Marta Tafalla
Universitat Autònoma de Barcelona
Marta.Tafalla@uab.cat, https://orcid.org/0000-0002-0199-9552
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En el contexto de una crisis ecológica que no deja de agravarse, se está desarrollando con urgencia una serie de propuestas científicas, tecnológicas, éticas y políticas que tienen como objetivo intentar mitigar dicha crisis y favorecer la adaptación de los seres humanos y el resto de las especies a las futuras condiciones climáticas. Una de las propuestas que genera más esperanzas es el rewilding, que puede traducirse en español como resalvajar o resilvestrar, y que implica un cambio de paradigma respecto de las prácticas tradicionales de conservación de la biodiversidad. Su idea de partida es el reconocimiento científico de la capacidad de los ecosistemas para autogobernarse de manera soberana, y sobre esa idea se han ido construyendo toda una serie de propuestas teóricas y también de proyectos aplicados consistentes en dejar que sean los ecosistemas quienes se gestionen a sí mismos de forma autónoma. En tales proyectos, el ser humano renuncia a sus aspiraciones de dominio y acepta en cambio aprender con humildad del funcionamiento de los procesos naturales, a los que acompaña y ayuda sin imponerse sobre ellos. También acepta que en aquellos núcleos donde el rewilding se practica de manera plena, hay que renunciar a la extracción de recursos (silvicultura, agricultura, ganadería, caza, pesca, minería, etc.) con el fin de que los ecosistemas puedan recuperarse de los daños causados por la acción antrópica y funcionar de manera sana. El hecho de que algunos procesos de rewilding hayan conseguido que ecosistemas degradados se recuperaran con relativa velocidad, así como los estudios científicos que muestran que estos ecosistemas resilvestrados contribuyen a mitigar el calentamiento global, han despertado un gran entusiasmo en un momento en que no es fácil encontrar motivos para la esperanza.
En estos últimos años han crecido las publicaciones científicas sobre el rewilding, que han atraído la atención de gobiernos, medios de comunicación y movimientos sociales. Sin embargo, se han publicado relativamente pocos estudios filosóficos, a pesar de que esta práctica plantea una larga lista de interrogantes que merecen y necesitan análisis desde la ética, la política, la estética y la epistemología, entre otras disciplinas. Por ello es de agradecer la labor que está realizando el filósofo español Cristian Moyano-Fernández, autor de diversos artículos y libros con los que está tratando de articular un marco filosófico para la práctica del rewilding. Su último libro sobre la materia es el que aquí reseñamos.
La intención de esta obra se sintetiza ya en su título. Según suele explicar Moyano-Fernández en sus conferencias, cuando usamos el concepto de justicia ecológica, a menudo lo pensamos desde un marco antropocéntrico. Solemos referirnos a este concepto cuando denunciamos los efectos negativos de la contaminación por pesticidas en la salud humana, que afecta sobre todo a los trabajadores del campo, quienes a menudo tienen que soportar condiciones precarias a cambio de salarios muy bajos. O apelamos a este concepto para analizar cómo las distintas clases sociales tienen más o menos mecanismos para protegerse ante las cada vez más frecuentes olas de calor. Pero los pesticidas y las olas de calor también afectan a las demás especies, que no tienen ninguna responsabilidad en la crisis ecológica ni recursos para protegerse de ella. Así, Moyano-Fernández se propone pensar la justicia ecológica como una justicia multiespecie, que tome en consideración los daños que causamos al resto de seres vivos, al mismo tiempo que reivindica que son precisamente las otras especies las que realizan las funciones ecológicas que posibilitan que los ecosistemas puedan funcionar.
Esta concepción no antropocéntrica de la justicia ecológica permite fundamentar la necesidad de proyectos de rewilding para reparar ecosistemas dañados y recuperar la biodiversidad, pero, al mismo tiempo, cuando se ponen en marcha este tipo de proyectos, es inevitable enfrentarse a una serie de problemas éticos y políticos que necesitan de una teoría de justicia ecológica. Un proyecto de rewilding puede llevarse a cabo de una manera más o menos justa o injusta, y esas situaciones de justicia o injusticia pueden afectar tanto a los seres humanos como a los demás seres vivos, especialmente a aquellos animales que tienen capacidades cognitivas y emocionales muy desarrolladas y por ello capacidad para sufrir dolor físico y mental.
