de los proyectos de
investigación y la estimación de la evidencia existente para obtener las
conclusiones. Douglas (2000)Douglas, Heather (2000). Inductive Risk and Values in Science. Philosophy of Science, 67, 559-79.
,
en cambio, sostiene que los valores no epistémicos juegan un papel
relevante en tres contextos: la elección de problemas, el uso del
conocimiento científico y la selección de métodos. Reiss y Sprenger (2020)Reiss, Julian y Sprenger, Jan (2020). Scientific Objectivity. En Edward N. Zalta (Ed.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy. https://plato.stanford.edu/archives/win2020/entries/scientific-objectivity/
, por su parte, separan para ordenar la discusión
los siguientes contextos: (i) la elección de un problema de
investigación científica; (ii) la recopilación de evidencias en relación
con el problema; (iii) la aceptación de una hipótesis o teoría
científica como respuesta adecuada al problema sobre la base de la
evidencia; y (iv) la proliferación y aplicación de los resultados de la
investigación científica. Nosotros, para nuestro análisis, añadiremos
aquí tres más: el proceso de investigación en general, la financiación y
la publicación. Podrían señalarse aún otros, como el contexto de la
enseñanza, el de la creación conceptual, el de la comunicación o el de
la elaboración de hipótesis o modelos, pero no añadirían demasiado y no
hay aquí espacio para ellos.
3.1. En el proceso de investigación en general
⌅La ética de la investigación científica o ética de la ciencia es un campo que tiene ya una tradición de décadas (Shrader-Frechette, 1994Shrader-Frechette, Kristin (1994). Ethics of Scientific Research. Rowman & Littlefield Publishers.
; Resnik, 1998Resnik, David B. (1998). The Ethics of Science. An Introduction. Routledge.
; London, 2022London, Alex John (2022). For the Common Good. Philosophical Foundations of Research Ethics. Oxford University Press.
),
pero ha experimentado un gran desarrollo en los últimos años. Es
evidente que la investigación científica debe estar sometida a criterios
éticos y, por tanto, a unos valores éticos que conduzcan por el camino
adecuado y deseable la consecución de sus objetivos. La ciencia debe,
por ejemplo, evitar el daño a las personas (y animales) y debe procurar
un beneficio para la humanidad. Por otro lado, la investigación
científica debe realizarse de acuerdo con normas de integridad
profesional. El fraude científico (fabricación de datos, falsificación y
plagio (FFP)) debe estar proscrito, y las malas prácticas
investigadoras (autoría, filiación, conflicto de intereses, maltrato
animal, etc.) deben ser censuradas éticamente. Ninguna de ambas cosas es
hoy contestada por nadie. Más bien al contrario, el interés por ellas
está muy arraigado.
3.2. En la elección de temas y problemas
⌅No se puede investigar todo; no hay tiempo ni dinero para ello. ¿Qué temas se excluyen de la investigación y qué temas se eligen, y por qué se hace en cada caso? ¿Es legítimo elegir un problema de investigación motivado por preferencias ideológicas, éticas, religiosas, filosóficas, etc.?
No parece que haya algún reproche que hacer a un científico social que elige investigar sobre las causas de la pobreza en un país o del aumento de las grandes desigualdades por sus convicciones políticas. Tampoco parece que sea necesariamente contrario a la objetividad científica que un graduado en biología decida trabajar en biología molecular en lugar de en paleoantropología porque sus convicciones religiosas le impiden aceptar la evolución humana, o que otro que decida investigar en ecología por tener ideas ecologistas. ¿Diría alguien que se produce una merma para la objetividad si un científico rechaza investigar sobre una sustancia que considera peligrosa para el medio ambiente o para la salud, o se niega a colaborar con investigaciones de potencial uso militar?
La elección de temas de investigación
puede obedecer a motivos muy diversos. La curiosidad intelectual es solo
uno de ellos, y quizás no el más habitual. Los intereses profesionales
importan, así como importan las modas intelectuales, las posibilidades
de obtener resultados prácticos, la disponibilidad de financiación, las
convicciones personales, la orientación de los grupos de investigación
existentes, etc. Hay datos que muestran que los temas elegidos por los
científicos se correlacionan con su raza y género, y que la mayor
diversidad de los equipos en estos aspectos genera ciencia con mayor
impacto en citas (Maddi y Gringas, 2021Maddi, Abdelghani y Gingras, Yves (2021). Gender Diversity in Research Teams and Citation Impact in Economics and Management. Journal of Economic Surveys, 35(5), 1381-1404. https://doi.org/10.1111/ joes.12420
, y Yang et al., 2022Yang,
Yang, Tian, Tanya y Woodruff, Teresa K. (2022). Gender-diverse teams
produce more novel and higher-impact scientific ideas. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 119(36), e2200841119. https://doi.org/10.1073/pnas.2200841119
).
