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					<subject>Cr&#xed;tica de Libros</subject>
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				<article-title>La tensi&#xf3;n y las querencias del camino</article-title>
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					<trans-title>Tensions and attachments of an intellectual journey</trans-title>
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		<p>Recoge Carlos G&#xf3;mez en <italic>El deber y la ilusi&#xf3;n</italic> un conjunto coherente de art&#xed;culos sobre los temas que indica su subt&#xed;tulo: la &#xe9;tica, la filosof&#xed;a pol&#xed;tica y las relaciones entre la filosof&#xed;a y la literatura. Es un libro que agrupa, como en una versi&#xf3;n para concierto, los desarrollos m&#xe1;s sinf&#xf3;nicos o sistem&#xe1;ticos que ha desarrollado en sus libros y que recorren su paisaje intelectual. Resuenan as&#xed; en esta recopilaci&#xf3;n: <italic>Freud, cr&#xed;tico de la ilustraci&#xf3;n</italic> (1998), <italic>Freud y su obra</italic> (2002) y sus libros sobre la filosof&#xed;a moral en <italic>Doce Textos fundamentales de la &#xc9;tica del siglo XX (</italic>2002) y <italic>La aventura de la moralidad. Paradigmas, fronteras y problemas de la &#xc9;tica,</italic> (2007) coeditado con J. Muguerza, y <italic>Jos&#xe9; Luis Aranguren: Filosof&#xed;a y vida intelectual</italic> (2010). Los trabajos aqu&#xed; recogidos abarcan una veintena de a&#xf1;os y no solo est&#xe1;n enlazados por los temas indicados, sino que pronto se perciben en ellos dos rasgos significativos. En primer lugar, muestran <italic>querencias</italic> intelectuales, referencias, que retornan en diferentes guisas y momentos y que se despliegan como hitos de un paisaje. Sobre el humus de la filosof&#xed;a moral espa&#xf1;ola, se&#xf1;aladamente Aranguren y Muguerza, pero tambi&#xe9;n tras un Ortega cuya sombra le ilumina, retornan los grandes focos atractores de Bloch, de Ricoeur o, de manera muy significativa y recurrente, de Kolakowski, quiz&#xe1; la figura cuya recuperaci&#xf3;n puede resultar m&#xe1;s sorprendente en estos tiempos olvidadizos. Y Freud siempre, como la lente indagadora del propio deseo y de la propia esperanza. Creo ser justo indicando que de nuestro grupo generacional, Carlos G&#xf3;mez ha sido quien m&#xe1;s ha cuidado la tradici&#xf3;n de la &#xe9;tica espa&#xf1;ola y uno de quienes mejor la ha reconstruido, no tanto atendiendo a sus geograf&#xed;as o sus sociolog&#xed;as, sino a sus sentidos y sus afectos; tambi&#xe9;n ha sido alguien que, como se muestra en las rese&#xf1;as que se recogen en la parte final del volumen, pero tambi&#xe9;n en multitud de referencias a lo largo del texto, m&#xe1;s atentamente ha dialogado con la filosof&#xed;a moral de su misma generaci&#xf3;n, como Savater o Victoria Camps. Pero no solo es la consideraci&#xf3;n de esta tradici&#xf3;n nuestra; la presencia de la filosof&#xed;a moral del tiempo, por ejemplo, en la discusi&#xf3;n de la &#xe9;tica discursiva de Habermas o con la m&#xe1;s larga honda de la filosof&#xed;a ilustrada, sobre todo de Rousseau, le&#xed;do desde Kant y desde Freud, son tambi&#xe9;n hitos de ese paisaje entre las que descuellan las querencias indicadas y donde encuentran su sentido. El conjunto de los veintitr&#xe9;s trabajos que recoge el libro de Carlos G&#xf3;mez dibuja, pues, un paisaje y un camino. Sus querencias van apareciendo a medida que esa senda se recorre y definen una &#xe9;poca, una tem&#xe1;tica y una mirada, sobre la que ahora retornar&#xe9;. Con un deje de melancol&#xed;a, no puedo resistir la sensaci&#xf3;n de que es un paisaje epocal, marcado por su tiempo. Pero me inquietar&#xed;a que esa marca de la historia dejara sin ser percibida la enfocada mirada que lo recorri&#xf3; y que lo sigue recorriendo en estos otros momentos m&#xe1;s contempor&#xe1;neos. Las querencias de Carlos G&#xf3;mez son, por ello, un alegato contra la obsolescencia, y un reclamo de la pausa y de la detenci&#xf3;n, del no apresuramiento, como lo es su paciente, callado, trabajo, que acumula saberes y lecturas. Es una mirada profesional que reclama atenci&#xf3;n, y que la merece. </p>
