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				<journal-title>Isegor&#xed;a</journal-title>
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			<issn publication-format="electronic">1988-8376</issn>
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					<subject>Cr&#xed;tica de Libros</subject>
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				<article-title>Examinar cr&#xed;ticamente la ciencia apelando a sus m&#xe1;ximas, un reto feminista</article-title>
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					<trans-title>Critically examine science appealing its maxims, a feminist challenge</trans-title>
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					<contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0003-2271-4322</contrib-id>
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						<surname>P&#xe9;rez Fern&#xe1;ndez</surname>
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					<aff id="aff1"><institution>Universidad de Barcelona</institution></aff>
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						<surname>G&#xf3;mez Rodr&#xed;guez</surname>
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		<p>La posibilidad de una ciencia “objetiva” est&#xe1; entre par&#xe9;ntesis. Numerosas investigaciones han mostrado c&#xf3;mo marcos te&#xf3;ricos y metodol&#xf3;gicos pretendidamente neutros est&#xe1;n colmados de sesgos; mientras, el relativismo se antoja un punto de partida improductivo, contrario a las aspiraciones fundacionales del conocimiento cient&#xed;fico. ¿En qu&#xe9; medida es, entonces, posible aproximarse a la ciencia con un enfoque cr&#xed;tico cuya legitimaci&#xf3;n aterrice en criterios cient&#xed;ficamente v&#xe1;lidos, a fin de sortear los excesos positivistas y relativistas? Este es el interrogante que atraviesa <italic>Escritos sobre Ciencia y G&#xe9;nero</italic>, una compilaci&#xf3;n de art&#xed;culos de Amparo G&#xf3;mez. En estas p&#xe1;ginas hallamos un di&#xe1;logo sumamente temprano y enriquecedor, que reconstruye y examina los argumentos de Helen Longino, Sandra Harding, Evelyn F. Keller o Donna Haraway, por citar algunas de las autoras hoy ya consideradas cl&#xe1;sicas del siglo XX.</p>
		<p>Esta edici&#xf3;n permite constatar c&#xf3;mo los sesgos de g&#xe9;nero est&#xe1;n presentes en diferentes disciplinas a trav&#xe9;s de sus textos; y deducir de ellos los lugares comunes que apuntalan la propuesta de una epistemolog&#xed;a feminista que dialogue -someti&#xe9;ndola a examen- con la ciencia que la precede, acompa&#xf1;ada de un trabajo de visibilizaci&#xf3;n que permita tanto la recuperaci&#xf3;n y transmisi&#xf3;n de la memoria de las cient&#xed;ficas pret&#xe9;ritas como la inclusi&#xf3;n efectiva de las actuales investigadoras en las instituciones cient&#xed;ficas consolidadas.</p>
		<p>Abordar&#xe9; estos dos planos conjuntamente -tal como se presentan en el libro- sintetizando sus tesis e identificando las constantes que los articulan. Me centrar&#xe9;, primero, en los tres art&#xed;culos que ofrecen una panor&#xe1;mica sociohist&#xf3;rica acerca del estado de la disciplina y sus principales consensos respecto del desmantelamiento de la llamada “concepci&#xf3;n heredada” para despu&#xe9;s estudiar dos casos concretos en ciencias experimentales. Por &#xfa;ltimo, se&#xf1;alar&#xe9; algunos apuntes de G&#xf3;mez sobre las ciencias sociales que contribuyen a justificar la pertinencia de atender a su aportaci&#xf3;n.</p>
		<p>Las tres perspectivas con las que dialoga G&#xf3;mez -las feministas empiristas de corte cl&#xe1;sico, el empirismo feminista y las epistemolog&#xed;as radicales- toman la palabra en <italic>De la mujer en la ciencia a las epistemolog&#xed;as feministas</italic> (1998). G&#xf3;mez diferencia las tres grandes posiciones en funci&#xf3;n de la relaci&#xf3;n que mantienen con la ciencia existente: las primeras conciben la ciencia sexista en t&#xe9;rminos de ‘mala aplicaci&#xf3;n’ del m&#xe9;todo cient&#xed;fico mientras que el empirismo feminista considera que no existe una ciencia absolutamente libre de factores externos, sino grados de objetividad y racionalidad cient&#xed;ficas. Se sigue, de esta posici&#xf3;n, una apuesta por valores propios de la ciencia -como son su control p&#xfa;blico e intersubjetivo- que permitir&#xed;an, sin enmendarla por completo, paliar la incidencia de los sesgos. </p>