Los valores éticos y sociales, en especial,
ayudan a determinar qué problemas merecen ser investigados y cuáles
deberían tener prioridad. Muchos científicos consideran que al trabajar
en los temas que investigan están cumpliendo con un servicio a la
sociedad, y esta convicción puede ser tan importante o más que la
satisfacción de su curiosidad personal. Como apunta Kitcher (2024)Kitcher, Philip (2024). The Scientist, Qua Scientist, Is an Ethical Agent. Filozofia, 79(3), 231-243. https://doi.org/10.31577/filozofia.2024.79.3.1
, “el científico en tanto que científico debe hacer
juicios éticos todo el tiempo. La decisión de participar en una
determinada empresa de investigación está sujeta a normas morales: nadie
debería dedicarse a fabricar armas químicas o a reivindicar la
inocuidad del tabaco. La elección de los temas de investigación debe
guiarse por el deseo de contribuir al bienestar humano.”
En las ciencias sociales y en las biomédicas la propia determinación de que algo es un problema a investigar suele estar condicionada por valores no epistémicos. La consideración de una situación como un problema social que merece atención, con vistas a su posible solución, o la calificación de una serie de estados corporales o anímicos como una enfermedad son asuntos que no pueden dirimirse por lo general atendiendo solo a factores epistémicos. Pensemos en el modo en que la obesidad ha llegado a considerarse una enfermedad y en las discusiones actuales acerca de cómo abordar su tratamiento.
Añadamos a ello que, como mencionábamos antes, en la actualidad los científicos han perdido una gran parte de su autonomía para elegir problemas para la investigación y, sobre todo en el caso de los más jóvenes, estos problemas les vienen impuestos por los científicos más veteranos y, si la financiación es privada, por las empresas para las que trabajan. Esto quiere decir que las empresas tienen hoy un enorme poder sobre la ciencia, en especial, sobre algunas disciplinas, puesto que la selección de las preguntas que hay que hacer en ellas condiciona en gran medida la visión final de la realidad que cabe formar a partir de los resultados que terminan obteniéndose.
3.3. En la financiación
⌅Es considerado de forma generalizada como legítimo (aunque pueda ser a veces moralmente cuestionable) que la financiación de la investigación se realice tomando en cuenta valores contextuales.
En el caso de
la financiación pública es razonable pensar que deben tenerse en cuenta
los intereses y valores sociales, morales, políticos e instrumentales.
Pero aquí surgen preguntas importantes, por ejemplo, ¿con qué extensión y
fuerza deben hacerlo? ¿Solo deben tenerse en cuenta los intereses de
los ciudadanos del propio país o se debe tener una visión más global de
los problemas? ¿Qué pasa con la financiación de la investigación en
enfermedades típicas de países pobres? ¿Es aceptable que la
investigación en enfermedades cardiovasculares reciba una financiación
mucho mayor que la investigación sobre la malaria, el tétanos o
enfermedades parasitarias? ¿Quién marca la agenda investigadora y con
qué criterios? ¿El mercado, los expertos, los ciudadanos? Algunos
autores, como Kitcher (2001Kitcher, Philip (2001). Science, Truth and Democracy. Oxford University Press.
y 2011)Kitcher, Philip (2011). Science in a Democratic Society. Prometheus Books.
han señalado la importancia en las sociedades democráticas de acercar
estos asuntos a los ciudadanos, de forma que el establecimiento de
prioridades en la financiación de la investigación tenga en cuenta los
intereses de los más desfavorecidos, incluso si viven en otros países.
En todo caso, parece exigible más transparencia en los criterios que se
han utilizado en la toma de esas decisiones y en los valores que las
informan.
En el caso de la financiación privada es difícil evitar
que predominen los valores económicos, y es legítimo de nuevo que las
empresas financien la investigación que esperan que les produzca más
beneficios. No se les puede exigir que tengan una preocupación por el
bien común del modo en que sí debería pedírsele a la financiación
pública de la ciencia. Pero, incluso así, hay límites en lo que les está
permitido hacer; límites morales y límites legales. Por ejemplo, la
desinformación patrocinada durante un tiempo por compañías tabaqueras
sobre los efectos reales de tabaco en la salud o las investigaciones
financiadas por las compañías petroleras para minimizar el cambio
climático son inaceptables. La casuística acerca de la aceptabilidad
ética y legal de financiar ciertas investigaciones es amplia y no
podemos entrar aquí en ella. Ha dado lugar a una discusión acerca de si
debía haber un “conocimiento prohibido” (Diéguez, 2024, cap. 4.1Diéguez, Antonio (2024). La ciencia en cuestión. Herder.
