Jonatan Caro Rey
Universidad de Deusto
jonatan.caro@deusto.es, https://orcid.org/0000-0002-4101-966X
Pocas veces un libro de la profesora Delia Manzanero —cuya escritura apasionada trata siempre de animar— deja en el lector un retrogusto amargo por su objeto de estudio. Pero al terminar esta entrega, lo confieso, me envuelve cierto sentimiento de inapetencia hacia Europa. La mítica y la real. Ambas narrativamente imbricadas en este siniestro pentagrama con el que abrimos esta reseña y que, desde la violencia al abandono, servirá para valorar este sugerente libro sobre Europa. Nuestra Europa: violentamente constituida; hipócrita con sus discursos (y recursos); avergonzada de sus secretos (a voces); cruel hasta lo indecoroso para quienes vienen; y desoladora para quienes ya no convienen.
Lejos de esta grisácea sensibilidad que invade al recensor, el amor por el mito se entreteje en la estrategia literaria de la autora con su amor por Europa. Y lo hace (al menos) en un doble nivel.
El más evidente es el empleo metafórico del universo mitológico heredado en torno al laberinto del rey Minos —más que del pobre minotauro, a quien no cabe adjudicar ni el deseo ni la propiedad del encargo regio a Dédalo— para aproximarse analíticamente a determinados tópicos sobre la política y el derecho europeos. Desde luego, es un acierto emplear las escenas principales de este mito para estructurar su reflexión sobre Europa; al menos, como una táctica exitosa para atraer el gusto del lector ante una problemática siempre difícil de ordenar con cierta lógica y (más difícil aún) con cierta sensibilidad. Un acierto, dicho sea de paso, no exento de humor por parte de Manzanero; pues lo que nos propone como hilo para orientarnos (antes incluso de que Ariadna comparezca) es un laberinto. Conviene no olvidar esto.
Con tal amor y humor hacia Europa, Manzanero estructura su reflexión (tras un primer capítulo introductorio) en los tres momentos topológicamente evidentes en que puede narrarse el mito: a la entrada, dentro y a la salida del laberinto.
A la entrada. ¿Entrar o no en el laberinto europeo? En el sentido académico, claro está: si, como ciudadanía, nuestra instalación en Europa nos es sobrevenida, cabe un segundo adentramiento reflexivo de naturaleza opcional. Aquí la ética y la filosofía (más que los puños o la espada) son los recursos que la autora propone para atrevernos a entrar en Europa como “Teseos” con vocación crítica. Hilo de Ariadna filosófico que, más allá del destinatario reconocido por el mito, nos identificará también con Dédalo. Pues si no elegimos nacer (ser) europeos, ¿en qué medida contribuimos a ampliar, reconstruir o mantener la arquitectura europea? Invitados a pensarnos como avatares “críticos” del constructor del laberinto antes que, del heroico Teseo, tendremos que preguntarnos en qué sentido obedecemos al poder europeo y acatamos su sentencia, cimentando sus decisiones y estructuras... que otros habitarán y que también nosotros/as habitaremos. De un modo u otro. No es una cuestión menor eso de asumir que debemos trabajar por y para la edificación del laberinto europeo. ¿A la mayor gloria —o a la menor vergüenza— de quién? ¿Para qué? ¿Contra quién?
Dentro del laberinto. Una vez construido y una vez dentro, la óptica de estos dos protagonistas se desenvuelve según el sentido etimológico de su denominación. Pues en efecto, tanto para Teseo como para Dédalo se trata de una agonía, de una lucha: lucha a muerte en el caso de Teseo; lucha por evadir la lucha en el caso de Dédalo (y su hijo). Ambas agonías encuentran su centro de gravedad en la figura del minotauro que amenaza con fagocitar (literalmente) a quien se adentra en el laberinto. En este punto la mirada de Manzanero atiende a esas poblaciones minotáuricas, supuestamente extrañas, alógenas, a las que Europa parece temer como a un gran monstruo migratorio que devorará su bienestar. La respuesta del Teseo europeo es la lucha a muerte sin piedad contra aquello que se teme, hasta exterminarlo (ya que parece difícil de expulsar). El auge de los discursos y los gestos xenófobos que apreciamos en los recientes giros de la política europea conecta mitológicamente con el modo en que Teseo da muerte con su espada al derrotado minotauro. Lo hace sin atisbo de piedad. Un último tributo, la empatía, pagado a la ignorancia para no tener que tributar solidariamente en lo sucesivo, relativizando y cuestionando nuestros privilegios. En palabras del propio Teseo recogidas por la autora: “No sé nada de ti; eso da fuerza a mi mano”.