		<p>En efecto, quiz&#xe1; lo que explica o da sentido a esas querencias, o la fidelidad a ellas, es el tono mismo del pensamiento que se va mostrando. As&#xed;, en segundo lugar, junto a ellas el conjunto muestra una mirada filos&#xf3;ficamente unificadora. Sostiene Carlos G&#xf3;mez que el pensamiento normativo est&#xe1; atravesado de una <italic>tensi&#xf3;n</italic> que constituye el centro de la vida moral y de la vida pol&#xed;tica: la tensi&#xf3;n entre la mirada kantiana sobre la vida humana que descubre la dimensi&#xf3;n del deber, por una parte, y la ilusi&#xf3;n, no menos kantiana pero tal vez m&#xe1;s claramente blochiana, por otra, que abroquela la esperanza como dimensi&#xf3;n &#xfa;ltima del sentido de la vida moral. Esa tensi&#xf3;n -a veces contradictoria, a veces complementaria- requiere indagar, pues, qu&#xe9; hay de deber y qu&#xe9; hay de ilusi&#xf3;n en nuestros actos. En la manera en la que Carlos G&#xf3;mez lo entiende, y con un significativo apoyo en Muguerza y su imperativo de la disidencia, el deber aparece como convicci&#xf3;n moral y la ilusi&#xf3;n como la oposici&#xf3;n a la resignaci&#xf3;n que traer&#xed;a una esperanza que se hubiera declarado in&#xfa;til o enga&#xf1;osa. Con un preciso y envidiable don para la cita en todos los trabajos, esa tensi&#xf3;n se recoge en una menci&#xf3;n de Ortega, siempre tan ret&#xf3;ricamente eficaz, que invita a “que hagamos, siquiera por deber, lo que no logramos hacer por ilusi&#xf3;n”. La desnuda convicci&#xf3;n como compa&#xf1;era, pues, de una suerte de un anhelo no resignado. Esa tensa mirada se articula en el recorrido detallado de dos grandes espacios te&#xf3;ricos: el de la disidencia, que es el espacio de la convicci&#xf3;n, y el de la dimensi&#xf3;n de sentido, que lo es de la esperanza y de la utop&#xed;a, y que cabr&#xed;a resumir, entonces, en la pregunta ¿qu&#xe9; esperamos cuando disentimos? </p>
		<p>Se abre el volumen, precisamente, con lo primero: un recorrido detallado y preciso sobre la disidencia &#xe9;tica y la desobediencia civil en el que se reconstruyen los argumentos de la historia del problema partiendo de Thoreau, Rawls y Habermas, pero que concluye con una cuidada reconstrucci&#xf3;n de un debate relevante, el que tuvo lugar en la filosof&#xed;a moral y del derecho espa&#xf1;olas a finales del pasado siglo, sobre la obediencia al derecho y en el que las tesis de Felipe Gonz&#xe1;lez Vic&#xe9;n y de Javier Muguerza adquieren su sentido y su originalidad a la luz de esa historia anterior reconstruida. Los sentidos del deber y de la convicci&#xf3;n se concentran en la figura del disidente moral, una figura que retorna a lo largo del volumen en diversos momentos pero se&#xf1;aladamente en el tercer trabajo sobre la reivindicaci&#xf3;n de su conciencia moral en un giro que se piensa como superador de las cr&#xed;ticas a las sospechas sobre ella -de nuevo, la presencia de Freud es la m&#xe1;s relevante al lado de Marx y de Nietzsche- y de la dialogizaci&#xf3;n de la &#xe9;tica que se propuso por parte de la &#xe9;tica discursiva y con la que, como es bien conocido, tan fuertemente discuti&#xf3; Javier Muguerza en <italic>Desde la perplejidad.</italic>
		</p>