).
3.4. En la metodología (recopilación de evidencias)
⌅En la ciencia, como en casi todos los asuntos humanos, el fin no justifica los medios. No puede justificarse ninguna investigación con seres humanos que incumpla normas morales o que viole su autonomía, por bienintencionado que sea el objetivo final, ni pueden justificarse investigaciones que causen un sufrimiento animal innecesario y evitable. Esto implica que por razones morales hay ciertas metodologías que no deben emplearse en la ciencia. La aceptación de estas restricciones, salvo casos dudosos o de personalidad excesivamente ambiciosa por parte de algún investigador (como el célebre caso de He Jiankui), no suele generar controversia entre los científicos. De hecho, toda investigación que se financie con dinero público e implique la experimentación con seres humanos o con animales ha de pasar obligatoriamente por una previa autorización de un comité de ética o similar que dictamine si se cumplen los criterios establecidos.
Pero, dejando de lado los casos de flagrante incumplimiento de normativas éticas, ¿podríamos ir más allá y ser más exigentes, llegando incluso a revisar la valoración del peso y rigor de las evidencias en aquellos casos en que sospechemos que la investigación puede causar algún tipo de daño a seres humanos, aunque eso no sea seguro y ni siquiera esté prohibido expresamente? Pensemos en las investigaciones sobre raza e inteligencia. Una exigencia de significatividad estadística no muy alta en los resultados podría dar pie a que se publicaran como si estuvieran bien contrastados resultados que podrían causar serios problemas de discriminación a grupos de personas pertenecientes a una etnia. ¿No tendría sentido reclamar en casos como este un estándar de prueba mucho más alto (suponiendo, lo cual es también muy discutible, que los conceptos de raza y de inteligencia tuvieran una sólida base científica)?
En
otras palabras, hay situaciones en las que tiene sentido plantearse si
los valores aceptados por un investigador o por la comunidad científica
pueden hacer que se otorgue más importancia al riesgo inductivo de
cometer algún error que tenga consecuencias graves para las personas;
situaciones en las que convendría seleccionar unos procedimientos y unos
estándares de prueba más exigentes que los que se seleccionarían en
otros casos en los que no concurriera una preocupación tan marcada. Es
decir, cuando la evidencia científica no es clara o resulta insuficiente
para dictaminar un resultado y las consecuencias del error en la
decisión podrían ser altas, los valores sociales pueden (y deben)
influir en las decisiones de los científicos a la hora de elegir entre
distintas interpretaciones de los criterios metodológicos con los que ha
de evaluarse dicha evidencia. Esto cobra especial importancia en áreas
sensibles como la salud pública o el cambio climático, donde las
decisiones científicas pueden tener un impacto directo sobre el
bienestar de la población (Kitcher, 2011Kitcher, Philip (2011). Science in a Democratic Society. Prometheus Books.
).
En tales casos, lo que Douglas (2009, pp. 96-97)Douglas, Heather (2009). Science, Policy, and the Value-free Ideal. University of Pittsburgh Press.
plantea es que la influencia de los valores no-epistémicos sobre el
razonamiento científico sería aceptable solo si fuera indirecta, es
decir, si no se toman esos valores como razones para motivar la adopción
de una teoría o una hipótesis, sino que su función queda limitada
únicamente a ayudar a decidir qué va a considerarse en ese contexto como evidencia suficiente en favor de la teoría o de la hipótesis en
cuestión, o, en otras palabras, si afectan solo al peso y la importancia
que se va a dar a la incertidumbre, en especial cuando se ha de tomar
una hipótesis como base para la acción, sin determinar la decisión (para
una discusión crítica de esta distinción, puede verse Elliott (2011)Elliott, Kevin C. (2011). Direct and Indirect Roles for Values in Science. Philosophy of Science, 78(2), 303-324. https://doi.org/10.1086/659222
). Esta función indirecta podría contribuir, según
las circunstancias, a que los científicos tomen mejores decisiones,
elevando las exigencias en las reglas de aceptación si algunos de estos
valores pudieran verse menoscabados por los resultados de una
investigación. Es algo que, al fin y al cabo, hacemos constantemente en
la vida diaria: aumentamos el nivel del rigor exigible en las pruebas si
prevemos que el asunto sobre el que tenemos que tomar una decisión
puede tener importantes consecuencias perjudiciales sobre otras
personas. En la ciencia esto es también habitual y permisible. Los
controles para establecer la eficacia y seguridad de un medicamento, por
ejemplo, son mucho más rigurosos que los empleados para un cosmético.
