1. Introducción
⌅Como feminista, considero que la ciencia puede ser una gran aliada para desmontar los prejuicios que la sociedad tiene sobre las mujeres y sustituirlos por una perspectiva más adecuada. No obstante, en muchas ocasiones la ciencia ha contribuido a perpetuarlos. Por ejemplo, la psicología ha considerado que las mujeres son inferiores a los hombres social, sexual, intelectual, e incluso moralmente. Y con frecuencia se ha acudido a la biología para argumentar a favor de esa inferioridad, de modo que, al ser biológica, esto es innata, no puede hacerse nada por cambiarla. Eso ha tenido el efecto de perpetuar desigualdades de todo tipo situando a las mujeres en posiciones inferiores en las instituciones de la familia, del Gobierno y otras.
Por ejemplo, Kourany (2010)Kourany, Janet A. (2010). Philosophy of Science after Feminism. Oxford University Press.
señala que entre 1968 y 2008 solo en las revistas de JSTOR
1
Biblioteca digital de libros, artículos, etc. académicos: https://www.jstor.org/
se habían realizado 15032 estudios sobre
diferencias sexuales cognitivas humanas. El problema de muchos de estos
trabajos es que se extraen conclusiones sobre diferencias sexuales
cognitivas sin tener en cuenta muchos de los problemas que presentan
estos estudios, como en el diseño, análisis e interpretación de las
neuroimágenes; por otro lado, cuando no hay diferencias sexuales no se
informa de esa ausencia o se asume una base biológica sin que existan
datos biológicos al respecto. Así, Doreen Kimura señala:
Podemos
decir con certeza que: hay diferencias sexuales sustancialmente
estables en las funciones cognitivas como la capacidad de rotación
espacial (favorable a los varones), razonamiento matemático (favorable a
los varones) y memoria verbal (favorable a las mujeres), y en
habilidades motoras que exigen un objetivo preciso (favorable a los
varones) y destreza de los textos (favorable a las mujeres). También
podemos establecer con certeza que la mayoría de estas funciones
diferenciadas sexualmente están influidas fuertemente por entornos
primeros o primitivos tempranos y/o hormonales [vinculados en último
término a factores evolutivos y genéticos (citado en Kourany, 2010, p. 6Kourany, Janet A. (2010). Philosophy of Science after Feminism. Oxford University Press.
).
Y,
como más adelante señala la misma autora citada, no debemos
preocuparnos de las desigualdades existentes en matemáticas o
ingenierías, ya que no podemos hacer nada por cambiar esta situación. El
propio Edward O. Wilson, padre fundador de la sociobiología afirmaba:
“incluso con educación idéntica para hombres y mujeres e igual acceso a
todas las profesiones, es probable que los hombres mantengan
representación desproporcionada en la vida política, los negocios y la
ciencia” (Wilson, 1975, p. 103Wilson, Edward O. (1975): Sociobiology: The New Synthesis. Harvard University Press.
).
Por
supuesto que hay muchas investigaciones y prácticas que refutan tales
ideas: por ejemplo, se ha mostrado que hay más diferencias dentro de un
mismo sexo que entre ambos sexos, pero se insiste en ellas en vez de
otras posibilidades como las diferencias de clase social o del color de
ojos (Fine, 2010/2011Fine, Cordelia (2011). Cuestión de sexos. Roca Editorial. (Original publicado en año 2010).
). E incluso hay autores que se preguntan por qué ese empeño en estudiar las diferencias sexuales cognitivas:
estudiar
las diferencias sexuales en la cognición no es una actividad neutra,
igual que no lo es estudiar las diferencias raciales en cognición. En
tanto en cuanto nuestra sociedad es sexista, racista, o sesgada en
cualquier otro modo, cualquier afirmación para encontrar diferencias de
grupo se considerará, tarde o temprano, como una prueba de la
superioridad del grupo de los más poderosos. (Caplan y Caplan 2005, p. 25Caplan,
Jeremy y Caplan, Paula (2005). The Perseverative Search for Sex
Differences in Mathematics Ability. En Ann M. Gallagher y James C.
Kaufman (Eds.), Gender Differences in Mathematics: An Integrative Psychological Approach (pp. 25-47). Cambridge University Press.
).
Incluso aunque la búsqueda de tales diferencias estuviera motivada por buenas intenciones, como tomar medidas o hacer políticas que palíen esas diferencias/inferioridades, lo cierto es que:
las
afirmaciones de que hay diferencias de inteligencia entre blancos y
negros o entre hombres y mujeres siempre se han utilizado para
justificar una jerarquía social en la que los hombres blancos continúan
ocupando las primeras posiciones (ya sea en economía general o en las
ciencias naturales en particular). En una sociedad en la que el racismo y
el sexismo estuvieron ausentes, la cuestión de si blancos u hombres son
más o menos inteligentes que los negros y las mujeres simplemente no
tendría significado, ni siquiera se preguntaría al respecto (Rose, 2009, p. 788Rose, Steve (2009). Should Scientists Study Race and IQ? No: Science and Society Do Not Benefit. Nature 457(7231), 786-788.
).
Lo
cierto es que muchas disciplinas, en especial las biosociales, se han
utilizado para mantener a las mujeres como grupo subordinado, las
ocultan o, simplemente, invisibilizan las necesidades de las mujeres. Es
bien sabido cómo a lo largo de siglos las investigaciones médicas
ignoraban aquellos aspectos no reproductivos de las mujeres, o su
ausencia en ensayos clínicos (García Dauder y Pérez Sedeño, 2017García Dauder, Dau y Pérez Sedeño, Eulalia 2017. Las “mentiras” científicas sobre las mujeres. Los libros de La Catarata.
).
La
arqueología las ha ignorado hasta bien recientemente, centrándose en lo
supuestamente distintivo de la evolución humana: el fuego, la industria
lítica, la caza, la metalurgia, actividades fuertemente vinculadas a
los varones. Pero fragmentos y materiales de cestería, redes y punzones
de hueso para hacer estas últimas, todo ello asociado a las labores
supuestamente femeninas, reflejan una sofisticación y complejidad
insospechada. Incluso el arte rupestre se ha considerado una actividad
masculina. Pero, como dice Margarita Sánchez Romero (2022)Sánchez Romero, Margarita (2022). Prehistoria de mujeres. Ediciones Destino
,
¿por qué no pensar que las hicieron mujeres? De hecho, según un estudio
realizado por el arqueólogo Dean Snow, en el que analizaba la longitud
de algunos dedos en las huellas de manos que aparecen en ocho cuevas de
Francia y España el 75% de las huellas eran femeninas (Snow et al., 2010).
