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				<journal-title>Isegor&#xed;a</journal-title>
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					<subject>Cr&#xed;tica de libros</subject>
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				<article-title>Tocqueville en el sal&#xf3;n de los pasos perdidos. Rese&#xf1;a de: Mar&#xed;a Jos&#xe9; Villaverde Rico, <italic>Tocqueville y el lado oscuro del liberalismo</italic>, Madrid, Guillermo Escolar editor, 2022</article-title>
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					<trans-title>Tocqueville in the hall des pas perdus. Review of: Mar&#xed;a Jos&#xe9; Villaverde Rico, <italic>Tocqueville y el lado oscuro del liberalismo</italic>, Madrid, Guillermo Escolar editor, 2022</trans-title>
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		<p>A lo largo de su historia, la pol&#xed;tica francesa ha generado, junto a ciertos discursos, lugares para simbolizarlos que ha legado al imaginario colectivo occidental como quiz&#xe1; ninguna otra naci&#xf3;n y lengua: Versalles y La Bastilla, los <italic>parliaments</italic> y el <italic>Jeu de Paume</italic>, la Comuna y Vichy son lugares (como lo es el no-lugar de Mayo del 68) que designan para nosotros fragmentos de ese discurso que pueden servirnos para aludir a otros de la realidad presente sin necesidad de explicar demasiado al auditorio lo que queremos decir. Debo reconocer que mi preferido, la <italic>Salle des pas perdus</italic>, no est&#xe1; entre los m&#xe1;s famosos ya citados, seguramente por su capacidad para transformarse con el devenir del tiempo. Aunque en esencia no ha dejado nunca de ser la sala de espera por antonomasia, la del poder, fue primero, cuando ese poder se hac&#xed;a efectivo en los palacios de justicia, vest&#xed;bulo situado a la entrada del tribunal, donde los reos esperaban nerviosos la sentencia o los letrados cerraban sus acuerdos de &#xfa;ltima hora; mientras que despu&#xe9;s fue la antesala de la c&#xe1;mara de la soberan&#xed;a popular, lugar de tr&#xe1;nsito de sus portavoces (algunos quieren que de definitivo descanso para quienes no alcanzaban la elecci&#xf3;n) o de encuentro de invitados y pedig&#xfc;e&#xf1;os. </p>
		<p>Un camino, por cierto, muy similar al que sigui&#xf3; el propio Tocqueville, que pas&#xf3; de la magistratura a la pol&#xed;tica.</p>
		<p>La profesora Mar&#xed;a Jos&#xe9; Villaverde nos presenta en su &#xfa;ltimo libro a un Tocqueville inmerso en ese ambiente de inquietud, de atenta espera. &#xc9;l, un prohombre del r&#xe9;gimen que hab&#xed;a conseguido institucionalizar <italic>l&#x2019;esprit de la R&#xe9;volution</italic>; &#xe9;l, el pensador por antonomasia de las virtudes de la democracia moderna y profeta de los defectos que estaba condenada a padecer, se pasea como un le&#xf3;n de un lado a otro de la sala esperando el veredicto (&#xbf;definitivo?) de la academia que le impida o le permita seguir nutriendo la reflexi&#xf3;n p&#xfa;blica sobre la pol&#xed;tica e incluso formar parte de nuestros afectos en la intimidad de las bibliotecas. La coyuntura presente de nuestro pensar. Y descubrimos en su autora, que no oculta al lector -y desde el principio, adem&#xe1;s- su afici&#xf3;n por Tocqueville, a una tenaz abogada defensora que se ha preparado a conciencia el caso. A lo largo de las p&#xe1;ginas del libro aborda los dos puntos de su acci&#xf3;n pol&#xed;tica y su escritura que han determinado el presente cambio en su reputaci&#xf3;n: ciertas carencias de su abolicionismo y su apoyo a la invasi&#xf3;n francesa del norte de &#xc1;frica. Para hacerlo, no ahorra al lector ninguna de las cr&#xed;ticas de que ha sido objeto el acusado y discute los argumentos detr&#xe1;s de cada una de ellas con un conocimiento de su obra que no desmerece del de ninguno de los especialistas que comparecen en estas p&#xe1;ginas y la contextualiza con una documentaci&#xf3;n de la &#xe9;poca que estos no siempre tienen presente.</p>
