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					<subject>Cr&#xed;tica de Libros</subject>
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				<article-title>Ortega y Leibniz</article-title>
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		<p>El CSIC y la Fundaci&#xf3;n Ortega y Gasset - Gregorio Mara&#xf1;&#xf3;n, gracias al gran trabajo de Javier Echeverr&#xed;a, han vuelto a llevar a las librer&#xed;as <italic>La idea de principio en Leibniz y la evoluci&#xf3;n de la teor&#xed;a deductiva</italic> y <italic>Del optimismo en Leibniz</italic>. Ambos textos aparecen tal cual est&#xe1;n recogidos en el tomo 8 de las <italic>Obras completas</italic> del fil&#xf3;sofo madrile&#xf1;o. No se trata, por tanto, de una edici&#xf3;n cr&#xed;tica, sino de una ampliaci&#xf3;n, como indica su responsable. Su novedad reside en la puesta a disposici&#xf3;n del p&#xfa;blico de 587 notas de trabajo de Ortega, cuidadosamente ordenadas, indexadas y anotadas, junto con reproducciones facsimilares de partes de sus manuscritos y algunas fotograf&#xed;as del Archivo Ortega y Gasset. El volumen se completa con tres valiosos estudios introductorios: uno de Jaime de Salas, que sit&#xfa;a las dos obras en cuesti&#xf3;n dentro de la vida y la producci&#xf3;n de su autor; otro de Concha Rold&#xe1;n, que proporciona un completo contexto hist&#xf3;rico y filos&#xf3;fico; y un tercero del propio Javier Echeverr&#xed;a, que nos permite conocer en detalle la intrahistoria de los textos, el modo de trabajo de Ortega y su relaci&#xf3;n con Leibniz.</p>
		<p>En esta edici&#xf3;n, de aspecto austero pero de contenido lujoso, el gusto por el detalle (tanto del autor como del editor) se hace patente a cada paso y, cuando se da el &#xfa;ltimo, se tiene la sensaci&#xf3;n de haber entrado en la verdadera intimidad de Ortega, lo mismo por lo que hace expl&#xed;cito como por lo que deja abiertamente sin decir; o, lo que es igual, tanto por el contenido de los textos originales como por los suplementos que incorpora, y que la enriquecen e iluminan muy significativamente.</p>
		<p>Sobre <italic>La idea de principio en Leibniz</italic> se ha escrito en numerosas ocasiones, y poco se puede a&#xf1;adir aqu&#xed;. Su car&#xe1;cter inconcluso obedece, adem&#xe1;s de a la falta de ocasi&#xf3;n para cerrarla, a la convivencia de distintos niveles de reflexi&#xf3;n y varios hilos argumentales que no se dejan entrelazar en un solo relato. Su formato tentativo permite a quien lee la obra interpretarla seg&#xfa;n cualquiera de sus m&#xfa;ltiples resonancias. En todo caso, se trata de un escrito clave en la producci&#xf3;n orteguiana. As&#xed; se percibi&#xf3; ya cuando se public&#xf3; en 1958, como consta en la rese&#xf1;a que Gustavo Bueno elabor&#xf3; para la <italic>Revista de Filosof&#xed;a</italic> (68, pp. 103-111) del Instituto &#x201c;Luis Vives&#x201d; del CSIC y que apareci&#xf3; a comienzos del a&#xf1;o siguiente. La importancia de <italic>La idea de principio&#x2026;</italic> no reside, desde luego, en lo que cuenta de Leibniz, que al cabo no es mucho, como es bien sabido, sino en la condensaci&#xf3;n de las investigaciones e intenciones filos&#xf3;ficas de su autor. Las p&#xe1;ginas de esta obra constituyen una rara combinaci&#xf3;n de densidad y fluidez, que exige familiaridad con Euclides, Plat&#xf3;n, Arist&#xf3;teles, Su&#xe1;rez, Descartes, Cassirer, Husserl, Heidegger&#x2026; y, por su puesto, el propio Leibniz. Es evidente que Ortega se estaba dirigiendo a su p&#xfa;blico m&#xe1;s versado en filosof&#xed;a. Y a este p&#xfa;blico le env&#xed;a un mensaje sonoro, aunque tambi&#xe9;n parcialmente cifrado.</p>