Salir del laberinto. Entre la evasión ante lo que se teme y su aniquilación —terriblemente insensibles ambas, terrorífica la segunda—, parece debatirse una ciudadanía europea que, en no pocas ocasiones, tras el velo del Estado del bienestar —y su intento de despistarnos haciéndonos pensar que el problema es el minotauro y no el propio laberinto— presiente una dinámica angustiosa descrita con precisión por la autora: «La pesadilla del laberinto precisamente lo que hace es totalizar estas dos angustias: la angustia de estar preso entre un pasado bloqueado y un futuro obstruido. El ciudadano europeo vive en una extraña vacilación, está aprisionado en un camino, duda en medio de un camino único» (p. 64). A las cabezas que logran sobreponerse a esta fatídica angustia suele rondarles una idea que hace apenas una década parecía poco menos que irrisoria: salir del laberinto; abandonar Europa. Es delicioso al respecto el estilo poético con que Manzanero recuerda su retorno a Madrid tras haber recibido la noticia del Brexit “como una realidad consumada”, precisamente durante su participación en un congreso en la Universidad de Birmingham. Sería de muy mal gusto por mi parte privar de este placer a quien decida leer Laberintos de Europa. Baste decir a este respecto que conviene recordar lo que en la figura de Ícaro nos enseñaba el mito sobre lo que puede suponer tratar de huir demasiado lejos del horror y de la angustia, confiando en exceso —y sobre todo en exclusiva— en la calidad y sensatez de nuestros cálculos y artificios; en nuestras propias fuerzas. Sin duda, frente a la paralizante angustia del camino único, conviene como Dédalo dar alas al valor, a la autonomía, a la convicción de que podemos cambiar el futuro. La sociedad y sus formas (reales y simbólicas) son decisión, no destino. Y allí donde las redes del poder complejifican en exceso las posibilidades de cualquier honestidad política (como en los laberintos parlamentarios del presente), conviene ciertamente elevarse lo suficiente y pensar desde otra óptica menos enredada. Pero cuidado con que las expectativas sobre nuestras propias fuerzas sean, como las de Ícaro, demasiado altas.
Toda esta referencia de Europa al mito aparece entretejida con un segundo nivel de profundización que, a nuestro juicio, es lo más interesante del texto. Porque el propio mito, tensado por las anteriores transferencias hermenéuticas, se revela como objeto de atención. En efecto, si en el primer nivel exegético Delia refiere Europa al mito, en un nivel más profundo parece referir el mito a Europa, pensándolo desde las conclusiones apuntadas. Y en ese segundo ejercicio la escritura de Manzanero se torna sugerentemente deconstructiva: el amor por el mito —confesado por la autora y enfatizado con el tierno recuerdo de su maestra de griego, Sonia Morales—, no oculta el mito del amor.
Pues la Europa mítica y el minotáurico laberinto que la sucede no son el criterio prístino desde el que juzgar el mayor o menor ajuste de la realidad europea a sus enseñanzas. Es un mito terrible, oscuro, horroroso. O sólo lo es a condición de someter la propia mitología a revisión —quizá— desde ese siniestro pentagrama con el que iniciábamos la reseña. 1) Violencia: Pues toda la historia del laberinto tiene en efecto a Europa como madre del rey Minos. Hijo en absoluto fruto del amor, sino del rapto y la violación, por más que ésta se sublime en (des)honor a Zeus; 2) Hipocresía: Apoyado por Poseidón para regir, Minos no cumple la promesa de ofrecer en sacrificio el toro blanco que nacido del mar le alzó al poder; 3) Vergüenza: avergonzado por la infidelidad de su esposa, oculta el monstruoso fruto de la misma en un laberinto construido ex profeso para tapar su vergüenza; 4) Crueldad: con el minotauro, encerrado por Minos —igual de cruel con Dédalo y su hijo— y degollado sin piedad por Teseo. Todo por haber nacido así, por haber sido tratado así; 5) Abandono: de Ariadna, gracias a cuyo hilo su amado Teseo logra salir del laberinto, para abandonarla ingratamente y despreciar sus expectativas de amor.