También
la economía ha ignorado a las mujeres. En la economía neoclásica, el
concepto central es el del mercado, donde agentes racionales y autónomos
interactúan para intercambiar bienes y servicios con dinero. Esos
agentes pueden ser individuos o colectivos, como empresas o gobiernos,
centrándose así en lo público. Debido a eso, espacios privados como la
familia merecen poca atención: el prototipo de los agentes económicos
son las personas individuales de sexo masculino, esto es, las personas
racionales autónomas interesadas que se supone son los hombres por las
normas de la masculinidad, en vez de las personas emocionales dirigidas
por otros que se supone que son las mujeres debido a las normas de la
feminidad. Y, durante mucho tiempo, en los principales indicadores
macroeconómicos no se tuvieron en cuenta tareas fundamentales para el
bienestar social, como los cuidados, la alimentación o la limpieza del
hogar. Pero hoy sabemos (nos lo dice el observatorio social de la
Fundación La Caixa
2
https://elobservatoriosocial.fundacionlacaixa.org/es/-/%C2%BFcu%C3%A1nto-vale-el-trabajo-dom%C3% A9stico-en-espa%C3%B1a- Último acceso, 29 de noviembre de 2024.
) que en España equivale a algo más del 40 % del PIB y su valor en 2020 triplicaba el gasto en tecnología a nivel mundial (Comité de Oxford de Ayuda contra el Hambre [Oxfam Intermon], 2024Comité de Oxford de Ayuda contra el Hambre (2024). No todas las desigualdades son visibles: el verdadero valor del trabajo de cuidados. https://www.oxfam.org/es/no-todas-las-desigualdades-son-visibles-el-verdadero-valor-del-trabajo-de-cuidados
).3
https://www.oxfam.org/es/no-todas-las-desigualdades-son-visibles-el-verdadero-valor-del-trabajo-de-cuida dos. Último acceso, 29 de noviembre de 2024.
La plena incorporación de las mujeres al conocimiento no es
una simple cuestión de gestión eficaz de recursos humanos, ni de
justicia social, sino también de justicia epistémica en los dos sentidos
de Miranda Friker (2007/2010)Friker, Miranda (2010). Injusticia epistémica. El poder y la ética del conocimiento. Herder. (Original publicado en año 2007).
: heurística y testimonial.
4
La
injusticia testimonial es un prejuicio que hace que un agente
cognoscente, en este caso, sea minusvalorado y percibido como
epistémicamente inferior; la heurística se da cuando algunos agentes
están situados en un contexto injusto y de desventaja, tanto para
comprender, como para lograr que otras personas entiendan esa misma
experiencia de desventaja.
Porque hoy sabemos que la
perspectiva de género y la presencia de mujeres beneficia a la propia
ciencia. Las experiencias y las nuevas miradas aportadas por las mujeres
a la investigación producen nuevas hipótesis que han tenido y tienen
gran valor epistémico. Los casos son muchos. Por ejemplo, la
incorporación, casi podríamos decir masiva, de las mujeres a la
primatología supuso una reelaboración de la disciplina: prestaron
atención a otras especies distintas a las entonces estudiadas y a
comportamientos de hembras, crías y machos periféricos; y los observaron
en condiciones de libertad, etc. (Haraway, 1989Haraway, Donna (1989). Primate Visions. Gender, Race, and Nature in the World of Modern Science. Routledge.
; García Dauder y Pérez Sedeño, 2017García Dauder, Dau y Pérez Sedeño, Eulalia 2017. Las “mentiras” científicas sobre las mujeres. Los libros de La Catarata.
).
Eso permitió cuestionar y reevaluar la actuación y el papel de las hembras y darle la vuelta al estereotipo de la hembra pasiva y dependiente. Así, por ejemplo, durante los 8 años que las hembras de orangután conviven con las crías, les enseñan las distancias que hay que recorrer, los lugares de los frutos, las épocas de maduración, etc. En otras especies de primates examinaron la importancia de los vínculos establecidos a través de las redes matrilineales, la asertividad sexual, las estrategias sociales, las habilidades cognitivas y la competitividad de las hembras por el éxito reproductivo. En la especie de mandriles, resultó que eran las viejas hembras quienes determinaban la ruta diaria para el forrajeo, así como las que proporcionan estabilidad social, mientras que los machos van de grupo en grupo. Las primatólogas también crearon protocolos de observación precisos y refinados, realizaron estudios a largo plazo (a menudo, vidas enteras) y adquirieron fuertes compromisos con la conservación de especies y medioambientes, lo que en algunos casos llevó a su asesinato, como sucedió con Diane Fossey. En otro orden de cosas, el activo papel que desempeñaron autoridades académicas como Mary y Louis Leaky contratando mujeres para realizar esas observaciones en condiciones naturales, puede servir de prueba de la importancia de las medidas de acción compensatoria o de acción afirmativa, no solo a nivel sociológico sino también epistémico.
También
la sociología ha sido objeto de escrutinio y cambio. Por ejemplo,
durante mucho tiempo, no se tuvieron en cuenta el “lenguaje y las
experiencias reales” de las propias mujeres (Dorothy Smith, 1987Smith, Dorothy (1987). Women’s Perspectives as a Radical Critique of Sociology. En Sandra Harding (Ed.), Feminism and Methodology (pp. 84-96) Indiana University Press.
),
con lo que se ha hurtado un acceso a verdades del mundo social más
completo que si se tiene en cuenta solo las de los varones. A partir de
sus experiencias, se hacían generalizaciones, enunciados universales,
sin tener en cuenta las de las mujeres, despreciando diferencias de
género potencialmente significativas; dicho de otro modo, las ciencias
sociales constituían una expresión de las experiencias masculinas que se
presentaban como las experiencias de toda la especie humana. Es una
clara de violación de uno de los principios fundamentales del ethos mertoniano, el universalismo, del que hablaré más adelante.
Desde el feminismo se han hecho muchas actuaciones para cambiar esas situaciones, considerando, como dije al principio, que la ciencia debiera y puede ser una gran aliada en la lucha por la igualdad de las mujeres (y otros grupos desfavorecidos), dado que lucha contra la ignorancia, los prejuicios y la mala información sobre las mujeres. Sin embargo, sigue existiendo el ideal de una ciencia libre de valores no estrictamente epistémicos, es decir, que los científicos deben evaluar su investigación bastándose en criterios puramente científicos, esto es epistémicos, y lo mismo debiera ser en el caso de quienes hacen y toman decisiones políticas.
2. ¿Una ciencia libre de valores no cognitivos?