		<p>A cada uno de esos puntos dedica una parte del libro. Al del racismo, la primera, compuesta por tres cap&#xed;tulos. En ella, anunciando el m&#xe9;todo compositivo que adopta en el conjunto del libro, Villaverde Rico introduce el tema mediante el estudio de las reflexiones que movi&#xf3; en Tocqueville el desprecio por los indios y sus formas de vida que comprob&#xf3; en los angloamericanos durante su estancia en Norteam&#xe9;rica: hay en sus escritos empat&#xed;a y consciencia de la tragedia a punto de consumarse con aquellos pueblos. El v&#xed;nculo de este cap&#xed;tulo con los otros dos, que componen el grueso de la primera parte, parece inspirado por el paradigma lascasiano negrolegendario que tan bien conoce la autora y seg&#xfa;n el cual el dominico espa&#xf1;ol habr&#xed;a defendido a los ind&#xed;genas americanos a cambio de promover la importaci&#xf3;n de mano de obra esclava africana. Que no sea cierto no impide que sea m&#xe1;s conocido que la matizada verdad. Para atajar esta deriva en el caso de Tocqueville, la profesora Villaverde, tras presentar sus propuestas abolicionistas (ciertamente hechas en funci&#xf3;n del impacto econ&#xf3;mico y pol&#xed;tico que podr&#xed;an tener, no en el vac&#xed;o de la p&#xe1;gina en blanco), aporta un pormenorizado estudio de la fluctuante relaci&#xf3;n que le uni&#xf3; a Gobineau, con lo que aborda el asunto de los principios desde los cuales pensaba la cuesti&#xf3;n racial Tocqueville.</p>
		<p>Este &#xfa;ltimo cap&#xed;tulo resulta, en mi opini&#xf3;n, el m&#xe1;s interesante de la primera parte. Y no solo porque ofrezca al lector una informaci&#xf3;n que no va a poder encontrar en ninguna otra publicaci&#xf3;n espa&#xf1;ola. Con su incorporaci&#xf3;n al libro, la autora nos llama a pararnos a pensar sobre la actual coyuntura de la historia del pensamiento: la persistencia de Tocqueville en la relaci&#xf3;n con su secretario de gabinete, el conde de Gobineau, aun despu&#xe9;s de publicar este el influyente <italic>Ensayo sobre la desigualdad de las razas</italic> resulta ya prima facie sospechosa, necesaria de aclaraci&#xf3;n. Aunque es sabido el malestar que produjeron en Tocqueville las opiniones que su antiguo subordinado verti&#xf3; en su <italic>Essai</italic> (algo de lo que queda constancia -se encarga de recalcar la profesora Villaverde con diferentes testimonios- en su correspondencia personal y que hizo llegar circunstanciadamente y por extenso al interesado), la ausencia de gesticulaci&#xf3;n p&#xfa;blica, de un acto definitivo de rechazo, parece susceptible de mover hoy a la sospecha sobre la aut&#xe9;ntica posici&#xf3;n de Tocqueville en torno al racismo. La amistad o al menos el afecto y la gratitud por el servicio prestado parece un espacio intelectualmente contagioso, determinante para la transferencia de un mal que acaso solo parezca latente, pero que no deja de ser visible para los cr&#xed;ticos m&#xe1;s penetrantes. La l&#xf3;gica amigo/enemigo proyectada hacia el estudio del pasado parece que debe arrojar ahora o aguerridos resistentes o lacayunos colaboracionistas por acci&#xf3;n, omisi&#xf3;n, silencios, matices o ambig&#xfc;edades. Y habitualmente es dif&#xed;cil alcanzar los est&#xe1;ndares de resistencia de la actual intelectualidad reinante o sus derivados -a toro pasado y sobre el papel-. Y aqu&#xed; Mar&#xed;a Jos&#xe9; Villaverde tiene el valor de presentar los intercambios de parecer de aquellos dos pensadores sin condenarlos a priori y sin temor a contagiarse por el m&#xe1;s limitado de ellos, lo que le honra. Sobre todo, en estos tiempos.</p>