		<p>El proyecto de una ciencia feminista, en el que se enmarcan los trabajos que entienden la ciencia como un producto social en sentido amplio -y que G&#xf3;mez ubica en el psicoan&#xe1;lisis, el posmaterialismo o el posmodernismo- resulta problem&#xe1;tico. En particular, por los argumentos que sostienen la superioridad epist&#xe9;mica de las mujeres -fundamento de la posibilidad de una nueva ciencia que sustituya la androc&#xe9;ntrica-, a saber, la creencia en cualidades femeninas teorizadas “en t&#xe9;rminos ahist&#xf3;ricos y presociol&#xf3;gicos” en las teor&#xed;as biol&#xf3;gicas (p. 75), la idea de una presencia inmediata encarnada en la madre en el psicoan&#xe1;lisis o las teor&#xed;as del punto de vista propias del posmaterialismo. Allende sus dudas en torno al proyecto normativo resultante, la autora considera &#xfa;tiles algunas de las constataciones emp&#xed;ricas en las que han profundizado las tesis radicales. Es el caso de la importancia de las met&#xe1;foras de g&#xe9;nero en el seno de las concepciones ontol&#xf3;gicas, epistemol&#xf3;gicas y metodol&#xf3;gicas de la ciencia, una inquietud presente en <italic>El modelo de ‘una sola carne’ en las ciencias biom&#xe9;dicas de la Antig&#xfc;edad Cl&#xe1;sica</italic> (2009), donde G&#xf3;mez remite al origen m&#xed;tico de lo masculino y lo femenino -en la <italic>Teogon&#xed;a</italic> y <italic>Los trabajos y los d&#xed;as</italic>, de Hes&#xed;odo, que comprende a las mujeres como una estirpe maldita e inferior- para mostrar c&#xf3;mo en los escritos de Plat&#xf3;n, Arist&#xf3;teles, Hip&#xf3;crates o Galeno predomina la idea de que hombres y mujeres compart&#xed;an naturaleza -aunque ellas fueran defectuosas-; modelo que se desplaza “con el desarrollo de la ciencia moderna y su fascinaci&#xf3;n por el establecimiento de diferencias” (p. 206). </p>
		<p>El enfoque de G&#xf3;mez, que entrelaza el an&#xe1;lisis sociohist&#xf3;rico con el proyecto normativo de una ciencia no androc&#xe9;ntrica, queda patente en el pr&#xf3;logo que escribi&#xf3; para <italic>Tambi&#xe9;n en la cocina de la ciencia. Cinco grandes cient&#xed;ficas en el pensamiento biol&#xf3;gico del siglo XX</italic>, de Carolina Mart&#xed;nez (2000), que se&#xf1;ala c&#xf3;mo cada generaci&#xf3;n de mujeres que se acerca a la ciencia se encuentra con un territorio “que se manifiesta extra&#xf1;o a su g&#xe9;nero, respecto al cual <italic>ellas</italic> son una excepci&#xf3;n” (p. 98): la historia de la ciencia es la cr&#xf3;nica de los ‘grandes descubrimientos’, asociados a nombres masculinos; y ello resulta en una invisibilizaci&#xf3;n sistem&#xe1;tica (no solo de las mujeres). G&#xf3;mez subraya, aqu&#xed;, y a ra&#xed;z de la teor&#xed;a de la endosimbiosis en serie y de la evoluci&#xf3;n de Lynn Margulis, la existencia de un debate todav&#xed;a abierto, a saber: si la irrupci&#xf3;n de las mujeres en la ciencia pone en juego valores y puntos de vista que repercuten en el tipo de investigaci&#xf3;n que llevan a cabo. Dicho inter&#xe9;s de la autora por el acceso de las mujeres a la instituci&#xf3;n cient&#xed;fica se ve tambi&#xe9;n reflejado en el texto <italic>Sesgos en la ciencia y su transmisi&#xf3;n: la educaci&#xf3;n cient&#xed;fico-tecnol&#xf3;gica</italic> (2008), que sintetiza los resultados de un estudio -inici&#xe1;tico- sobre los sesgos de g&#xe9;nero presentes en las creencias del profesorado de ciencia y tecnolog&#xed;a de secundaria y educaci&#xf3;n superior. </p>