		<p>El segundo gran espacio de la tensi&#xf3;n, el de las dimensiones del sentido y de la esperanza que conlleva la conciencia moral disidente, est&#xe1; vinculado con la tambi&#xe9;n referida idea de ilusi&#xf3;n. Esta se refiere, entiendo, a la forma de la motivaci&#xf3;n de la acci&#xf3;n moral, pero aquellas dimensiones de sentido indican los contenidos y los objetivos de la vida moral. Creo no equivocar al lector si subrayo que estas dimensiones de sentido y de esperanza son el centro te&#xf3;rico del volumen en el que las querencias de Kant, de Bloch y de Kolakowski se hacen imprescindibles. Quiz&#xe1; pueda resumirse la tesis de Carlos G&#xf3;mez en la postulaci&#xf3;n de una esperanza -la tercera gran pregunta kantiana- que es consciente, primero, de su centralidad y que sabe, segundo, de sus sospechas y cr&#xed;ticas. Mencionar la esperanza -la m&#xe1;s enigm&#xe1;tica de las virtudes teologales que Kant integra en su proyecto cr&#xed;tico de los caminos de la raz&#xf3;n- abre la pregunta por el sentido a dos dimensiones de la vida de los humanos, a la religi&#xf3;n y a la historia. Carlos G&#xf3;mez hab&#xed;a frecuentado las relaciones entre filosof&#xed;a y religi&#xf3;n en diversos textos, como su primero sobre el te&#xf3;logo protestante J&#xfc;rgen Moltmann (<italic>Introducci&#xf3;n al pensamiento de J&#xfc;rgen Moltmann</italic>, 1987), un pensador cuya obra fundamental es, precisamente, sobre la teolog&#xed;a de la esperanza, y en <italic>&#xc9;tica y religi&#xf3;n. Una relaci&#xf3;n problem&#xe1;tica</italic> (1995). El tratamiento expl&#xed;citamente teol&#xf3;gico, o en el di&#xe1;logo de la &#xe9;tica con la religi&#xf3;n, no est&#xe1;, no obstante, en primer plano en el libro que comentamos, aunque sea uno de sus trasfondos. Lo que de la reflexi&#xf3;n sobre la esperanza -recordemos, el contenido de la ilusi&#xf3;n- est&#xe1; presente es m&#xe1;s bien su dimensi&#xf3;n hist&#xf3;rica, que aparece, en concreto, en diversos cap&#xed;tulos que recogen la discusi&#xf3;n sobre la esperanza y la utop&#xed;a. En su elogio f&#xfa;nebre de Kolakowski (“Leszek Kolakowski: la importancia de seguir pensando lo irresoluble”) no solo se recoge la apasionada y apasionante vida intelectual del fil&#xf3;sofo polaco, sino que se resalta que el pensar -por emplear el t&#xe9;rmino de Arendt- no se reconcilia con ni con los fracasos ni con las enso&#xf1;aciones de la raz&#xf3;n y permanece en el tiempo hist&#xf3;rico en forma de cr&#xed;tica. (Kolakowski tambi&#xe9;n resulta central en la reflexi&#xf3;n sobre la culpa, sobre la que regresar&#xe9; en un momento). Esta forma de subrayar el car&#xe1;cter hist&#xf3;rico del pensamiento -que aparece, incluso, en la reivindicaci&#xf3;n de Kant en “¿Por qu&#xe9; necesitamos todav&#xed;a a Kant?”- lleva a transitar de la esperanza teol&#xf3;gica a la esperanza secular en “La utop&#xed;a, entre la &#xe9;tica y la pol&#xed;tica”, un cap&#xed;tulo en el que ocupan el lugar de referencia no solo Kant sino, sobre todo, Bloch, pero un Bloch quiz&#xe1; ya m&#xe1;s pol&#xed;tico que metaf&#xed;sico. “[L]a posibilidad de una ilusi&#xf3;n no enga&#xf1;osa, la compatibilidad de la esperanza con lo objetual” (p. 144) vincula la no reconciliaci&#xf3;n de la raz&#xf3;n con el mundo torcido y con el fracaso con la postulaci&#xf3;n objetiva de otro curso del mundo. Como se formula: “Cuando el deseo de superaci&#xf3;n de un presente no cumplido accede a la raz&#xf3;n, se produce esperanza; cuando la esperanza se conjuga con las posibilidades reales objetivas que atraviesan la realidad, florece la utop&#xed;a” (p. 137). Creo percibir que estos tr&#xe1;nsitos hacia los espacios de la historia y sus dolencias traen a la tierra la discusi&#xf3;n de la esperanza y la transforman no ya en el sentido de la vida o de la raz&#xf3;n misma, sino en la necesidad de la cr&#xed;tica en el espacio social; son estos ya terrenos, pues, m&#xe1;s cercanos a la filosof&#xed;a pol&#xed;tica. Los acentos de Carlos G&#xf3;mez en las dimensiones cosmopolitas del pensamiento de Kant, en la lectura de la historia como una “utop&#xed;a horizontal”, en las palabras de Javier Muguerza que se recogen en una breve pero cautivadora entrevista con &#xe9;l, o en la articulada tensi&#xf3;n entre el individualismo y el cosmopolitismo que se recoge en una de las m&#xe1;s cabales semblanzas intelectuales de Muguerza, ponen sobre la tierra el “oficio del intelectual”, una caracterizaci&#xf3;n que Aranguren empleaba para pensar su propio trabajo tal como se recoge en otro cuidado y atento cap&#xed;tulo del volumen. </p>