		<p>La segunda parte del libro, muy ingeniosamente dispuesta como digo, bordar, en el pensamiento y la acci&#xf3;n pol&#xed;tica de Tocqueville, la colonizaci&#xf3;n francesa de lo que empezaban a llamar Argelia. El ingenio se debe a la fuerza argumentativa de la disposici&#xf3;n: establecida en la primera parte del libro la ausencia de cualquier motivaci&#xf3;n en clave racista que pudiera justificar su apoyo al avance sobre el terreno del ej&#xe9;rcito, en muchos momentos obtenido por medios innecesarios y de una crueldad inaudita (matanzas sistem&#xe1;ticas de poblaci&#xf3;n civil desarmada mediante un primitivo sistema de gaseado), esta segunda parte se las tiene que ver con el esclarecimiento de ese &#xab;lado oscuro del liberalismo&#xbb; del t&#xed;tulo, oscuridad que en este punto -como sugiere tambi&#xe9;n su portada- adquiere todo su sentido, que a priori no deber&#xed;a serlo tanto con aquel precedente. El esfuerzo de la autora en esta segunda parte se puede considerar condensada en tres preguntas: &#xbf;hasta qu&#xe9; punto compart&#xed;a Tocqueville el uso de aquellos m&#xe9;todos? &#xbf;Cu&#xe1;les eran las razones de su apoyo a dicha invasi&#xf3;n? Y, finalmente, en qu&#xe9; medida su posici&#xf3;n es excepcional o forma parte de la regla dentro del contexto de la opini&#xf3;n de sus d&#xed;as. Las dos primeras las resuelve de modo similar a como la bibliograf&#xed;a m&#xe1;s seria que cita lo hab&#xed;a hecho ya, si bien lo hace rebajando las tintas que se han venido cargando contra Tocqueville: este no aprobaba el enfrentamiento b&#xe9;lico ni mucho menos los m&#xe9;todos m&#xe1;s salvajes que hab&#xed;an llegado a conocerse, pero razones de &#xed;ndole econ&#xf3;mica y pol&#xed;tica -como ya le sucediera al plantear c&#xf3;mo deb&#xed;a concretarse en la pr&#xe1;ctica la abolici&#xf3;n de la esclavitud- le llevaban a defender el valor de aquella &#xab;misi&#xf3;n civilizadora&#xbb; (clich&#xe9; de la &#xe9;poca que adopta en toda su amplitud y que se explica en el texto), que deb&#xed;a arrostrar con la carga de violencia a la que consideraba que no hab&#xed;a alternativa hasta cierto punto siempre de dif&#xed;cil precisi&#xf3;n. Y, a la tercera pregunta, la profesora Villaverde responde que el nacionalismo, el colonialismo y el imperialismo no estaban m&#xe1;s acusados o eran m&#xe1;s crueles en &#xe9;l que en su amigo J. Stuart Mill (servidor de la Compa&#xf1;&#xed;a de las Indias Orientales que comparece en estas p&#xe1;ginas por su desencuentro con el franc&#xe9;s por la cuesti&#xf3;n colonial, donde los intereses de sus dos pa&#xed;ses estaban en competencia) o, en sus tierras, en sus contempor&#xe1;neos de izquierda Proudhon y Blanc o los disc&#xed;pulos de Fourier y Saint-Simon, a los que se podr&#xed;a a&#xf1;adir el joven Marx (en Alemania, pero influido por los acontecimientos franceses).</p>
		<p>Este recorrido que nos propone la autora por todo el espectro ideol&#xf3;gico surgido de la Revoluci&#xf3;n francesa aquejado de unos mismos males -ciertamente, no trazado de una manera sistem&#xe1;tica en el libro- nos invita a reflexionar ahora sobre si lo que se llama eurocentrismo, la ideolog&#xed;a euroc&#xe9;ntrica contra la que dicta sentencia la actual cr&#xed;tica del pasado en la historia del pensamiento (marcada a diestro y siniestro por los jalones de la ejercida sobre Tocqueville por Todorov diez a&#xf1;os despu&#xe9;s y sobre la estela de la de Edward Said sobre Marx), no ser&#xe1; una forma de intentar salvar los muebles de la Ilustraci&#xf3;n como madre intelectual de la praxis pol&#xed;tica de ra&#xed;z revolucionaria que se critica. La profesora Villaverde juega aqu&#xed; sus cartas: plantea lo uno y lo otro, teor&#xed;a y praxis, como elementos en &#xab;tensi&#xf3;n&#xbb; (p. 177), el que se encarna en el - llam&#xe9;moslo as&#xed;- Tocqueville bueno (el te&#xf3;rico de la democracia desde la experiencia norteamericana que defiende a los indios y la abolici&#xf3;n de la esclavitud) y el que lo hace en el malo (el que apoya la invasi&#xf3;n de Argelia consciente de su horrible coste y m&#xe9;todo y la competencia con Gran Breta&#xf1;a en la escalada colonial), y apuesta por dejar que ambos se expresen, que muestren sus fortalezas y debilidades, frente a la tendencia actual (de nuevo, el paradigma del colaboracionismo) seg&#xfa;n la cual el contacto del uno con el otro har&#xed;a inservible al conjunto.</p>
