CRÍTICA DE LIBROS
From Nature to Society. Review of: George Santayana, La vida de la razón. II. La razón en la sociedad, translated by Daniel Moreno, Oviedo, KRK Ediciones, 2024
Andrés Tutor de Ureta
Universidad de Tsukuba, Japón
andrestdu@gmail.com
ORCID iD: https://orcid.org/0000-0001-8261-0731
Copyright: © 2025 CSIC. Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0).
Tiene razón José Beltrán en su presentación de este segundo volumen de “La vida de la razón”, de George Santayana, cuando afirma que estamos ante “una suerte de pequeño tratado de filosofía social y política” (p. 15) repleto, me permito añadir, de alusiones prácticas. Aprovechando además que es la primera vez que disponemos de esta obra íntegramente en español, asumirá esta reseña una perspectiva contemporánea con la de Santayana. O, más bien, ya que la publicación del libro es de tan solo hace unos meses, en lugar de volver nosotros a 1905, fecha de publicación original de “Reason in Society”, trataremos el texto como si Santayana lo hubiera escrito ahora. Violento anacronismo este, sin duda, que sin embargo posee una razonable defensa en la cualidad filosófica del propio Santayana, quien a menudo escribió sus ideas, como señala el traductor Daniel Moreno en su imprescindible estudio sobre el pensador español, “desde el espíritu”,11 Moreno Moreno, Daniel (2007). Santayana filósofo: La filosofía como forma de vida. Trotta. esto es, desde una perspectiva no local y fechada, sino universal y atemporal.
Continuando el camino iniciado en “La razón en el sentido común”, primer volumen de una planeada pentalogía, Santayana emprende ahora la tarea de exponer las funciones racionales en que se manifiesta nuestra naturaleza humana en diversos ámbitos. El primero de ellos es el de la sociedad. La presente obra abarca ocho capítulos, que refieren otras tantas manifestaciones sociales: el amor, la familia, la industria, el gobierno y la guerra (estos tres últimos conformando un solo capítulo), el ideal aristocrático, la democracia, la sociedad libre, el patriotismo, y la sociedad ideal. Existe entre todos ellos un hilo conductor generativo, que vincula el amor (capítulo inicial), entendido como fuente primera del vínculo social, con la sociedad ideal (capítulo final), último estadio del mismo vínculo.
Para empezar se pregunta uno si elementos como el patriotismo (capítulo séptimo) no representan una injustificada arbitrariedad selectiva en Santayana.22 Una explicación razonable de su presencia como capítulo reforzaría la lógica argumentación de José Beltrán en su presentación: aun escribiendo desde el espíritu, el pensamiento de Santayana, como es inevitable, “está permeado por las contingencias de su época” (p. 16). En verdad los inicios del siglo XX fueron un momento en que un aspecto como el patriotismo resultaría especialmente relevante, especialmente en el marco de las sociedades europeas. Asimismo, debemos tener también en cuenta que el concepto de patriotismo de Santayana está lejos de significar una mera identificación irracional con “lo mío”, sino que se refiere a una concepción de vida en común (“el patriotismo consiste en ser sensible a un conjunto de intereses que nadie podría haber tenido de haber vivido aislado, sino que se acumulan en las personas conscientes de vivir en sociedad, y en una sociedad con la amplitud e historia de una nación”, p. 339). Al decir algo seleccionamos una opción y descartamos todas las demás, o, dicho de otra forma, no es posible hablar de todo, pero considerar el patriotismo digno de un capítulo nos hace cuestionarnos cuántos otros elementos sociales (como las instituciones educativas, por ejemplo) merecerían también el suyo y por qué no se encuentran presentes en el tratado. Por otro lado, el aludido hilo conductor no queda del todo claro, pues si bien el paso del amor a la familia y de esta al gobierno y sus distintos elementos (aristocracia) o tipos (democracia), resulta claro, los tres últimos capítulos, como veremos, constituyen un conjunto cuya conexión con el resto no se aprecia de forma tan evidente.
En cuanto a su perspectiva general, las ideas básicas desde las que Santayana construye su exposición social son fundamentalmente las siguientes: parte de una naturaleza humana dinámica (p. 67), defiende al individuo como fuente última de análisis y evaluación social (pp. 141-142) y reitera su materialismo (por ejemplo, siguiendo a Schopenhauer, Santayana piensa que la razón última del amor se encuentra en que “la naturaleza tenía que resolver un problema mediante la reproducción sexual […] tenía que poner juntos […] a las criaturas que podían con su unión, reproducir la especie”, p. 96), que considera compatible con su espiritualismo (“todos los intereses espirituales están apoyados en la vida animal”, p. 110).