		<p>Por su parte, los dos art&#xed;culos que abordan debates cient&#xed;ficos concretos dan cuenta de c&#xf3;mo por medio de la argumentaci&#xf3;n y apelando a la propia ciencia pueden desmantelarse los sesgos de g&#xe9;nero de los estudios precedentes. El primero, <italic>El eterno femenino: hormonas, cerebro y diferencias sexuales</italic> (1993)<italic>,</italic> escrito con Inmaculada Perdomo, se centra en la neuroendocrinolog&#xed;a y la endocrinolog&#xed;a reproductiva. En particular, en c&#xf3;mo las investigaciones que abordan los efectos hormonales en el desarrollo cerebral -y, por tanto, sobre la conducta animal y humana- “han venido a apuntalar la vieja concepci&#xf3;n que sostiene la diferenciaci&#xf3;n entre g&#xe9;neros en capacidades, aptitudes y comportamientos y su femenina inferioridad” (p. 29). Desde el momento en que se observ&#xf3;, en los a&#xf1;os cincuenta, que existe una relaci&#xf3;n entre el cerebro y la producci&#xf3;n hormonal a trav&#xe9;s del hipot&#xe1;lamo, y que tanto este como la pituitaria est&#xe1;n influidos por los niveles en sangre de hormonas como los estr&#xf3;genos, los andr&#xf3;genos o la progesterona, no han cesado de publicarse trabajos que -forzando y exagerando los resultados de la experimentaci&#xf3;n, sobre todo con roedores en cautividad- postulan una distinta organizaci&#xf3;n cerebral en funci&#xf3;n del sexo en humanos. G&#xf3;mez denuncia la falta de evidencias en humanos -y en otras especies animales- que permitan afirmar que los andr&#xf3;genos tengan un efecto organizativo del cerebro fetal y juzga inadecuado concebir los efectos hormonales aisladamente y en t&#xe9;rminos de presencia/ausencia. </p>
		<p>La autora considera que la &#xfa;nica evidencia abundante es que estr&#xf3;genos, progesterona y andr&#xf3;genos “tienen una variedad de efectos sobre la estructura y funcionamiento de un n&#xfa;mero de c&#xe9;lulas y &#xf3;rganos” y que esto “contribuye a alguna diferenciaci&#xf3;n biol&#xf3;gica y fisiol&#xf3;gica por sexos” (p. 33). G&#xf3;mez destaca los trabajos sobre el origen hormonal de la presuntamente mayor agresividad en los machos, que ilustran c&#xf3;mo una concepci&#xf3;n sesgada del estudio en su fase inicial determina los resultados que se obtienen de este. Estas investigaciones parten de que los machos son m&#xe1;s agresivos que las hembras y, as&#xed;, definen la agresividad tal como es observada en ellos: “no es que la investigaci&#xf3;n d&#xe9; como resultado un tipo de conducta gen&#xe9;ricamente diferenciada que se considere como ‘la conducta agresiva’” sino que esta “se define antes de empezar la investigaci&#xf3;n […] de forma externa a ella” (p. 39). Asimismo, las tesis que intentan sostener estas investigaciones entran en contradicci&#xf3;n con la ciencia, que asume que las hormonas son parte del proceso evolutivo de los organismos: aunque se pudiera demostrar que los roles masculino y femenino est&#xe1;n determinados ‘por naturaleza’ a trav&#xe9;s de las hormonas, “estos variar&#xed;an y se modificar&#xed;an a lo largo del proceso evolutivo” (p. 43). En suma, dichos estudios no resistir&#xed;an un examen cient&#xed;fico debido no solo al sesgo impl&#xed;cito en sus preguntas de investigaci&#xf3;n y al modo en que fuerzan y extrapolan los resultados, sino tambi&#xe9;n a la falta de consideraci&#xf3;n por los factores ambientales. </p>
		<p>Suspicacias similares suscitan aquellas teor&#xed;as que fundamentan la inferioridad mental de la mujer a partir de la antropometr&#xed;a, la teor&#xed;a de la evoluci&#xf3;n o la frenolog&#xed;a, analizadas en <italic>Ciencia y valores en los estudios del cerebro</italic> (2005). Se trata de una aproximaci&#xf3;n apoyada en el empirismo contextual de Longino, que entiende la ciencia como una actividad desarrollada por una comunidad cient&#xed;fica en contextos espec&#xed;ficos y mediatizada por supuestos de base o valores de trasfondo que, inevitablemente, llevan a se&#xf1;alar una relaci&#xf3;n entre los resultados obtenidos y la hip&#xf3;tesis formulada. Para Longino, el &#xfa;nico modo de enfrentar esta situaci&#xf3;n es hacerlos expl&#xed;citos. En l&#xed;nea con esta propuesta, G&#xf3;mez analiza las disciplinas biom&#xe9;dicas del XIX, en concreto, los estudios del cerebro y la inferioridad mental de la mujer formulada por Paul Moebius a finales de siglo, cuando la ciencia mostraba especial inter&#xe9;s por las diferencias entre hombres y mujeres y las consecuencias que de ellas se segu&#xed;an, hasta el punto que “las disciplinas biol&#xf3;gicas, m&#xe9;dicas y sociales se convirtieron en el fundamento &#xfa;ltimo