No
obstante, hay amplio acuerdo en que los valores no deben sesgar las
evidencias recogidas, y mucho menos sustituirlas. No deben ser razones
directas, como dice Douglas y previamente había dicho Hempel (1965)Hempel, Carl. G. (1965). Science and Human Values. En Carl Gustav Hempel (Ed.), Aspects of Scientific Explanation and other Essays in the Philosophy of Science (pp. 81-96). The Free Press.
, para aceptar o rechazar la evidencia.
3.5. En la aceptación de conclusiones y justificación de resultados
⌅Según
los defensores de la conocida como tesis Duhem-Quine, la evidencia
empírica, por sí sola, no puede confirmar ni refutar una hipótesis o una
teoría. Los defensores de la tesis de la infradeterminación de las
teorías son más radicales. Piensan en nunca puede establecerse de forma
segura si una misma evidencia empírica confirma una hipótesis u otra
incompatible con ella. Pero no hace falta ir tan lejos. Basta con
considerar que en la ciencia siempre hay una posibilidad de error en
todos los niveles, y que la evidencia casi nunca ofrece una confirmación
completa de una hipótesis. Puesto que la posibilidad de la duda está
siempre presente, la decisión de considerar una determinada hipótesis
como confirmada o refutada en función de la evidencia empírica
disponible implica entonces un juicio de valor acerca de si vale más
equivocarse en un sentido o en el otro. Al igual que sucede con la
elección estándares metodológicos, cuanto más serios sean los efectos de
un error al aceptar una hipótesis, más cuidado se pondrá en tomar la
decisión, sobre todo si afecta a políticas públicas (riesgo inductivo) (Rudner, 1953Rudner, Richard (1953). The Scientist Qua Scientist Makes Value Judgments, Philosophy of Science, 20, 1-6. https://www.jstor.org/stable/185617
). Tomar la decisión acerca de cuándo una evidencia
apoya o no una hipótesis es, pues, asumir un riesgo que se basa en la
asunción de determinados valores externos. Los científicos deben bregar
con este riesgo de error y, con ello, su responsabilidad moral en estas
decisiones es ineludible (Douglas, 2009Douglas, Heather (2009). Science, Policy, and the Value-free Ideal. University of Pittsburgh Press.
).
Una
salida para los defensores del ideal de la ciencia libre de valores ha
sido sostener que, en los casos en los que la evidencia empírica no
permita establecer con seguridad un resultado, los científicos deben
limitarse a atribuir probabilidades a cada hipótesis alternativa y dejar
la decisión sobre qué hipótesis tomar como base para la acción a los
gestores o responsables políticos correspondientes (Jeffrey, 1956Jeffrey, Richard C. (1956). Valuation and Acceptance of Scientific Hypotheses, Philosophy of Science, 33, 237-46.
).
No obstante, esto quizás solo consigue retrotraer el problema, puesto
que atribuir mayor probabilidad a una hipótesis es una decisión que
también encierra incertidumbre, y, en el fondo es inclinarse a su favor
con una probabilidad de error en función de valores no epistémicos.
Además, como algunos críticos han señalado, los científicos no siempre
pueden limitarse a hacer eso, puesto que en su propio trabajo han de
aceptar en ocasiones una de las hipótesis, asumiendo el riesgo
inductivo, para continuar con la investigación (para una respuesta a
estas réplicas, puede verse Henschen 2021Henschen, Tobias (2021). How Strong is the Argument from Inductive Risk. European Journal for Philosophy of Science, 11(92). https://doi.org/10.1007/s13194-021-00409-x
).
También aquí debe evitarse que los valores
contextuales determinen en exclusiva, de forma directa, el juicio sobre
la validez de una hipótesis o sobre si está o no suficientemente
justificada en función de la evidencia empírica. Como hemos dicho, es
legítimo que en situaciones de incertidumbre los científicos tomen en
consideración como elemento de juicio ciertos valores no epistémicos,
pero estos no deben determinar la aceptación de una tesis solo porque
encaje con ellos (Douglas, 2009, cap. 6Douglas, Heather (2009). Science, Policy, and the Value-free Ideal. University of Pittsburgh Press.
).
Sin olvidar el hecho de que esas estimaciones en condiciones de
incertidumbre, aunque falibles, pueden hacerse en muchos casos de forma
bastante segura a efectos prácticos (Douglas, 2000Douglas, Heather (2000). Inductive Risk and Values in Science. Philosophy of Science, 67, 559-79.