⌅El
ideal de una ciencia libre de valores ha prevalecido en la filosofía de
la ciencia (y en los científicos) gran parte del siglo XX. En la base
de este ideal se encuentra la distinción entre valores cognitivos,
constitutivos o epistémicos y valores contextuales, no constitutivos o
externos. Los valores cognitivos son aquellos que intervienen en el
denominado contexto de justificación,
5
La
distinción entre contexto de descubrimiento y contexto de justificación
fue propuesta por Hans Reichenbach en su obra Experience and Prediction
(1938),
al intentar distinguir entre epistemología y psicología y ha sido
cuestionada por muchos filósofos como Hanson y las epistemólogas
feministas. Entre muchos autores y autoras, Longino (1990, 2001) ha cuestionado esta distinción basándose en las tesis de la infradeterminación y la carga teórica de la observación (Hanson, 1958):
dado que los mismos datos pueden servir de evidencia a diferentes
hipótesis, no podemos afirmar que la evidencia empírica es determinante
para la elección de teorías si no es por referencia a los “supuestos de
trasfondo”, de los que hablaremos más adelante.
es decir, a la hora de validar y justificar nuestras hipótesis o teorías y serían, por ejemplo, siguiendo a Kuhn (1962Kuhn, Thomas S. (1962). The Structure of Scientific Revolutions. Chicago University Press.
, 1977)Kuhn, Thomas S. (1977). Objectivity, values and theory choice. The Essential tension. Chicago University Press.
,
adecuación empírica, precisión, coherencia interna y externa,
simplicidad, amplitud o generalización de alcance o fecundidad. Estos
serían los que están en la base de las normas o reglas metodológicas que
determinan qué constituye una práctica científica aceptable, o buena
ciencia. Los valores contextuales serían aquellos que intervienen en el
contexto de descubrimiento, es decir, en el proceso de idear hipótesis e
incluso en la difusión del conocimiento obtenido, y pertenecerían al
ámbito cultural y social en que se desarrolla la actividad científica.
Factores de este tipo serían políticos, económicos, religiosos, sociales
o, por supuesto, de género. Por ejemplo, si elegimos una hipótesis o
teoría por la raza o el sexo de su proponente, entonces diríamos que
estos valores contextuales influyen en la elección de la hipótesis o
teoría. Puede parecer extraño que estos valores sean pertinentes, pero
pueden serlo perfectamente. Por ejemplo, cuando la institución a la que
pertenece el proponente de la teoría o hipótesis influye decisivamente
en su aceptación. De hecho, todos los científicos tienen, y se ven
influidos por, valores no epistémicos como la lealtad a los colegas, o
la aceptación y confianza en el buen hacer de los compañeros, entre
otros. Pero la tesis de la ausencia de valores es más fuerte: afirma
que, si los valores contextuales están presentes en los procesos de
evaluación y aceptación, los científicos están haciendo «mala ciencia»;
por tanto, los valores contextuales son perniciosos para la ciencia.
Aunque,
como señalo, esta ha sido la idea predominante en filosofía de la
ciencia de la mitad del siglo XX, unida a la tesis defendida por
Vannevar Bush, de que la ciencia debe ser autónoma y la
política/sociedad nada tiene que ver con ella,
6
Tengo
la sospecha de que ese apoliticismo fue una de las causas de la
aceptación de este tipo de filosofía de la ciencia en España durante
finales de los años sesenta y los setenta.
no toda la
filosofía de la ciencia de ese periodo coincidía con ese ideal. A pesar
de la tajante distinción que se hacía desde el positivismo lógico entre
hechos y valores y, por tanto, entre juicios de hecho (empíricamente
contrastables) y juicios de valor (no contrastables) el Círculo de Viena
no fue ajeno a las preocupaciones sociales. Carnap decía que “toda
acción deliberada presupone conocimiento del mundo y [que] el método
científico es el mejor método de adquirir conocimiento y [que] por ello,
hay que considerar que la ciencia es uno de los instrumentos más
valiosos para mejorar nuestras vidas” (Citado en Douglas, 2009, p. 47Douglas, Heather E. (2009). Science, Policy, and the Value-Free Ideal. University of Pittsburgh Press.
). Y Otto Neurath pretendía “crear una ciencia unificada que pueda servir exitosamente para cambiar el mundo” (ibidem)7
Para una explicación de la relación/inserción de la política y la ciencia en Neurath, véase Gómez (2011).
y tanto él como Philip Frank
consideraban que la ciencia, la sociedad y los valores no eran dominios
separados y se interesaban por las relaciones entre ellos. De manera más
radical, el pragmatista John Dewey (1939/2008)Dewey, John (2008). Teoría de la Valoración. Siruela. (Original publicado en año 1939).
se oponía a la distinción tajante entre hechos y valores, pues los
juicios de valor pueden contrastarse experimentalmente, ya que “las
valoraciones son pautas de comportamiento empíricamente observables, y
pueden ser estudiadas como tales” (p. 124Dewey, John (2008). Teoría de la Valoración. Siruela. (Original publicado en año 1939).
). Para él, la ciencia era una empresa cargada de valores.
Algunos
autores han considerado que la obra de Robert K. Merton apoya la
importancia de los valores no cognitivos, dado que consideraba que el ethos de la ciencia tiene que estar en sincronía con el contexto social. Es más, (en 1942/1973, p. 263Merton, Robert K. (1973). Science and Technology in a Democratic Order. Journal of Legal and Political Sociology 1, 115-26. Reimpreso como The Normative Structure of Science en The Sociology of Science: Theoretical and Empirical Investigations (pp. 267-278). University of Chicago Press. (Original publicado en año 1943)
)
señala que los científicos tienen que responsabilizarse de las
consecuencias sociales de su trabajo. Sin embargo, recordemos que, según
Merton, el ethos científico es el conjunto de valores y normas que debe proseguir el buen científico (Merton, 1942/1973Merton, Robert K. (1973). Science and Technology in a Democratic Order. Journal of Legal and Political Sociology 1, 115-26. Reimpreso como The Normative Structure of Science en The Sociology of Science: Theoretical and Empirical Investigations (pp. 267-278). University of Chicago Press. (Original publicado en año 1943)
) y que son: comunitarismo, universalismo, desinterés y escepticismo organizado.
El comunismo o comunitarismo significa que el conocimiento es compartido por toda la comunidad; dicho de otro modo, esta norma exige que los frutos de las ciencias sean considerados como conocimiento público. Y eso se aplica a todas las prácticas relacionadas con la comunicación de los resultados de la investigación a otros científicos y estudiantes. La norma del universalismo exige que las contribuciones a la ciencia no se rechacen por razón de raza, sexo, nacionalidad, religión, estatus social u otro criterio que se considere irrelevante, es decir, valores no cognitivos que atentarían contra la supuesta neutralidad, pero también contra la autonomía, que significa que la ciencia progresa mejor cuando no está influida por valores contextuales, por ejemplo, los de movimientos sociales o políticos. Y contra la imparcialidad, que supone que la única base para aceptar una teoría son sus relaciones con la evidencia y no valores no cognitivos o contextuales. Como vemos, está manifestando explícitamente su adhesión al ideal de una ciencia libre de valores contextuales. Esta norma de la universalidad, la más importante según Merton, halla una expresión adicional en la exigencia de que la ciencia permanezca abierta al talento. Poner obstáculos al desarrollo de un científico por otras razones que no sean la falta de talento es perjudicial para el avance del conocimiento científico. El libre acceso a la investigación científica es una obligación de la sociedad. Sin embargo, conocemos muchas ideas y teorías desechadas, ignoradas o no reconocidas por haber sido formuladas por mujeres.