Desarrollar una propuesta de justicia multiespecie que acompañe al rewilding en el contexto de una gravísima crisis ecológica es un reto considerable, que Moyano-Fernández afronta dialogando con una gran diversidad de autores, tanto científicos expertos en conservación, como científicos sociales y filósofos especialistas en ética, política y otras disciplinas. En las páginas de este libro se discuten diversas concepciones de la naturaleza salvaje, se trabaja la biología de la conservación y del bienestar, se analizan teorías de justicia distributiva, se reivindica el enfoque de las capacidades, se repasan las teorías de las virtudes ecológicas, se presta atención a las filosofías del reconocimiento y la identidad y los estudios decoloniales, y se reflexiona sobre ética animal. De forma inevitable, se examinan las tensiones entre la perspectiva individualista y la perspectiva holística que caracterizan los debates en ética ecológica, y también se profundiza en la discusión acerca de si la naturaleza y los seres que la componen poseen valores intrínsecos y relacionales o tan solo valor instrumental. El diálogo filosófico con una gran pluralidad de voces no es solo la metodología de trabajo, sino también la clave de la propuesta resultante. El autor no concluye su libro con una teoría cerrada, sino con una actitud dialógica que reivindica la complementariedad de una serie de enfoques y perspectivas, defendiendo que necesitamos esa pluralidad de miradas y análisis para responder a problemas de una gran complejidad.
Una de las ideas que el autor reivindica en su obra es la necesidad de que los seres humanos practiquemos un cierto nivel de autocontención que permita disminuir nuestros impactos negativos sobre los ecosistemas. Más que ofrecernos una lista de aquellas cosas que los seres humanos deberíamos hacer para favorecer a los ecosistemas y las demás especies, Moyano-Fernández nos propone renunciar a nuestro deseo de dominar la naturaleza, reducir nuestra extracción de bienes naturales, disminuir nuestra huella ecológica y dejar espacio a las demás especies para su propio desarrollo. Este paso atrás no implica, para el autor, distanciarse de la naturaleza, sino renunciar al dominio y al acaparamiento de recursos, para aprender a convivir respetando las necesidades de otros seres vivos. Esa autocontención acompañada de humildad sería la actitud humana que debería estar presente en los procesos de rewilding.
Como argumenta el autor, todos los bienes son finitos en este pequeño planeta que habitamos, y siglos de explotación por parte de los humanos han provocado que algunos bienes sean todavía más escasos. Los seres humanos tendemos a acaparar todo el territorio con nuestras construcciones, infraestructuras y actividades, y a menudo lo hacemos expulsando a muchas otras especies, como sucede por ejemplo en los monocultivos industriales. Otras de nuestras actividades dañan el hábitat de los demás seres vivos, como cuando llenamos los mares de basuras y restos de redes de pesca abandonadas. Esto obliga a repensar cómo compartir el territorio, el agua, el alimento y otros bienes con las demás especies, y con ese fin el autor intenta reformular las teorías de justicia distributiva desde una perspectiva multiespecie.
Una de las aportaciones más interesantes del libro, a mi parecer, consiste en las reflexiones del autor acerca de los encuentros y desencuentros entre los conservacionistas tradicionales, los defensores del rewilding y los expertos en ética animal. Siguiendo a autores como Marc Bekoff, Arian Wallach, Helen Kopnina o Steve Carver, que han desarrollado la idea de la conservación compasiva, Moyano-Fernández reivindica incluir la compasión en las prácticas de resilvestración, lo que implica que, más allá de proteger la integridad de los ecosistemas y promover la recuperación de las especies, se tenga en cuenta a los animales como individuos con inteligencia y emociones, y se preste atención a su posible sufrimiento. Ello implica, por ejemplo, repensar en qué condiciones se crían y/o trasladan animales salvajes en proyectos de reintroducción, teniendo en cuenta los daños que determinadas prácticas pueden causarles; analizar de qué modo anillar aves o colocarles un sistema de geolocalización a animales salvajes puede afectar negativamente a su salud; o reconsiderar el trato proporcionado a las especies denominadas invasoras, especialmente cuando implica matar animales con elevadas capacidades cognitivas y emocionales. El autor conecta la compasión con otras virtudes éticas como la solidaridad, la reverencia por la vida que tanto defendió Albert Schweitzer y la ya mencionada humildad.