; Betz, 2013Betz, Gregor (2013). In Defence of Value Free Ideal. European Journal for Philosophy of Science, 3, 207-220. https://doi.org/10.1007/s13194-012-0062-x
).
Una formulación más radical la ofrece Elliot Sober (2007, p. 116)Sober, Elliott (2007). Evidence and Value Freedom. En H. Kinkaid, J. Dupré y A. Wylie (Eds.), Value-free Science? Ideals and Illusions (pp. 109-119). Oxford University Press.
cuando afirma: “Los juicios acerca de las consecuencias éticas de creer
P no pueden proporcionar información nueva acerca de la probabilidad de
P”. Esto, sin embargo, es algo que Douglas no aceptaría sin más,
porque, aunque no crea que los valores contextuales deban determinar por
sí solos la validez de P, eso no significa que no intervengan nunca en
el razonamiento científico. No obstante, Sober parece tener razón en que
cabe concebir contextos alejados de la aplicación práctica y de la
influencia en políticas públicas en los que la decisión sobre la validez
de una hipótesis sea ajena por completo a la influencia de valores no
espistémicos. La cuestión es si, como sostuvo Kitcher (2001)Kitcher, Philip (2001). Science, Truth and Democracy. Oxford University Press.
y como sostiene Douglas (2007)Douglas, Heather (2007). Rejecting the Ideal of Value-free Science. En H. Kinkaid, J. Dupré y A. Wylie (Eds.), Value-free Science: Ideals and Illusions (pp. 120-139). Oxford University Press.
,
las áreas de la ciencia en las que eso es posible son tan claras y tan
delimitables de forma estable y precisa como los defensores de la
neutralidad axiológica sostienen. No obstante, Douglas afirma algo que
no está muy lejano de lo que sostiene Sober: “Los valores -escribe- no
sustituyen a las evidencias ni se convierten en ellas por sí mismos,
pero sí determinan la interpretación que se hace de las evidencias
disponibles. […] Los valores no pueden sustituir a las evidencias; solo
pueden ayudar a determinar cuántas evidencias necesitamos antes de
aceptar una afirmación.” (2007, p. 133Douglas, Heather (2007). Rejecting the Ideal of Value-free Science. En H. Kinkaid, J. Dupré y A. Wylie (Eds.), Value-free Science: Ideals and Illusions (pp. 120-139). Oxford University Press.
).
3.6. En la publicación
⌅La preservación de la objetividad científica cuenta hoy con un apreciado guardián, que es la exigencia de que toda publicación que se haga en revistas académicas pase el filtro de una seria revisión por pares. Pese a ello, es claro que este proceso no puede ofrecer una garantía total. Los revisores de los artículos no son a veces lo suficientemente cuidadosos, o lo suficientemente expertos, o lo suficientemente justos e imparciales. Es además imposible evitar toda subjetividad en el proceso de revisión.
Las revistas están, por otro lado, en su derecho de aceptar o rechazar artículos en función de sus intereses. Obviamente, no deben caer en discriminaciones ilegales, ni deberían dejar de aceptar un artículo bien evaluado solo porque no coincida con la orientación ideológica o con los valores religiosos de los evaluadores o de los editores. Y creo que puede decirse que, aunque haya fallos indudables en algunos casos, las revistas suelen cumplir estos preceptos con bastante cuidado.
Ahora bien, no puede reprocharse a una revista que no
publique un artículo, incluso si ha pasado el proceso de revisión, si
los editores estiman que, pese a todo, no va a tener interés para los
lectores o no aporta nada significativo al estado de la cuestión; y en
esa decisión es difícil que no influyan presupuestos axiológicos de
dichos editores. Quizás lo deseable es que esos juicios involucren solo
valores epistémicos, pero no siempre podrá ser así si aceptamos con Kitcher (2011)Kitcher, Philip (2011). Science in a Democratic Society. Prometheus Books.
que la ciencia no busca verdades sin más, sino verdades significativas,
y en la determinación de la significatividad suelen intervenir valores
no epistémicos.
Tampoco debería reprocharse a una revista que rechace la publicación de artículos cuyo riesgo inductivo sea alto debido a sus potenciales consecuencias dañinas. Esto es, claramente, lo que subyacía en el polémico editorial de Nature Human Behaviour del 22 de agosto de 2022, que, pese a las réplicas que suscitó, no parece que sea irrazonable:
El avance del conocimiento y de la comprensión es un bien público fundamental. En algunos casos, sin embargo, los daños potenciales a las poblaciones estudiadas pueden superar el beneficio de la publicación. El contenido académico que atente contra la dignidad o los derechos de grupos específicos, suponga que un grupo humano es superior o inferior a otro simplemente por una característica social, incluya discurso de odio o imágenes denigrantes, o promueva perspectivas privilegiadas y excluyentes suscita preocupaciones éticas que pueden requerir revisiones o superar el valor de la publicación.