Violenta, hipócrita, vergonzosa, cruel y desoladora, la Europa real no parece tanto una distorsión degenerada de su mitología “fundacional” cuanto una digna realización de la misma. No es, por tanto, el retorno y ajuste a la enseñanza mitológica lo que para Manzanero salvará o mejorará Europa. Más bien debe reconocer su parentesco con el siniestro mito fundacional, poniendo entre paréntesis su propia leyenda actual, su propio heroísmo presente, su insultante autocomplacencia. Este continente “admirado y envidiado”, al decir de la autora, tiene (aún) discursos y recursos que ofrecer, valores y opciones vitales que proponer. Sin duda. Pero ha de reconocer el horror que radicalmente le constituye.
La imaginación mítica le ayuda, le socorre, revelando ante el espejo que el minotauro (despreciado) es también una víctima de la necesidad de los sucesores de Europa de ocultar nuestra vergüenza. Lo verdaderamente admirable de la descendencia europea no sería que pueda encerrar e incluso matar al minotauro, sino que atendiera al gesto sufriente de la “bestia” que jamás fue amada; que nunca fue reconocida con orgullo por nadie, sino ocultada con vergüenza; que fue encerrada en un laberinto y en un rol terrible; y ante la que, de principio a fin, jamás nadie mostró ninguna piedad.
Lo que Europa imagina como su tesoro más preciado (libertad, bienestar, Derechos Humanos), sólo puede ser reivindicado ante los gritos ultraderechistas reimaginando sus mitos de otra manera; como reverso cultural negativo que reconstruye y lanza preguntas al mito original: «¿Qué sería de Teseo si hubiera conocido, comprendido y escuchado al Minotauro? ¿hubiera aplacado su ira, sus deseos de aniquilación para conseguir el prestigio de héroe a costa de la vida del Minotauro?» (p. 174). Preguntas de y para una Europa que ha realizado cum laude su siniestro mito. Y que tal vez encuentre cierta vía filosófica de redención en un interrogatorio que abra las grietas de su mitología para que —al decir de Leonard Cohen— “entre la luz”: 1) grietas en su violencia ¿Y si Zeus en vez de forzar a Europa hubiera tratado de gustarle? Para pensar, por ejemplo, el lugar europeo de lo femenino; 2) grietas en su hipocresía: ¿Y si Minos hubiera cumplido su promesa? Para valorar al político no por su capacidad retórica o efectista, sino por su praxis y cumplimiento; 3) grietas en su vergüenza: ¿Y si Minos hubiera reconocido y cuidado al Minotauro? Para terminar con la lacra polarizante que busca en el otro —político o étnico— el chivo expiatorio, el monstruo anormal al que disciplinar, segregar y ocultar a favor del propio status; 4) grietas en su crueldad: ¿Y si Teseo se hubiera dirigido por su verdadero nombre, Asterión, a quien sólo vio como un monstruo a quien matar? Para no confundir precaución y autodefensa con falta de empatía y desprecio del otro, que deja de ser valioso para convertirse en un migrante usurpador de recursos, por ejemplo; 5) grietas en su abandono: ¿Y si Teseo hubiese agradecido —aún sin casarse— el amor de Ariadna en vez de abandonarla sola? Para no mirar hacia otro lado y condenar a la desolación a quien ya no nos interesa. Precaria respuesta europea ante la masacre de Gaza -lo supuestamente “otro” de Europa —en comparación con la tampoco ejemplar— respuesta ante la invasión de Ucrania, “el granero de Europa”.