Desde el marco anteriormente mencionado, Santayana comienza con el amor (capítulo 1) como fuente de la sociedad, seguido por la familia (capítulo 2). Como institución social, reconoce la crucial importancia que la familia posee en nuestras sociedades, al tiempo que no oculta su carácter parcialmente convencional. Nuevamente, el paso de la familia a la industria, el gobierno y la guerra (capítulo 3) se justifica no tanto natural como históricamente, pues en épocas pasadas “una gran familia era una gran hacienda” (p. 153). En cualquier caso, recuerda Santayana que “el gobierno no subsiste ni surge porque sea bueno o útil sino únicamente porque es inevitable” (p. 169) y, tras analizar el papel que juega y que debería jugar una aristocracia social (capítulo 4) que debería basarse no en riquezas sino en excelencias, se detiene en la democracia (capítulo 5). Probablemente sea este el capítulo menos valioso desde el punto de vista del objetivo original de la obra, pues pese a la clara constancia que Santayana tiene acerca de la verdadera condición de la realidad (“estos vaticinios parecerán fantasiosos”, p. 255; “hay, sin embargo, inmensas dificultades en el camino de esta utopía, algunas físicas y otras morales”, p. 260; “la humanidad tendría que verse notablemente transformada” p. 268) transcurren sus reflexiones envueltas más en ideales irrealizables que en genealogías naturalistas. Los tres capítulos finales, como mencionamos, aparentan ofrecer una ruptura con una descripción naturalista. Sin embargo, se entiende su engarce al ver que ejemplifican el epifenomenalismo de Santayana, representando el paso de la naturaleza a la idealidad. Se traslada así la mirada del hilo genealógico de la materia al espíritu, para hablar en la sociedad libre (capítulo 6) básicamente de la fama y la amistad. El capítulo 7, dedicado al patriotismo, ofrece algunas de las reflexiones más caducas y cuestionables de Santayana (“algunas razas son obviamente superiores a otras […] La razón protesta, tanto como el instinto, contra la fusión, por ejemplo, de blancos y negros”, pp. 316-317). Finalmente, con su defensa de que nuestro conocimiento es simbólico y la constatación de que la religión, el arte y la ciencia (temas de los restantes tres volúmenes que componen “La vida de la razón”) son los principales ámbitos en los que los seres humanos desarrollamos nuestros ideales, concluye la sociedad ideal (capítulo 8) y con ella la obra.
Hasta qué punto los escritos de Santayana resultan de completa actualidad y hasta qué punto nuestro plan de leer “La razón en la sociedad” como un libro escrito hoy resulta válido, quedará fácilmente demostrado a través de tres ejemplos, tres agudas reflexiones que la lectura de esta obra aporta a nuestra problemática actual. En primer lugar, Santayana ejemplifica su relacionismo ético con una reflexión sobre los animales que hoy resulta muy pertinente:
La crueldad del pez es su virtud; la lascivia de la abeja macho en la colmena es su vocación; si esas funciones fuesen cercenadas o impedidas con el fin de asimilarlas a la excelencia humana quedarían simplemente dislocadas. No habríamos introducido virtud donde había vicio sino que habríamos hecho fracasar un ajuste posible, que habría tenido su propia vitalidad y orden (p. 83).
En otras palabras, no está claro que hagamos bien al trasladar nuestros valores e ideales a especies que no son humanas. Parece lógico que los derechos de los animales, de existir, no pueden ser redactados por nosotros con arreglo a nuestra visión. Quienes, con razón, critican como eurocéntricas determinadas prácticas y planteamientos pasados respecto a otras razas y pueblos, deberían tomar nota y evitar caer en un buenismo antropocentrista.