3.7. En la aplicación y consumo público
⌅No todos los resultados científicos se aplican. Algunos simplemente no tienen aplicación directa conocida, al menos por el momento, otros no se consideran aptos para su aplicación, ya sea porque no se consideran bien establecidos, porque pueden generar riesgos inasumibles, o porque se consideran demasiado complejos o costosos como para llevarlos a la práctica. Esto vale tanto para la aplicación tecnológica como para la aplicación social y la orientación de políticas públicas.
Entre los que son aplicables, cabe esperar que se establezca una jerarquía de prioridades y unos se consideren más importantes que otros debido a su urgencia o a sus efectos beneficiosos. Son, pues, valorados por su utilidad, su capacidad para generar ganancias y cambiar el mercado, por la magnitud social de su impacto o por razones análogas.
Aquí es donde el problema del riesgo inductivo se manifiesta con más rigor. En el contexto de aplicación las decisiones que se tomen tienen consecuencias prácticas y no meramente consecuencias epistémicas, y pueden afectar a un gran número de personas. No es lo mismo adoptar una hipótesis por mor de una ulterior indagación teórica que adoptarla con vistas articular acciones de políticas públicas o para apostar por una determinada implementación tecnológica. Los críticos de la tesis de la ciencia libre de valores insisten en que en este contexto, más claramente incluso que en otros, las decisiones de los científicos están inevitablemente condicionadas por valores no epistémicos. No obstante, lo cierto es que los científicos asumen aquí el papel subordinado de consejero o de experto consultado, puesto que la decisión final de la aplicación suele depender de los gestores públicos o privados.
4. La objetividad y los valores
⌅Estamos ante un debate imprescindible, que está contribuyendo a cambiar la imagen tradicional de la ciencia. En su estado actual, las posiciones principales pueden resumirse del siguiente modo: los defensores de la tesis de la ciencia libre de valores sostienen que solo los valores epistémicos deben contar en las decisiones de los científicos acerca de cuándo está justificada una hipótesis y debe ser aceptada, incluyendo los casos en los que se dé un cierto riesgo inductivo, aunque pueden admitir sin problemas que los valores no epistémicos tengan su papel en la elección de problemas, o incluso a la hora de decidir si una hipótesis es lo suficientemente segura como para ser aplicada en la práctica, para guiar una acción política, o suficientemente meritoria para ser desarrollada; mientras que, por el contrario, los críticos de dicha tesis sostienen que los valores no epistémicos (asumiendo que sean distinguibles de los epistémicos, incluso sin fronteras precisas) cuentan en todos los contextos de elaboración de la ciencia, también en el contexto de elección de métodos y en el de justificación de hipótesis, con la única salvedad de que dichos valores no pueden motivar en exclusiva la aceptación o rechazo de una hipótesis. Esto significa que no defienden que deba aceptarse una hipótesis científica solo porque encaje con nuestros valores, ni que deba rechazarse solo porque no encaje con ellos. A esto se refiere Douglas cuando sostiene que los valores no deben tener una influencia directa en la fase en que se justifican las hipótesis o afirmaciones científicas.
Puede
afirmarse, por tanto, que las diferencias entre los defensores de la
tesis de la ciencia libre de valores y sus críticos se han ido
reduciendo a lo largo del debate y, como quedó de manifiesto en la
discusión entre Heather Douglas y Sandra Mitchell (Machamer y Wolters, 2004Machamer, Peter y Wolters, Gereon (Eds.) (2004). Science, values, and objectivity. University of Pittsburgh Press.
),
se limita en el fondo a saber si los valores no epistémicos pueden y
deben influir indirectamente o no en casos de riesgo inductivo en la
decisión acerca de qué hipótesis aceptar y servir así como elementos de
juicio aceptables en la justificación de dicha decisión. Mitchell, como
antes hiciera Isaac Levi (1962)Levi, Isaac (1962). On the Seriousness of Mistakes. Philosophy of Science, 29, 47-65. https://doi.org/10.1086/287841
, defiende que hay que separar nítidamente dos
dominios, el de la creencia en una hipótesis y el de la acción basada en
la ciencia, y acepta que en el ámbito de la acción puedan tener su
lugar los valores no epistémicos, pero no en el de la creencia (Mitchell, 2004Mitchell,
Sandra D. (2004). The Prescribed and Proscribed Values in Science
Policy. In P. Machamer & G. Wolters (Eds.), Science Values and
Objectivity (pp. 245-255). University of Pittsburgh Press.