Otro aspecto interesante es su exploración de las relaciones entre la identidad y el rewilding. La concepción de la propia identidad individual o colectiva suele incluir una concepción de la relación con las demás especies, que puede ir desde el antropocentrismo más radical a un deseo de convivencia. Además, la concepción de la propia identidad acostumbra ir muy ligada a la forma de habitar un territorio y a la manera de producir alimentos, siendo la agricultura y la ganadería las actividades humanas que ocupan una mayor extensión de tierra. La propuesta de iniciar un proyecto de rewilding en un lugar puede vivirse como un conflicto con una identidad tradicional. El autor examina la producción industrial de carne de cerdo en Cataluña y la producción tradicional de carne de reno por parte de los pastores samis en Laponia como dos ejemplos de conflicto moral entre la producción de carne, los valores identitarios relacionados con la producción y el consumo de carne, y las dificultades para recuperar la vida salvaje en entornos donde una gran cantidad de espacio y recursos se dedican a prácticas ganaderas. Queda abierta la pregunta de si, en el contexto de una grave crisis ecológica, las identidades pueden desarrollarse en una dirección que facilite la convivencia con la vida salvaje.
El autor también se pregunta en qué medida el sistema capitalista dificulta o entorpece las prácticas de rewilding, generando consecuencias indeseadas. Por ejemplo, siguiendo a autores como Isabelle Anguelovski, nos advierte de que los proyectos de renaturalización urbana pueden provocar que las viviendas situadas en los barrios renaturalizados suban de precio, de tal modo que tenga lugar un proceso de gentrificación. Como expone Moyano-Fernández, este tipo de consecuencias negativas no son intrínsecas al rewilding, sino al sistema capitalista en el que estamos atrapados. Por ello insiste en que las prácticas de resilvestración deben realizarse acompañadas de una reflexión ética y política que evite que se produzcan injusticias para los seres humanos, las demás especies y los ecosistemas.
En una línea similar, el autor analiza algunas acusaciones vertidas en los últimos años según las cuales el rewilding podría caer en prácticas coloniales. En su respuesta, Moyano-Fernández argumenta con lucidez que el rewilding es, en sí mismo, una actividad decolonial. De hecho, el rewilding permite comprender la actitud colonial con la que el ser humano se impone en los ecosistemas. La agricultura, la ganadería, la minería, las redes de carreteras, las presas en los ríos, los sistemas de transporte marítimo o incluso los sistemas de producción de energía renovable suelen diseñarse y desarrollarse sin tener en cuenta a las demás especies que habitan esos lugares, hasta el punto de que hemos normalizado expulsar a animales y otros seres vivos de los ecosistemas donde vivían y realizaban funciones ecológicas. La actividad humana también altera los ecosistemas mediante diversas formas de contaminación, incluyendo la contaminación sonora y lumínica, que dañan la salud de muchas criaturas y dificultan el desarrollo de sus formas de vida. Estos casos son manifestaciones de cómo la especie humana se expande por todos los territorios y los modifica a su conveniencia sin tener en cuenta los intereses de las demás especies, lo que consiste claramente en un proyecto colonial. Si el rewilding permite liberar a la vida salvaje de estas imposiciones humanas, en ese sentido es un proyecto decolonial.
El rewilding nos permite comprender que sacrificar la vida y la prosperidad de una diversidad de seres con el fin de favorecer exclusivamente el desarrollo de un único grupo de individuos no tiene ningún sentido, ni desde una perspectiva ética ni tampoco desde una perspectiva de funcionamiento de los ecosistemas. El rewilding impulsa una actitud contraria a cualquier forma de colonialismo, ya sea hacia otras especies o hacia colectivos humanos vulnerables. Por ello en los proyectos de rewilding se están tejiendo formas democráticas de participación que permitan a todos los seres humanos implicados contribuir con su saber y sus ideas. Igualmente, se están ensayando estrategias para minimizar los conflictos entre los seres humanos y la fauna salvaje, especialmente cuando los animales salvajes retornan a lugares de los que fueron expulsados tiempo atrás y donde los actuales habitantes humanos han olvidado cómo convivir. Podríamos decir que el rewilding aspira a ser lo contrario de los sistemas de dominación y de los sistemas coloniales: aspira a que todos los seres puedan prosperar en convivencia, en lo que el autor denomina synergetic flourishing.
Hay que agradecerle a Cristian Moyano-Fernández la valentía con que aborda debates difíciles e incómodos, así como una inquebrantable actitud de diálogo que le permite escuchar a las voces más diferentes. Esa apertura mental con la que abraza la pluralidad sin forzar acuerdos dogmáticos es una de las características de su proyecto filosófico, que esperamos pueda continuar en próximas obras.