		<p>Leer la ilusi&#xf3;n como no reconciliaci&#xf3;n con lo real en la forma de su cr&#xed;tica tal vez sea lo que permita que las sospechas contra las esperanzas enga&#xf1;osas puedan convertirse en aliadas mismas de la reflexi&#xf3;n. Es aqu&#xed; donde adquiere Freud su papel en el volumen. En dos magn&#xed;ficos cap&#xed;tulos por su cuidadas escritura y arquitectura, “Defensa de la compasi&#xf3;n, en contra de sus entusiastas” y “Labilidad de la culpa”, las sospechas contra los pliegues de esas emociones -positiva y negativa, por as&#xed; llamarlas- encuentran en Freud, aunque no solo en &#xe9;l, un terreno de prueba, pero tambi&#xe9;n una aportaci&#xf3;n. Tambi&#xe9;n aqu&#xed; se deja percibir el giro -llam&#xe9;moslo postmetaf&#xed;sico- del libro, pues frente a una concepci&#xf3;n de arrojamiento en la culpa, o frente a la compasi&#xf3;n como una emoci&#xf3;n sospechosa por su narcisismo, se nos sugiere que pensar la culpa como responsabilidad por la asunci&#xf3;n del da&#xf1;o realizado y pensar la compasi&#xf3;n incluso desde la com&#xfa;n vulnerabilidad -algo que el cap&#xed;tulo sobre ella no acaba de precisar, pues m&#xe1;s bien dialoga con la &#xe9;tica del amor propio que Savater recupera de Rousseau- permiten pensar esas dimensiones de la vida moral en el terreno de las vidas humanas no logradas y fracturadas. </p>
		<p>La afinidad con la conciencia resistente y disidente que antes se indic&#xf3; y este traslado de la esperanza a su lugar, la tierra y la historia, resalta lo que de pol&#xed;tico y ubicado tiene el pensamiento, un tema que se recoge de manera expl&#xed;cita en el comentario a diversas obras, como las de Foucault y Antonio Garc&#xed;a Santesmases, ente otras. Pero esa dimensi&#xf3;n pol&#xed;tica no lo agota ni define. El volumen recoge diversos trabajos -y en cierto sentido esta dimensi&#xf3;n est&#xe1; presente en todo &#xe9;l- sobre la mirada narrativa constitutiva de la vida moral; as&#xed;, por ejemplo, en las semblanzas de las figuras de querencia que hemos indicado. Pero de manera espec&#xed;fica, varios cap&#xed;tulos recogen la reflexi&#xf3;n sobre el sentido del relato de la propia vida: de la mano de Aranguren, esta vida aparece como narraci&#xf3;n viva, de la de Freud el lugar que Cervantes tiene en la formaci&#xf3;n del psicoan&#xe1;lisis, y, en un preciso relato sobre la imposible satisfacci&#xf3;n de <italic>Emma Bovary</italic>, los pliegues del propio deseo y de sus fantas&#xed;as. O, en un sereno cap&#xed;tulo sobre Ortega -el m&#xe1;s reciente- sobre el pensamiento y el paisaje, se percibe que este camino que el libro mismo practica no ficciona ni nuestro movimiento ni dibuja en la fantas&#xed;a el horizonte recorrido. No son los pasos del <italic>Moonwalk</italic> de Michael Jackson, que bailando retrocede, ni es el correr inm&#xf3;vil de la Reina Roja. Es un movimiento real, siempre abierto a las contingencias, a las paradas y a la mirada que se detiene a ponderar la ruta recorrida. As&#xed; entiendo este volumen de Carlos G&#xf3;mez: el relato de un camino que se suspende en algunos momentos para entenderse, comprendiendo que sus ilusiones no son ilusorias, que sus convicciones no son empecinamientos y que sus pliegues y oscuridades no son cegueras. Como queda apuntado, el relato de estos relatos se hace en compa&#xf1;&#xed;a. Es el recorrido de un transitado paisaje con figuras que le son centrales: Bloch y la utop&#xed;a, Freud y una cierta amarga concepci&#xf3;n de lo humano, Ricoeur como compa&#xf1;ero hermen&#xe9;utico, Kolakowski como testimonio, Muguerza como el compa&#xf1;ero del que se disiente (y no solo que disiente). Reconoci&#xe9;ndoles a todos sus verdades no siempre compatibles pero sorprendente y coherentemente de la mano. </p>
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