La idea de que la ciencia debe ser desinteresada y humilde significa que al científico no le deben guiar otros intereses que el de la búsqueda de la verdad, sin que le importe su situación o su prestigio. Por último, el escepticismo organizado es un mandato metodológico institucional que afirma que el científico debe ser crítico de su trabajo y del de los demás para conservar la credibilidad de la ciencia.
Ante este ideal de una ciencia libre de valores no cognitivos, en las últimas décadas han surgido numerosas voces, en especial desde las epistemologías y filosofía de la ciencia feministas, que cuestionan ese ideal, mostrando cómo los valores no cognitivos (es decir, éticos, sociales, políticos, etc.) están incorporados no solo en el contexto de descubrimiento, sino también en el de justificación.
Lo que ha venido a mostrar la filosofía feminista de la ciencia es que los valores contextuales no solo se presentan en aquellos casos de mala ciencia, sino también en casos de buena ciencia o ciencia al uso o autorizada, como se suele decir. Se puede ilustrar con un ejemplo, que espero no sea muy largo y tedioso 8 Sigo aquí el ejemplo expuesto por Alison Wylie and Lynn Hankinson Nelson 2007. . Un caso en el que las perspectivas explícitamente feministas mostraron que había una serie de valores contextuales que conformaban y organizaban la investigación y las explicaciones que se daban en los libros de texto sobre la diferenciación sexual durante el desarrollo embrionario.
Según el relato típico, el sexo genético se
determina en el momento de la concepción: los óvulos fecundados por
espermatozoides portadores del cromosoma X se convierten en hembras y
los fecundados por espermatozoides portadores del cromosoma Y se
convierten en machos. Según este modelo, el cromosoma Y promueve la
síntesis de un antígeno en los embriones XY que hace que la gónada,
hasta entonces indistinta, se convierta en un testículo embrionario, que
sintetiza hormonas, en concreto la testosterona. Y esa testosterona
promueve el crecimiento y desarrollo del sistema de conductos
masculinos, mientras que una sustancia que también segrega hace que el
sistema de conductos femenino tenga “regresión” o “degeneración”. John Money (1970)Money, J. (1970). Love and Lovesickness. Johns Hopkins University Press.
había denominado a la investigación del desarrollo fetal “el principio
de Adán”, según el cual hay que añadir algo a un embrión para
convertirlo en varón. Es decir, para completar el feto masculino se
necesitaba algo, sin ese algo no estaba completo. Esta afirmación no
difiere mucho de la vieja idea aristotélica de que la deficiencia o
carencia del primer principio (en su caso el calor) hace que el embrión
se convierta en hembra y que la mujer sea un hombre mal engendrado.
Esta explicación, o relato como diría Donna Haraway, de la diferenciación sexual humana era coherente con un amplio cuerpo de investigación en biología, endocrinología reproductiva y neurológica, y psicología. Mostraba o exhibía una serie de valores cognitivos tales como la coherencia externa, la amplitud o generalización de alcance, dado que las distintas etapas del desarrollo de la diferenciación sexual humana tenían paralelos en otras especies de mamíferos, y estaba avalado por una amplia gama de datos observacionales y experimentales precisos. Además, la hipótesis exhibía la simplicidad de que la presencia o ausencia del cromosoma Y (y las hormonas que sintetizan los embriones XY) determina la trayectoria y los detalles de la diferenciación y del desarrollo sexuales: cuando están presentes, se desarrolla el macho; si ausentes, la hembra. Los supuestos androcéntricos parecen haber variado poco desde Aristóteles.
Sin embargo, a principios de los años 80 del siglo pasado las biólogas feministas comenzaron a plantear una serie de problemas con respecto a este modelo. Por ejemplo, las consecuencias que los valores epistémicos atribuidos a ese modelo tenían para otros valores epistémicos. En efecto, los defensores del modelo estándar habían atribuido valor a su simplicidad y a la generalidad de su alcance, dado que se aplicaba a otras especies de mamíferos. Pero esa generalidad de alcance tenía un fallo: no explicaba el desarrollo fetal femenino, ni el papel de las hormonas, de los órganos codificados como femeninos, ni del cromosoma X. Por lo tanto, fallaba en otros valores epistémicos, a saber, la capacidad explicativa y la adecuación empírica.
Dicho brevemente, las biólogas feministas mostraban que el modelo de desarrollo embrionario que se presentaba en los libros de texto no era adecuado empíricamente, al ignorar el papel de las hormonas “femeninas” y del entorno materno. Además, carecía en parte de poder explicativo y de la generalidad del alcance, dado que no explicaba la diferenciación sexual femenina o, como mínimo, no investigaban el posible papel de las entidades codificadas como «femeninas» en el desarrollo del feto hembra: no se pueden extraer conclusiones de la investigación que aparentemente establece los efectos de los andrógenos prenatales hasta que se realice una investigación similar sobre los efectos organizadores de los estrógenos prenatales.
Según el modelo tradicional, se supone que
las relaciones causales entre las hormonas y los estadios de desarrollo
son lineales o unidireccionales (Longino, 1990Longino, Helen (1990). Science as Social Knowledge: Values and Objectivity in Scientific Inquiry. Princeton University Press.
). Varias biólogas feministas (Bleier 1984Bleier, Ruth (1984). Science and gender: A critique of biology and its theories on women. Pergamon Press.
; Fausto-Sterling, 1989Fausto-Sterling, Anne (1989). Life in the XY corral. Women’s Studies International Forum, 12(3), 319-31.
, 2000/2006Fausto-Sterling, Anne (2006). Cuerpos sexuados, Ed. Melusina. (Original publicado en año 2000).
y Hubbard, 1990Hubbard, Ruth (1990). The Politics of Women’s Biology. Rutgers University Press.
)
criticaron este modelo unidireccional de diferenciación sexual
masculina, mostrando resultados experimentales que indicaban
interacciones complejas y a menudo no lineales entre células y entre las
células y el entorno interno y externo materno durante cada etapa del
desarrollo fetal
Este modelo abrazaba el supuesto del dimorfismo
sexual muy arraigado en las ciencias biológicas y también en la gente
común. La simplicidad del modelo deja de lado factores y procesos más
complejos y también relevantes. Como señalan diversas autoras, “desde el
punto de vista biológico hay muchas gradaciones que van de la hembra al
macho y según como se mire se puede argumentar que a lo largo de ese
espectro hay, al menos, 5 sexos y quizá alguno más: XX coincidente con
gónadas, genitales y hormonas “femeninas”
9
Sobre
cómo las hormonas, fórmulas químicas supuestamente neutras, “se
convirtieron en actores principales en la moderna política del género”,
véase Fausto- Sterling, 2000/2006, pp. 179-234.