		<p>Y as&#xed; concluye cuando, a mi modo de ver, es precisamente un autor franc&#xe9;s como Tocqueville el que nos permite apreciar de una manera m&#xe1;s n&#xed;tida que otros el estrecho v&#xed;nculo entre el nacionalismo y el universalismo modernos; o, si se prefiere, que el nacionalismo es una consecuencia l&#xf3;gica de la universalidad en la medida en la que &#xe9;sta se d&#xe9; por encarnada en la Revoluci&#xf3;n (ya sea francesa o rusa) como el Acontecimiento. Y, por lo tanto, como forma moderna de mesianismo. Con una evidente diferencia con aquel otro con el que compite hist&#xf3;ricamente, el evang&#xe9;lico: que, en cuanto versi&#xf3;n pol&#xed;tica del mismo, exige hacerse desde las instituciones pol&#xed;ticas y sus medios; desde arriba, por as&#xed; decirlo. Lo que genera la sensaci&#xf3;n -muy palpable en muchas de las palabras de Tocqueville que recogen las p&#xe1;ginas de este libro- de un hegemonismo nato: &#xbf;qu&#xe9; puede fallar si poder y verdad, esa alianza dada en el imaginario occidental moderno en el dios Estado, van de la mano? Pero falla: las tribus argelinas no cayeron de rodillas a la vista de aquellas prendas y aquellos modales, y les cost&#xf3; d&#xe9;cadas hacerlo bajo la artiller&#xed;a. Y, ante estos fallos (la necesaria contradicci&#xf3;n de la teor&#xed;a por parte de la praxis, la consecuencia del mal menor y de los da&#xf1;os colaterales), no puede parar, pues no solo se mide diacr&#xf3;nicamente con el milagro evang&#xe9;lico, sino sincr&#xf3;nicamente -entonces y ahora- con otros pretendidos adalides de la civilizaci&#xf3;n (como se aprecia notablemente en el libro gracias al estudio de su pol&#xe9;mica con Stuart Mill, incapaz de apreciar, al parecer, por su condici&#xf3;n inglesa, la &#xab;abnegaci&#xf3;n&#xbb; del colonialismo galo): solo el verdadero universalismo alcanzar&#xe1; como merece el poder global, pues toda revoluci&#xf3;n con valor de Acontecimiento (sea la Gloriosa, la Francesa, la Rusa) es inconcebible sin su lucha exterior, que nace de la fuerza expansiva de sus ideas.</p>
		<p>Con todo y con eso, no podemos dejar de admirar, una vez m&#xe1;s a trav&#xe9;s de este libro, a quien, a pesar de lo confundido y contradictorio que nos pueda parecer, se tom&#xf3; la molestia de argumentar y respaldar con palabras sus opciones, por defender hasta el &#xfa;ltimo aliento su opini&#xf3;n (que decae mucho all&#xed; donde hace suyas razones de otros, donde la pereza o el temor le hacen ceder y no ir m&#xe1;s all&#xe1;, plantearse otras preguntas, ir al fondo de los asuntos por su veneraci&#xf3;n de ciertos &#xed;dolos -la naci&#xf3;n, la <italic>grandeur</italic>, la civilizaci&#xf3;n-). Cuando m&#xe1;s se tom&#xf3; en serio, a fin de cuentas, eso de ser ilustrado y liberal, que no reside tanto en tener unas ciertas ideas o en presentarse como impoluto medio entre los desagradables extremos, como en no dejar de cuestionar nunca las ideas que se reciben y en tener el valor de arrostrar las consecuencias que se deriven de ello. Y por ello no me queda m&#xe1;s que dar la enhorabuena a la autora, por proponernos con valent&#xed;a este viaje al coraz&#xf3;n de unas tinieblas que son todav&#xed;a nuestras.</p>
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