		<p>Atendiendo a la lista de problemas y conceptos que aborda, <italic>La idea de principio en Leibniz</italic> podr&#xed;a catalogarse como una obra de filosof&#xed;a de la ciencia. De hecho, no ser&#xed;a descabellado aseverar que, junto con <italic>En torno a Galileo</italic>, constituye la fuente m&#xe1;s apropiada para conocer la filosof&#xed;a de la ciencia de Ortega. Esta filosof&#xed;a de la ciencia est&#xe1; preocupada, sobre todo, por el problema de la verdad, entendida como el encaje de l&#xf3;gica y realidad, de ciencia y mundo, de lenguaje y referencia&#x2026; </p>
		<p>Pero quedarnos en la filosof&#xed;a de la ciencia ser&#xed;a cercenar el alcance del texto, que puede leerse adem&#xe1;s como una justificaci&#xf3;n de la filosof&#xed;a en general. Como fruto de su tiempo, Ortega no puede dejar de reaccionar ante el empuje neopositivista, espoleado por el espectacular desarrollo de las ciencias que tiene lugar en la segunda mitad del s. XIX y las primeras d&#xe9;cadas del XX. El deslumbramiento que las ciencias y las t&#xe9;cnicas provocan entonces le compele a afirmar un lugar propio de la filosof&#xed;a sin separarla de los avances cient&#xed;ficos, adoptando una posici&#xf3;n (&#xa7;5) que en cierta medida anticipa la de Kuhn. Al mostrar que tambi&#xe9;n la l&#xf3;gica o la matem&#xe1;tica se sustentan sobre una base de creencias, no sobre evidencias propiamente dichas, nuestro autor abre la puerta incluso al sociologismo que aparecer&#xe1; unos a&#xf1;os m&#xe1;s tarde. Pero Ortega no estar&#xed;a c&#xf3;modo en &#xe9;l. Sus referencias se mantienen conscientemente dentro de la ciencia y la filosof&#xed;a modernas, cartesiano-newtonianas. Este es el marco que la obra quiere ocupar, enriqueci&#xe9;ndolo sin forzarlo ni desbordarlo. La modernidad de este armaz&#xf3;n no es, sin embargo, la as&#xe9;ptica y pol&#xed;tico-teol&#xf3;gica que Toulmin describi&#xf3; en su <italic>Cosmopolis</italic>, sino la modernidad leibniciana, adisciplinar, implicada y vital, que no duda que hay todo un mundo que puede, no ya conocerse, sino mejorarse con verdad. </p>
		<p>El proyecto moderno-ilustrado da tambi&#xe9;n forma a los espacios urbanos y nacionales en que Ortega se desenvuelve. Es posible que la de Ortega fuera una de las &#xfa;ltimas obras escritas para una comunidad filos&#xf3;fica propiamente dicha, cosmopolita (fundamentalmente europea), rota con la II Guerra Mundial y, como tal comunidad, perdida hasta el d&#xed;a de hoy. En el momento en que se escribe <italic>La idea de principio&#x2026;</italic> no es demasiado relevante hacerlo en Lisboa, en El Escorial o en Hannover; no importa gran cosa si se hace en espa&#xf1;ol, franc&#xe9;s, ingl&#xe9;s, alem&#xe1;n, italiano o, llegado el caso, en lat&#xed;n. Y, sin embargo, la importancia de la circunstancia, que Ortega subraya como quien m&#xe1;s, acaba fondeando su contribuci&#xf3;n en el puerto de lo espa&#xf1;ol. Contra esto se rebela Ortega, y cabe leer <italic>La idea de principio</italic>&#x2026; como una justificaci&#xf3;n de su trayectoria filos&#xf3;fica y vital, que no quiere sujetarse a l&#xed;mites geogr&#xe1;ficos, sino recorrer en toda su amplitud el continente filos&#xf3;fico. Esta clave interpretativa se manifiesta en la amargura de la nota 445, que no lleg&#xf3; al texto finalmente publicado: </p>
		<disp-quote>
			<p>Dedico este libro a los tontainas de toda especie, pa&#xed;s y condici&#xf3;n, incluso disc&#xed;pulos m&#xed;os, que desde hace un cuarto de siglo discuten en el casino de pueblo, que es su vida de intelectuales, si soy yo un fil&#xf3;sofo o un literato y si, fil&#xf3;sofo, tengo una filosof&#xed;a. Agradezcan, adem&#xe1;s, que no inserte aqu&#xed; la lista de sus nombres para que las gentes supieran qu&#xe9; nombres gustan los est&#xfa;pidos.</p>
		</disp-quote>