;
XY coincidente con gónadas, genitales y hormonas “masculinas”; y los
denominados intersexuales gonadales: aquellos que tienen tejido ovárico y
testicular; quienes posees cromosomas XX y algunos genitales masculinos
(mermes) y los que tienen cromosomas XY y algunos genitales femeninos (Fausto-Sterling, 1993Fausto-Sterling, Anne (1993). The Five Sexes. Why Male and Female Are not Enough. The Sciences, 33(2). https://doi.org/10.1002/j.2326-1951.1993.tb03081.x
, 2000/2006Fausto-Sterling, Anne (2006). Cuerpos sexuados, Ed. Melusina. (Original publicado en año 2000).
y Bleier, 1984Bleier, Ruth (1984). Science and gender: A critique of biology and its theories on women. Pergamon Press.
).
De hecho, a nivel exclusivamente cromosómico existen otras posibles
combinaciones además de XX y XY: X, Y, XXY, XXX, XXXX… Así pues, ese
dimorfismo sexual oculta complejidades y procesos que se podrían
visibilizar si dispusiéramos de una clasificación diferente y no
estigmatizadora ni patologizante: algunos individuos se clasifican como
intersexuales y se estudian como anomalías o anormalidades en lugar de
ser reconocidos como sexos distintos, dignos de investigación por
derecho propio.
Estos y otros muchos ejemplos podrían hacernos pensar que el feminismo ha venido a convertirse en el garante de la buena ciencia. Pero hay más. Porque este caso demuestra que los valores contextuales pueden ser un factor importante a la hora de interpretar y priorizar los valores epistémicos. En el caso de la diferenciación sexual uno de los valores contextuales era el androcentrismo, presente en muchas investigaciones, sobre todo en las disciplinas biosociales que se utilizan para mantener en posición subordinada a las mujeres. Y su efecto no se tuvo presente hasta la aparición de los estudios feministas o de género.
Un ejemplo de este androcentrismo se da en el énfasis en el desarrollo masculino y la falta de interés por los mecanismos del desarrollo femenino; en la asociación de los varones y lo relacionado con ellos, como el cromosoma Y, la testosterona, con la actividad; y en asociar las hembras y sus entidades relacionadas con la pasividad; lo mismo puede decirse cuando se asocia a los machos con la presencia y a las hembras con la carencia o ausencia.
Como Fausto-Sterling (1987)Fausto-Sterling, Anne (1987). Society Writes Biology / Biology Constructs Gender. Daedalus, 116(4), 61-76. https://www.jstor.org/stable/20025124
ha señalado, este androcentrismo también se evidencia en los nombres de las hormonas: ‘andrógeno’ procede del griego andros y del latín generare, esto es, “hacer o generar macho/hombre”; mientras que ‘estrógeno’ procede del latín oestrus qué significa tábano, frenesí o locura (recordemos que, en español, el
estro es el periodo de celo, de excitación, en los mamíferos). Siguiendo
la línea marcada para nombrar la hormona masculina lo correcto sería
denominar a esa hormona ‘ginógeno’. Y aunque pueda parecer una mera
casualidad o una curiosidad lingüística indica algo más: la falta de
papel causal de las hormonas codificadas como femeninas, amén de otros
sesgos de género fácilmente identificables.
Los valores contextuales aportados por las científicas feministas -el principal de los cuales es hacer visible el género y que este no desaparezca- influyeron a la hora de evaluar los valores epistémicos característicos de la explicación estándar que aparecía en los libros de texto. Y esos valores no solo contribuyen a la crítica, sino que mejoran y refuerzan los valores epistémicos y ayudan a construir una investigación sobre el desarrollo fetal humano de gran compromiso feminista.
3. Dos “nuevas” concepciones de objetividad
⌅Todo esto muestra, junto con los innumerables análisis realizados desde el feminismo (aunque no solo), que la ciencia, como cualquier otra actividad desarrollada por los seres humanos, no se puede entender fuera de su contexto sociocultural. Sin embargo, el ideal de una ciencia libre de valores contextuales insiste en que, si se permite su intrusión, obtendremos mala ciencia, una ciencia no objetiva. Por eso, una de las cuestiones más importantes para la filosofía feminista de la ciencia es cómo logar una objetividad que incorpore estos valores, pero que no nos aboque a un relativismo que no interesa al feminismo: el todo vale, podría favorecer teorías sexistas, racistas, etc.
Aunque hay diferentes posturas al respecto, las filósofas feministas de la ciencia comparten tres cuestiones fundamentales: el carácter situado del conocimiento y la práctica tecnocientífica, en contra del ideal de una ciencia (y tecnología) neutrales respecto a condicionantes “externos”; es decir, que el conocimiento situado es aquel que refleja las perspectivas particulares del sujeto y que la actividad de conocer se lleva a cabo en un tiempo y en un lugar concretos, situados en una cierta relación o relaciones con lo que se conoce y con otros sujetos cognoscentes, que no es siempre la misma, por lo que se puede entender el mismo objeto de diferentes maneras. También comparten la relevancia del sujeto cognoscente que es un sujeto situado (bien individual, bien colectivo) frente a ese sujeto incondicionado tradicional, individual, abstracto, genérico y autosuficiente; y, por último, convergen en las implicaciones políticas de la ciencia. Las dos autoras de las que me ocuparé a continuación comparten estas tres cuestiones, pero difieren en otras, como veremos, en especial sobre el concepto de objetividad que proponen.
Según
Helen Longino y su empirismo contextual, la ciencia es un proceso y una
actividad de comunidades científicas insertas en contextos
sociohistóricos concretos en cuyo seno encontramos, además de la
situacionalidad del sujeto cognoscente, valores personales, sociales y
culturales, preferencias de grupo o individuales, de tipo cultural,
social, etc. que inciden o pueden incidir en diversos modos y grados
sobre la práctica científica (Helen Longino, 1990Longino, Helen (1990). Science as Social Knowledge: Values and Objectivity in Scientific Inquiry. Princeton University Press.
; Haraway, 1989Haraway, Donna (1989). Primate Visions. Gender, Race, and Nature in the World of Modern Science. Routledge.
).
Se trata de evitar que la ciencia esté dominada por opiniones
particulares subjetivas y mostrar que genera conocimiento válido. Para
ello, además del recurso a la experiencia, es fundamental la crítica.
Como señala Helen Longino (1990)Longino, Helen (1990). Science as Social Knowledge: Values and Objectivity in Scientific Inquiry. Princeton University Press.
,
la investigación científica es un trabajo comunitario en el que los
modelos y las teorías se adoptan/legitiman a través de procesos
críticos. En estos procesos hay una interacción dinámica entre datos
observacionales y experimentales y supuestos de fondo o trasfondo (Longino, 1990, p. 13Longino, Helen (1990). Science as Social Knowledge: Values and Objectivity in Scientific Inquiry. Princeton University Press.
).