).
A su vez, Douglas admite que “no todas las decisiones científicas en
las etapas internas de la ciencia requerirán la consulta de valores no
epistémicos. Cuando la incertidumbre es muy baja, es decir, cuando un
científico cree que no hay prácticamente ninguna posibilidad de
equivocarse, no se gana gran cosa considerando las consecuencias de
equivocarse” (Douglas, 2000, p. 577Douglas, Heather (2000). Inductive Risk and Values in Science. Philosophy of Science, 67, 559-79.
).
Lo que parece claro a estas alturas es que el debate está ya lo
suficientemente acotado para que los estudios empíricos sobre la
influencia de los valores en el razonamiento de los científicos tomen la
palabra (Colombo, Bucher e Inbar, 2016Colombo, Matteo, Bucher, Leandra e Inbar, Yoel (2016). Explanatory Judgment, Moral Offense and Value-Free Science. Review of Philosophy and Psychology, 7, 743-763. https://doi.org/10.1007/s13164-015-0282-z
). Sería interesante saber si los científicos, de
hecho, dejan que esos valores influyan en sus decisiones, y, si es así,
en qué casos y qué legitimidad les atribuyen.
Entre las propuestas interesantes surgidas en el debate ha estado la insistencia (Longino, 2002Longino, Helen E. (2002). The Fate of Knowledge. Princeton University Press.
y Douglas, 2009Douglas, Heather (2009). Science, Policy, and the Value-free Ideal. University of Pittsburgh Press.
)
en que los valores asumidos en la investigación se hagan explícitos en
la medida de lo posible para que puedan ser sometidos a escrutinio en un
debate libre en el que se escuchen y sopesen todas las perspectivas, un
debate que esté encauzado procedimentalmente mediante criterios
compartidos. Esta confrontación crítica permitiría ver, entre otras
cosas, las debilidades de las que podría adolecer una investigación por
haber dejado demasiado peso a la influencia directa de ciertos valores
no epistémicos. La explicitación de los valores haría posible dilucidar
en qué medida los resultados están condicionados por ellos y si ese
condicionamiento es aceptable o no. Por utilizar la terminología de
Longino, esta explicitación permitiría ver si se han seguido prácticas
científicas virtuosas.
David Hull puso el dedo en la llaga al
señalar que la ciencia “no requiere que los científicos carezcan de
prejuicios, sino solo que diferentes científicos tengan diferentes
prejuicios” (Hull, 1988, p. 22Hull, David (1988). Science as a Process. An Evolutionary Account of the Social and Conceptual Development of Science. The University of Chicago Press.
).
En este debate hemos aprendido también que la objetividad no es tanto
una cuestión individual, como colectiva. Los sesgos y los prejuicios
pueden en principio ser detectados y corregidos con ayuda de esa
pluralidad de voces y valores que deben intervenir en el debate. Así lo
ha hecho, con bastante éxito por cierto, la epistemología feminista en
áreas como la antropología o la historia (Longino, 1990Longino, Helen E. (1990). Science as Social Knowledge. Values and Objectivity in Scientific Inquiry. Princeton University Press.
y 2002Longino, Helen E. (2002). The Fate of Knowledge. Princeton University Press.
). Como dice Naomi Oreskes (2019, p, 145)Oreskes, Naomi (2019). Why Trust Science? Princeton University Press.
,
“lo que importa es que el grupo [de científicos] como un todo incluya
suficiente diversidad y mantenga los canales suficientes de discusión
abierta para que las nuevas evidencias y las nuevas ideas tengan una
oportunidad justa de llegar a una audiencia imparcial”.
Como consecuencia de ello, parece ya bien establecido que la objetividad de la ciencia no contradice la existencia de valores en ella en diversos contextos. La objetividad es en sí misma un valor y puede ser conseguida con ayuda de otros valores. La objetividad en la ciencia existe, pero, excepto en casos simples, no es el resultado de la mera aplicación de métodos capaces de determinar de forma incontestable hechos que solo admiten una interpretación. La falibilidad y el carácter conjetural de la ciencia impregna todos los niveles, desde la obtención de datos y la elaboración de hipótesis hasta su contrastación experimental. Hay, pues, un amplio margen para que surja ese riesgo inductivo del que hablaron Rudner y Hempel y desarrollaron sobre todo las epistemólogas feministas.