En segundo lugar, en el capítulo dedicado a la familia, Santayana se plantea que “el efecto de la liberación de la mujer puede perfectamente ser el contrario del pretendido” (pp. 146-147). Cualquier persona que, libre de prejuicios, analice el proceso de emancipación femenino debe estar preparado para plantear diversos escenarios y contemplar las posibles consecuencias que determinados actos y políticas conllevan. Santayana nos da tres ejemplos hipotéticos. Puede, dice, que las mujeres prefieran hacerse cargo solas de sus hijos, quedando el marido fuera del hogar, y reservándosele, como mucho, responsabilidades económicas; esto “disolvería el matrimonio por voluntad de las partes” (p. 145) y conduciría a una sociedad organizada de forma diferente. Por otro lado, podemos preguntarnos si las mujeres “no acabarán volando de nuevo a los brazos del hombre” (p. 145), considerando una vida más autónoma como menos deseable. Por último, quizás “una competencia igual y realmente libre entre hombres y mujeres” conduciría a la pérdida de posición social de la mujer. Estas tres opciones —y muchas otras— son planteables como hipótesis. Lo importante aquí es que, más de 100 años después de expuestas, podemos reconocer en algunos casos la realidad práctica de los escenarios pensados por Santayana, lo que demuestra que, como dijera Popper, en las reformas sociales siempre debemos estar alerta frente a las consecuencias indeseadas de nuestras acciones.
Por último, llama la atención también esta afirmación: “Si, no obstante, hay un avance real, esto es, moral, es una cuestión imposible de responder de inmediato puesto que la riqueza, la seguridad y la variedad no son bienes absolutos; su valor es grande o pequeño en función del resto de valores que ayuden a asegurar” (p. 155). Llama la atención, insisto, porque, dejando a un lado los temas del dinero o la seguridad, vivimos en una época en que se ha convertido casi en dogma la afirmación de que la variedad es algo intrínsecamente positivo. Con ayuda de Santayana podemos plantearnos si esto es realmente así. No se trata de negar el valor de la diversidad, sino de sacarlo a la luz, de hacerlo explícito. Si aplicar la variedad como criterio en un determinado proceso social es un bien, no debería resultarnos complicado argumentar cómo es que mejora nuestras vidas. Si no somos capaces de hacer eso, deberíamos, o bien redoblar nuestro esfuerzo argumental hasta dar con la respuesta, o bien revisar nuestra, quizás equivocada, creencia.
Lejos de ver en todas estas reflexiones un anti-ecologismo, un machismo, y un conservadurismo digno de ser vituperados e ignorados, haríamos bien en tomarnos en serio sus planteamientos. El bienestar de los animales, la liberación de la mujer, o la promoción de una diversidad social de forma exitosa y duradera, entre muchos otros procesos sociales deseables, no se alcanzan teorizando sobre lo que supuestamente debería ser, ignorando las múltiples ramificaciones sociales ya existentes en esos ámbitos, e imponiendo unos determinados ideales teóricos sobre una realidad que se nos describe al tiempo como despreciable y ajena. Nos sería mucho más útil reflexionar con mucho cuidado sobre las bases naturales de los movimientos sociales, recordar que, sea cual sea la manifestación humana con que tratemos, “no podemos discernir con facilidad qué hábitos y sentimientos nuestros forman parte de ella y cuáles se le han unido adventiciamente y tienen una base independiente” (p. 132) y finalmente, en función de ese análisis, actuar con suma cautela en la búsqueda de una sociedad más racional, esto es, una sociedad que ofrezca un mejor ajuste entre nuestras bases naturales y nuestras aspiraciones espirituales. En definitiva, nos sería muy útil leer a autores como Santayana y obras como “La razón en la sociedad”. Sería sin duda un muy buen comienzo para acercarnos a una sociedad más naturalmente racional.
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1 Moreno Moreno, Daniel (2007). Santayana filósofo: La filosofía como forma de vida. Trotta.
2 Una explicación razonable de su presencia como capítulo reforzaría la lógica argumentación de José Beltrán en su presentación: aun escribiendo desde el espíritu, el pensamiento de Santayana, como es inevitable, “está permeado por las contingencias de su época” (p. 16). En verdad los inicios del siglo XX fueron un momento en que un aspecto como el patriotismo resultaría especialmente relevante, especialmente en el marco de las sociedades europeas. Asimismo, debemos tener también en cuenta que el concepto de patriotismo de Santayana está lejos de significar una mera identificación irracional con “lo mío”, sino que se refiere a una concepción de vida en común (“el patriotismo consiste en ser sensible a un conjunto de intereses que nadie podría haber tenido de haber vivido aislado, sino que se acumulan en las personas conscientes de vivir en sociedad, y en una sociedad con la amplitud e historia de una nación”, p. 339).