Estos últimos son creencias que tienen los científicos en sus
investigaciones y que sirven para relacionar las hipótesis y la
evidencia y que pueden ser epistémicos o contextuales. ¿Cómo se logra
entonces la objetividad, aceptando la presencia de valores contextuales?
La
idea de una ciencia imparcial, autónoma y libre de valores ha sido
criticada por la filosofía de la ciencia, y ya hemos visto cómo los
valores sociales y políticos pueden influir en ella: en los temas y
objetivos de la investigación, en la elaboración de hipótesis o
descubrimientos, en la interpretación de los resultados, en la
evaluación de contenidos y en la conformación de valores epistémicos (García Dauder y Pérez Sedeño, 2017García Dauder, Dau y Pérez Sedeño, Eulalia 2017. Las “mentiras” científicas sobre las mujeres. Los libros de La Catarata.
).
Las filósofas feministas de la ciencia sostienen, por ejemplo, que los
científicos proponen o apoyan teorías sexistas y androcéntricas porque
están influidos por los valores sexistas de la sociedad a la que
pertenecen. La empresa científica se realiza siempre en un contexto
cultural concreto, por lo que los científicos siempre e inevitablemente
incorporarán valores de su propia cultura en la práctica científica,
consciente o inconscientemente. Eso es inevitable pero no necesariamente
pernicioso, porque unos valores pueden mostrar cómo manejar el sesgo
potencial que pueden introducir otros valores, de forma que logremos
obtener un conocimiento mejor y más fiable.
Cabe preguntarse, por tanto, si las prácticas sociales de la ciencia pueden organizarse de forma que las diferentes creencias de trasfondo de los investigadores constituyan un recurso en lugar de un obstáculo para el éxito científico. De hecho, y de cara al futuro, cualquier mayor diversidad de valores que intervenga nos permitirá conocer mejor dónde se produce su intersección. Por otra parte, los valores contextuales no tienen por qué ser subjetivos, entendiendo por tales los no razonados o no justificados: si esos valores pueden adoptarse comunitariamente, basándose en principios generales, discutidos y justificados, pueden ser tan objetivos como los valores epistémicos o cognitivos; es decir, son intersubjetivos. Por eso la idea de objetividad que propone Helen Longino es justamente la de “intersubjetividad.”
Longino sostiene que la única forma de desarrollar una ciencia honesta es hacerlo de acuerdo con los valores propios de nuestra comunidad científica, lo cual implica que estos valores tienen un papel tanto a la hora de observar como a la hora de interpretar y ordenar los datos dentro de una teoría. Pero los y las científicas, también pertenecen a otras comunidades, religiosas, ideológicas, etc. que tendrán unos valores que también pueden intervenir a la hora de decidir qué datos tener en cuenta e incluso qué hipótesis proponer. Como vimos en el ejemplo de la diferenciación sexual embrionaria, la creencia androcéntrica era de suma importancia para centrarse solo en el cromosoma Y y lo relacionado con él, como la testosterona. Las biólogas de la diferenciación sexual en el desarrollo embrionario incorporaron sus valores políticos para darse cuenta de la invisibilización de “lo femenino” como se reivindicaba/mostraba desde el feminismo en otras áreas. Así pues, los supuestos de trasfondo y sus valores quedan incluidos en sus prácticas. 10 En Pérez Sedeño (2022) presento tres casos en los que los supuestos/creencias feministas contribuyeron y están contribuyendo a reformular prácticas y teorías.
Un problema adicional del ideal de una ciencia libre de
valores es que, al eliminar la idea de que la investigación depende de
una serie de supuestos de trasfondo que varían según los casos, puede
desalentar la investigación de marcos alternativos: si la ciencia se
basa única y exclusivamente en los datos obtenidos del mundo exterior,
se asume que las repuestas aportadas son las únicas posibles. Y en un
ejercicio de normatividad, Helen Longino determina una serie de reglas
que debe satisfacer esa nueva objetividad: la crítica de las pruebas, de
los métodos y de los supuestos y razonamientos debe realizarse en vías
reconocidas por la comunidad; debe haber normas compartidas por quienes
realizan las críticas; la comunidad en su conjunto debe ser receptiva a
tales críticas; y debe haber igual autoridad cognitiva e intelectual
entre los miembros de la comunidad (Longino 1990, p. 76Longino, Helen (1990). Science as Social Knowledge: Values and Objectivity in Scientific Inquiry. Princeton University Press.
), algo que, como bien sabemos por los efectos Mateo y Matilda,
11
El efecto Mateo, identificado por Robert Merton (1968) consiste en atribuir el mérito al científico de más prestigio en casos
de colaboración o de descubrimientos simultáneos. Se denomina así por la
frase que aparece en el Evangelio según Mateo (13, 12-17) donde dice:
“y al que más tiene se le dará aún más”. Margaret Rossiter (1993) percibió que lo que les sucedía a las mujeres era
lo que decía a continuación: “Y a quien no tiene, se le quitará incluso
lo poco que tiene”. Véase también García Dauder y Pérez Sedeño, 2017, pp. 69-78.
no es el caso.
La otra propuesta de una nueva noción de objetividad viene de la mano de Sandra Harding (2015)Harding, Sandra (2015). Objectivity and Diversity: Another Logic of Scientific Research. The Chicago University Press.
y su teoría feminista del punto de vista. Además de la tesis del
conocimiento situado, esta autora añade otra fundamental: la del
privilegio epistémico. Según esta tesis, quiénes somos tiene una
importancia central para el conocimiento, porque nuestro lugar en la
sociedad, ya sea en cuanto a género, raza u otros, delimita y da forma a
las experiencias que tenemos en mayor o menor medida. Por eso hay que
dar cuenta de las condiciones materiales e históricas de las personas
que producen conocimiento. Se entiende que nuestro conocimiento está
limitado y definido por nuestra posición social, de modo que los grupos
oprimidos tienen el potencial de interpretar los fenómenos desde puntos
de vista únicos que los grupos dominantes no tienen. Mientras que los
miembros de grupos en posiciones dominantes solo han vivido experiencias
moldeadas por su posición dominante, los miembros de grupos en
posiciones subalternas se ven obligados a entender la perspectiva
hegemónica a la vez que desarrollan su propio punto de vista en el seno
de su comunidad. Es decir, es su posición de insider-outsider la
que les da más facilidad para ver los fallos epistémicos de determinadas
prácticas, ya que pueden haber tenido experiencias relacionadas con su
condición de outsider que desafíen las prácticas que conoce por su condición de insider.
Un ejemplo de esto podría ser un grupo organizado de personas
intersexuales, donde al escuchar vivencias de las compañeras son capaces
de identificar prácticas, patrones y mecanismos que son imposibles de
imaginar por una misma. Lo mismo se puede decir de las mujeres: su
posición subordinada las ha mantenido al margen, pero las hace
epistémicamente privilegiadas.