Hay, no obstante, un peligro en la discusión contra el que debemos estar alertas y que conviene contrarrestar argumentalmente: la insistencia en que la ciencia no está libre de valores en algunas de sus fases puede debilitar la confianza pública en la ciencia. El caso Lysenko que mencionábamos al comienzo suele ser lo que muchos evocan, con una visión estrecha, cuando se habla de la influencia de los valores en la ciencia. Ahora bien, por preocupante que pueda ser ese peligro, hay algo que debilita la credibilidad en la ciencia mucho más. Dado precisamente el respeto que el gran público tiene por la ciencia y a los científicos, como sigue viéndose en las encuestas, lo que realmente puede socavar la confianza en la ciencia es el aumento de los fraudes y de las prácticas investigadoras cuestionables, o que las instituciones científicas no velen lo suficiente para que esas conductas no ocurran. Tampoco ayuda a mantener la confianza el que se transmita a la opinión pública una imagen irreal de la ciencia que busque alejarla del ciudadano, como si se tratara de un santuario cognitivo en el que el profano, e incluso el no especialista, no es bienvenido.
En todo caso, nada en este debate da pie para irse al extremo más negativo y concluir que la ciencia no es más que el producto de los valores dominantes entre las élites de poder en la comunidad científica o de determinados grupos económicos e ideológicos que la financian. Desafortunadamente, hay bastantes personas, aunque sean una minoría, que tienden a verla así, al menos en áreas particularmente conflictivas. Así, en los Estados Unidos una buena parte de los votantes conservadores consideran que los climatólogos no son objetivos, sino que tratan de imponer una agenda política a la sociedad.
Hay quien piensa que la ciencia nunca ha logrado la objetividad que dice pretender y que los valores políticos, culturales o de género la han lastrado en el pasado y la siguen lastrando en el presente. Los más radicales creen que lo que hemos tenido hasta ahora ha sido una forma intrínsecamente dominadora y opresora de racionalidad. Las pretensiones de verdad y objetividad no serían más que pretensiones de poder disfrazadas. Por fortuna, este discurso no ha conseguido por el momento el poder que él mismo busca. Este discurso es equivalente en la práctica a pensar que solo son ciertos valores, fundamentalmente económicos y políticos, los que determinan el contenido y la marcha de la ciencia. Ni empírica ni teóricamente hay razones sólidas para mantener algo así.
5. Conclusión
⌅Los valores pueden ciertamente introducir sesgos en la ciencia, e incluso, en casos graves, pueden acabar localmente con el desarrollo de una disciplina, como sucedió con la genética en la Unión Soviética, pero son importantes también para la realización de una investigación honesta y responsable, orientada hacia el bien social. Al fin y al cabo, gracias a la carga de valores que la ciencia porta ha conseguido aumentar enormemente el bienestar de la humanidad y ha contribuido a derribar viejos prejuicios. Los valores no son necesariamente enemigos de la objetividad científica, sino que la posibilitan.
Y no debe
descuidarse en este asunto que el camino de los valores es de doble vía.
Los resultados científicos y las nuevas teorías pueden también promover
ciertos valores y ayudar a ponerlos en el lugar de los viejos (Ratti y Russo, 2024Ratti, Emanuele y Russo, Federica (2024). Science and Values: A Two-way Direction. European Journal for Philosophy of Science, 14(6). https://doi.org/10.1007/s13194-024-00567-8
). La ciencia, a través de sus descubrimientos y de
la aceptación de nuevas teorías, es uno de los principales inductores
del cambio de valores en la sociedad. Baste recordar cómo los avances
científicos y tecnológicos en el campo de la reproducción humana y en el
control de la natalidad han cambiado nuestra forma de contemplar las
relaciones sexuales, hasta el punto de haber producido en muchos ámbitos
culturales una auténtica revolución moral.
Agradecimientos
⌅Agradezco a Jesús Zamora Bonilla los enjundiosos comentarios que hizo de mi conferencia en la primera sesión de las XXIX Conferencias Aranguren, así como a los asistentes que formularon preguntas. Estos comentarios y preguntas han sido de gran utilidad para mejorar el texto.
Declaración de conflicto de intereses
⌅El autor de este artículo declara no tener conflictos de intereses financieros, profesionales o personales que pudieran haber influido de manera inapropiada en este trabajo.
Fuentes de financiación
⌅Este trabajo fue financiado por el proyecto de investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación Riesgos existenciales en el Antropoceno: tecnologia y política. REATP (PID2023-149342NB-I00).
Declaración de contribución de autoría
⌅Antonio Diéguez: conceptualización, investigación, metodología, redacción.