		<p>Pese a este atisbo de resentimiento que se guard&#xf3; para s&#xed;, si hay algo que caracteriza la concepci&#xf3;n orteguiana del quehacer filos&#xf3;fico, es la jovialidad. Este car&#xe1;cter alegre, deportivo, de la filosof&#xed;a es quiz&#xe1; una de las mayores aportaciones que puede hacernos hoy esta obra del autor madrile&#xf1;o. Ni la solemnidad, ni la tragedia, ni el combate, ni ning&#xfa;n laberinto subjetivo dominan el trabajo filos&#xf3;fico de Ortega, sino su empuje jupiterino. <italic>La idea de principio en Leibniz</italic> no es un libro pol&#xe9;mico (aunque ataque, sobre todo en el cap&#xed;tulo 31, a ciertos fil&#xf3;sofos): defiende el ejercicio filos&#xf3;fico sin por ello cuestionar el cient&#xed;fico ni menospreciar otras actividades humanas. Se deja ver que Ortega disfrut&#xf3; elabor&#xe1;ndolo, precisamente a trav&#xe9;s del rigor.</p>
		<p>Con todo, el gran esfuerzo de Ortega se queda, y &#xe9;l lo sabe, lejos de una perfecci&#xf3;n inasequible. Este es el asunto de su discurso <italic>Del optimismo en Leibniz,</italic> que acompa&#xf1;a la obra principal de esta edici&#xf3;n: ni lo mejor posible puede escapar al defecto, al mal. El optimismo orteguiano, como el de Leibniz, no es el de la sonrisa inmarcesible, sino el del trabajo sin tregua, que conf&#xed;a en la bondad de la raz&#xf3;n sin esperar que su potencia pueda alejar todo sufrimiento.</p>
		<p>Quiz&#xe1; los rasgos de Leibniz que Ortega destaca en su discurso sobre el optimismo del bibliotecario de Hannover fueran aquellos a los que &#xe9;l mismo aspiraba. Y ciertamente la voluntad integradora (no ecl&#xe9;ctica, como subraya con insistencia), tan leibniciana, puede encontrarse en esta obra. Tambi&#xe9;n la idea de que ella es el resultado de una circunstancia. Y la circunstancia de Ortega no es tan distinta de la de Leibniz: un mundo que est&#xe1; lejos de aquello a lo que aspira, pero al que tiempo despu&#xe9;s se le atribuye haber estado cerca de alcanzarlo. La sinraz&#xf3;n guerrera que turb&#xf3; a Leibniz es comparable a la que ensombreci&#xf3; como nunca los tiempos de Ortega; el deseo de encontrarse en la antesala de la gran (re)conciliaci&#xf3;n europea, si no occidental, y la creencia de que la filosof&#xed;a (entendida como un ejercicio que se realiza en conjunci&#xf3;n con lo que hoy llamamos ciencias) puede contribuir decisivamente a ello, tambi&#xe9;n. No es esta mala lectura para modular los pensamientos dominantes en estos tiempos de pandemias, y no solo v&#xed;ricas.</p>
		<p>Las notas, las fotograf&#xed;as y la lista de las obras anotadas por Ortega que se nos ofrecen nos hacen ver su producci&#xf3;n en proceso, cual visitantes de su laboratorio conceptual. De ah&#xed; que podamos decir que nos abren una ventana a la intimidad filos&#xf3;fica de Ortega, que no es distinta de su intimidad sin m&#xe1;s. Los textos publicados son siempre destilados de intentos previos, de nubes de ideas que acaban divididas entre las que se descartan, las que se mantienen pero se ocultan y las que finalmente se someten a exposici&#xf3;n p&#xfa;blica. Estas &#xfa;ltimas son siempre accesibles. Los otros dos tipos, raramente. Esta edici&#xf3;n nos otorga el privilegio de percibirlas. Al final del volumen, entre las fotograf&#xed;as que lo ilustran, aparecen dos de un apret&#xf3;n de manos entre Ortega y Heidegger que tuvo lugar el 5 de agosto de 1951. En una de ellas, la original, aparece contemplando el saludo una mujer, cuya imagen el fot&#xf3;grafo, Peter Ludwig, ha suprimido en la otra para dejar a los dos fil&#xf3;sofos a solas delante de un adusto cortin&#xf3;n. Este intento de cerrar artificiosamente una lectura mediante adulteraci&#xf3;n no puede ser m&#xe1;s contrario a la propuesta de Ortega. La edici&#xf3;n que aqu&#xed; se presenta, por el contrario, es ella misma lebiniciana y orteguiana, pues desvela la circunstancia de la obra, aclarando as&#xed; hasta qu&#xe9; punto su forma imperfecta obedece a un principio de raz&#xf3;n y por qu&#xe9; el texto que result&#xf3; finalmente posible debe contemplarse como el mejor.</p>
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