El problema estriba en decidir quién tiene privilegio epistémico. En una cuestión científica relacionada con el sexo, un grupo podría tener un privilegio epistémico para el análisis de los sesgos, si cuenta con individuos del grupo oprimido (mujeres, intersexuales). En sus experiencias pudo influir no solo que fuese mujer, sino también blanca y española, pues seguramente sus experiencias como mujer serán distintas a las de una mujer gitana española (o de otro país). ¿Es un grupo privilegiado epistémicamente si cuenta solo con mujeres blancas españolas o necesita incorporar a mujeres gitanas y de otras nacionalidades? La respuesta de Harding es que la segunda comunidad podría tener más ventaja epistémica, por ser más diversa. Aun así, eso solo no basta, pues para que una comunidad goce de privilegio epistémico tiene que haber alcanzado un punto de vista crítico.
La comunidad científica consigue conciencia crítica gracias a la contribución de cada uno de sus componentes, pero eso no significa que el punto de vista crítico sea adquirido por los individuos, sino por las comunidades: intercambiar y compartir experiencias permite que los integrantes del grupo adquieran herramientas para interpretar la realidad de una manera completa, que no se alcanza solamente con experiencias propias. En esto veo bastante coincidencia con la intersubjetividad de Longino.
El desarrollo de una consciencia crítica de la posición social propia permite ver cómo las relaciones de poder moldean las prácticas relacionadas con la producción de conocimiento. Por eso, la diversidad de posiciones sociales es clave, y así las prácticas identificadas como sexistas (racistas, clasistas, etc.) pueden ser criticadas, modificadas o eliminadas.
Lo ocurrido en el área de la diferenciación sexual
durante el desarrollo embrionario es un buen caso de estudio del que se
puede dar cuenta desde la teoría feminista del punto de vista propuesta
por Harding. Como vimos, dentro de la misma disciplina se alzaron voces
que criticaban los marcos conceptuales, los datos observacionales y
experimentales…Y el hecho de que la mayoría de las críticas viniesen de
mujeres concuerda perfectamente con la tesis del privilegio epistémico:
al ser el grupo social oprimido históricamente por el patriarcado, su
condición de insider-outsider les permitía observar con más
facilidad los sesgos androcéntricos presentes. Además, parece
satisfacerse la condición de posibilidad relacionada con adoptar un
punto de vista crítico, pues a partir de los 60 empieza una ola
feminista con todas las implicaciones sociopolíticas derivadas, que tuvo
impacto en la comunidad científica de la época y, por tanto, en la
ciencia (Pérez Sedeño, 2022Pérez Sedeño, Eulalia (2022). ¿Puede una feminista ser (buena) investigadora? ¿Puede una (buena) investigadora ser feminista? Athenea Digital. Revista de Pensamiento e investigación Social, 22(3), e3248. https://doi.org/10.5565/rev/athenea.3248
). A partir de estos análisis Harding propone una nueva noción de objetividad que denomina “objetividad fuerte”.
Los aspectos clave para lograr procesos de investigación más objetivos son la reflexividad y la inclusión democrática: La reflexividad exige que investigadores/as y objetos de conocimiento se sitúen en el mismo plano causal, deben ser analizados con los mismos estándares y unos y otros tienen que explicitar su situacionalidad y cómo conforman su investigación. La reflexividad afirma la parcialidad de las representaciones, pero eso no significa que no puedan ser verdaderas. Para mejorar la reflexividad es importante incluir grupos marginalizados, pues debido al privilegio epistémico es más probable que se den cuenta de aspectos de las representaciones aceptadas que reflejan las perspectivas del grupo dominante:
La
necesidad de una objetividad fuerte surge cuando las comunidades de
investigación existentes son demasiado homogéneas y están demasiado
aisladas de las tendencias sociales prodemocráticas. Esa investigación
que parte de fuera de tales comunidades homogéneas puede estar dirigida
por compromisos sociales y políticos progresistas y, debido a las
limitaciones de las comunidades científicas existentes, puede maximizar
la objetividad de forma más eficaz que las comunidades existentes,
supuestamente libres de valores (Harding, 2015, p. 23Harding, Sandra (2015). Objectivity and Diversity: Another Logic of Scientific Research. The Chicago University Press.
).
Para
alcanzar esta objetividad fuerte las comunidades han de estar abiertas a
procesos de asesoramiento democrático que no solo analicen factores
epistémicos sino también elementos éticos y políticos. Como he señalado
en otro lugar (Pérez Sedeño, 2019Pérez
Sedeño, Eulalia (2019). Feminist epistemologies and objectivity: moving
towards a feminist science. En Eulalia Pérez Sedeño, Lola S. Almendros
(S.), García Dauder y Esther Ortega Arjonilla (Eds.), Knowledges, Practices and Activism from Feminist Epistemologies. Vernon Press
)
cuando comenzaron las investigaciones sobre VIH/SIDA en los años
ochenta, se centraron en los varones y se ignoró a las mujeres (excepto
en casos de drogadicción o prostitución). Pero cuando una década después
aumentó el número de mujeres infectadas, se empezaron a tener en cuenta
otras variables “no estrictamente científicas” que intervienen en el
contagio y en la vivencia de la enfermedad, como la falta de derechos
humanos, la pobreza o el racismo.
Pero, además, tienen que lograr una distancia crítica que se puede obtener desde fuera, mediante comunidades alternativas o creando diversidad dentro de la comunidad ya existente. Porque para Harding incluir perspectivas de científicos de comunidades alternativas a la dominante, incluso del público lego, puede ser positivo para la ciencia y para la sociedad. En el caso de las mujeres, es obvio que tienen mucho que decir sobre sus cuerpos, las relaciones e interacciones que experimentan/padecen en el ámbito laboral, o quienes cuidan sobre las necesidades de aquellas personas a quienes cuidan.
Como vemos, tanto el enfoque empirista contextual de Helen Longino, como el del punto de vista feminista de Sandra Harding coinciden en la importancia de los valores contextuales en el conocimiento científico y, por tanto, rechazan el ideal de una ciencia libre de valores. Pero difieren en el rol que asignan a los valores contextuales. Para el empirismo contextual los valores propios de cada científico hacen que sea capaz de ver cómo los valores de los demás influyen en la investigación; mientras que para la teoría feminista del punto de vista esos valores se comprometen directamente con algunos valores éticos y políticos mejores.
4. Un “nuevo” conjunto de valores para la ciencia
⌅En
1999 expuse y me comprometí con las virtudes feministas que Longino
propuso como alternativa al conjunto de valores cognitivos o epistémicos
estándar como los propuestos por Kuhn ya mencionados (Pérez Sedeño, 1999Pérez Sedeño, Eulalia (1999). De la necesidad, virtud. En Adelaida Ambrogi (Ed.), Filosofía de la ciencia: El giro naturalista. Universitat de les Illes Balears.
).