de las afirmaciones normativas sobre las mujeres y su lugar en la sociedad dada su naturaleza” (p. 137). Los argumentos a favor de la inferioridad de la mujer, presentes en Darwin (1859), Spencer (1866) y los estudios de los fren&#xf3;logos de finales del siglo XVIII y principios del XIX -entre ellos, el establecimiento del &#xed;ndice cef&#xe1;lico por Anders Retzius (1840)-, que destacaron el mayor tama&#xf1;o y peso del cerebro de los hombres de raza blanca, son parcialmente retomados por Moebius en <italic>La inferioridad mental de la mujer</italic> (1900), basado en las investigaciones del anatomista Nikolaus R&#xfc;dinger. Moebius obvia las consideraciones anat&#xf3;micas y se centra en un an&#xe1;lisis de las diferencias psicol&#xf3;gicas y morales entre hombres y mujeres, el valor cient&#xed;fico de las cuales ya fue altamente cuestionado en su &#xe9;poca. Para G&#xf3;mez, las teor&#xed;as acerca de la inferioridad mental de la mujer son una clara muestra de los sesgos de contexto advertidos por Longino y siguen siendo claves en la interpretaci&#xf3;n de tipo determinista-biol&#xf3;gico de la homosexualidad y el lesbianismo. La autora apunta c&#xf3;mo la biolog&#xed;a ha seguido contribuyendo a la difusi&#xf3;n de visiones ideologizadas de las diferencias entre sexos, como en el caso de la lateralizaci&#xf3;n cerebral o la evoluci&#xf3;n.</p>
		<p>Es interesante constatar, con G&#xf3;mez, hasta qu&#xe9; punto el cuerpo femenino “reducido a hechos diferenciales espec&#xed;ficos de la biolog&#xed;a y la anatom&#xed;a” deviene el “campo de batalla de la definici&#xf3;n de la relaci&#xf3;n social b&#xe1;sica entre hombres y mujeres” (p. 159), pues ello lleva a establecer una conexi&#xf3;n entre los sesgos de g&#xe9;nero presentes en las ciencias biol&#xf3;gicas y la estructura social; v&#xed;nculo abordado en <italic>La perspectiva feminista en las ciencias sociales</italic> (2001). El texto relata los or&#xed;genes del enfoque de g&#xe9;nero en ciencias sociales e identifica dos sesgos androc&#xe9;ntricos que el an&#xe1;lisis de g&#xe9;nero deber&#xed;a atender: el de la realidad estudiada y el del investigador, que forma parte de la primera. De nuevo, el debate entre el posmaterialismo y el posmodernismo est&#xe1; presente. Destacan, de entre las observaciones de G&#xf3;mez, la voluntad de elaborar categor&#xed;as que puedan dar cuenta de las acciones y experiencias de las mujeres, nueva realidad a investigar, as&#xed; como la preocupaci&#xf3;n por el uso universalizador de la categor&#xed;a ‘mujer’ y la importancia, en este sentido, de explorar aquellos m&#xe9;todos que permitan situar al sujeto y al objeto de investigaci&#xf3;n en el mismo plano epistemol&#xf3;gico. </p>
		<p>En suma, el enfoque de G&#xf3;mez se articula entre dos ideas fundamentales. La primera, la constataci&#xf3;n emp&#xed;rica que parte de las disciplinas cient&#xed;ficas han actuado, por medio de la extrapolaci&#xf3;n inadecuada de respuestas a preguntas formuladas desde el prejuicio, como base legitimadora de un orden social que sit&#xfa;a a las mujeres en una situaci&#xf3;n de inferioridad. Segunda, la creencia de que el proyecto de una ciencia feminista -si pretende sustituir a la existente- debe poder justificar su superioridad en t&#xe9;rminos cient&#xed;ficos. A saber: si la mayor debilidad de la ciencia androc&#xe9;ntrica -aquella que permite impugnarla- es el hecho de estar atravesada de principio a fin por sesgos de contexto que se dan en el plano &#xe9;tico-pol&#xed;tico, su potencial superaci&#xf3;n no puede estar legitimada sobre la base de preceptos similares, aunque obedezcan a prop&#xf3;sitos m&#xe1;s virtuosos. Su propuesta pasa por vincular la objetividad no con el objetivismo de signo positivista, sino con la autoconciencia. La posibilidad de someter a examen hip&#xf3;tesis y metodolog&#xed;a, junto con la democratizaci&#xf3;n del acceso a la comunidad cient&#xed;fica ser&#xe1; fundamental: las claves para refundar la ciencia sin apelar a fundamentos extra-cient&#xed;ficos emanan, parad&#xf3;jicamente, de su dimensi&#xf3;n social. </p>
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