Dichos valores (yo refiero llamarlos así en vez de virtudes) son:
adecuación empírica o precisión, novedad, heterogeneidad ontológica,
interacción mutua, aplicabilidad a las necesidades humanas y difusión o
expansión de poder. Cómo se puede ver la única compartida con el
conjunto propuesto por Khun es la adecuación empírica, dado que Longino
no renuncia a la experiencia como piedra de toque de las teorías
científicas y a su capacidad para guiar la investigación. Pero, como
hemos visto en varios de los ejemplos también puede y debe servir para
revelar el género y los sesgos de género, racistas, clasistas o de
cualquier otro tipo. Así pues, este valor puede ser tanto cognitivo como
contextual.
El valor o criterio de la novedad recomienda aquellas nuevas teorías o modelos que difieren de los aceptados, lo que entroncaría con la idea de Harding de incluir comunidades diferentes a las existentes o dominantes, dicho de otro modo, diversidad. También el hecho de considerar la novedad de las teorías puede estar de acuerdo con el escepticismo organizado mertoniano y nos hace pensar en que, a lo mejor, estas teorías dominantes o en vigor no son las más adecuadas para explicar los fenómenos estudiados. Se comportaría, pues, tanto como un valor cognitivo como contextual. La heterogeneidad ontológica consiste en usar categorías que permitan la observación de la variación dentro de un grupo (como en el caso de las primatólogas) y la resistencia a considerar la diferencia de la media del grupo como una forma de desviación (como en el caso de la intersexualidad). El sexismo también se refuerza mediante los modelos causales de un solo factor que atribuyen poderes intrínsecos a los hombres olvidando su contexto más amplio (como vimos en la diferenciación sexual en el desarrollo embrionario). Por ello, desde la filosofía feminista de la ciencia se defiende el valor de la complejidad de las relaciones, por lo que se favorece el desarrollo de modelos multi-causales que faciliten la representación de características del contexto social que no sustentan el poder masculino, sino que incluyen la complicidad, participación y diversidad sexual. Así pues, la heterogeneidad ontológica permitirá descripciones y explicaciones nuevas y más ricas. La mutualidad e interacción consiste en descartar modelos de un solo factor causal por modelos más complejos y dinámicamente interactivos, como sucedió en el caso de la diferenciación sexual durante el desarrollo embrionario. Está mutualidad de interacción permite dar cuenta de fenómenos más complejos cómo han mostrado diversos trabajos en distintas disciplinas, como la neurociencia o la bioquímica molecular. El valor de la aplicabilidad a las necesidades humanas es claramente un valor contextual que debemos tener en cuenta sí nuestra ciencia y nuestra tecnología deben estar al servicio de la sociedad, como yo creo, y que debe guiar nuestras prioridades científicas y nuestras hipótesis. Y, por último, la difusión de poder, que se postula desde diversos ámbitos no solo el feminista, nos permitiría dar preferencia a programas de investigación que incorporan relaciones mutuas no de dominador/subordinado lo que propicia el control democrático de la investigación y su mejor gobernanza.
Es necesario favorecer el tipo de conocimiento que pueda ser utilizado por las personas que están en posiciones subalternas, que generalmente carecen de experiencia o habilidad técnica y de acceso a equipos costosos. Por razones similares, es más interesante desarrollar conocimientos que puedan aplicarse para satisfacer necesidades humanas que aquellos programas de investigación con pocas probabilidades de avanzar en estos intereses. Ninguno de estos valores desplaza o compite con la búsqueda de la adecuación empírica, porque hacer ciencia como feminista, al igual que hacer ciencia con cualquier otro interés en mente (por ejemplo, con intereses militares o médicos) conlleva un compromiso con el valor cognitivo de producir conocimiento empíricamente adecuado. Estos valores son feministas en el sentido de que promueven los intereses feministas, pero su utilidad (como cualquier avance promovido por estos) no se limita a las mujeres. Ya que no podemos eliminar estos valores en la práctica científica, podemos reconocer que podemos afectar al curso del conocimiento, favorecer o perjudicar determinados programas de investigación, en función de nuestros compromisos y valores político-ideológicos. Es más, hay que abogar por una práctica científica en la que, dado que las consideraciones ideológico-políticas son excelentes constricciones en el razonamiento y la interpretación que conforman el contenido de la ciencia, debemos abrirla a su influencia, en el sentido antes comentado.
No debemos olvidar que una de las principales preocupaciones del feminismo es abordar de forma coherente el papel del poder y las fuertes conexiones existentes entre los aspectos éticos, políticos y sociales de nuestras vidas y nuestras vidas epistémicas. Las epistemologías feministas no solo describen nuestras prácticas de conocimiento, sino cómo podemos mejorarlas y, de ese modo, mejorar la vida de las mujeres (y de otros grupos igualmente desfavorecidos). Por ello, es necesario disponer de un modelo que ordene las relaciones, siempre dinámicas, entre los individuos y sus comunidades y las implicaciones que esas relaciones tienen para el conocimiento. Debe ser un modelo que permita explicar la influencia del feminismo en la ciencia, tal y como sucedió, por ejemplo, en la explicación de la diferenciación sexual durante el desarrollo embrionario. Es decir, un modelo que permita incorporar la pertenencia a varias comunidades (la feminista, la biológica, etc.), las relaciones entre esas comunidades y las relaciones entre conocedores individuales, a la vez que el compromiso con la posibilidad de mejorar nuestras prácticas de conocimiento.
Como he señalado en múltiples ocasiones, este modelo debe tener, al menos, las siguientes cuatro características: debe ser preciso y su alcance suficientemente amplio; debe ayudar a explicar la emergencia del conocimiento feminista; debe revelar las relaciones de poder y las relaciones sociales correspondientes (sin permitir que “desaparezcan”); y debe ser compatible con un compromiso con nuestras capacidades para mejorar la búsqueda de conocimiento.
Mejorar nuestras prácticas implica abrir al público todos los procesos, haciéndolos transparentes. Y la transparencia es una cuestión política, que solo puede asegurarse si esos procesos están abiertos a todas las partes interesadas. Quiénes son las partes interesadas y los consejos de quién debemos seguir son también una cuestión claramente política: equilibrar los conocimientos de los que saben más con la voluntad de la mayoría. Y encontrar el equilibrio entre pericia (o experticia) y democracia, como bien sabía Condorcet, no es tarea fácil. Pero en cualquier caso no es posible hacerlo sin las mujeres. Esta sería la “nueva” filosofía de la ciencia que, como se ve, no es tan nueva y puede contribuir a conseguir una ciencia más justa, plural e inclusiva.
Declaración de conflicto de intereses
⌅La autora de este artículo declara no tener conflictos de intereses financieros, profesionales o personales que pudieran haber influido de manera inapropiada en este trabajo.
Declaración de contribución de autoría
⌅Eulalia Pérez Sedeño: conceptualización, redacción-borrador original, redacción-revisión.