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					<subject>Cr&#xed;tica de libros</subject>
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				<article-title>Fracaso moral y deserci&#xf3;n. Rese&#xf1;a de: Francisco Pere&#xf1;a, <italic>El fracaso moral de la Humanidad. Di&#xe1;logo abierto con Plat&#xf3;n, Kant, Schopenhauer y Wittgenstein</italic>, Madrid, S&#xed;ntesis, 2022</article-title>
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					<trans-title>Moral failure and desertion. Review of: Francisco Pere&#xf1;a, <italic>El fracaso moral de la Humanidad. Di&#xe1;logo abierto con Plat&#xf3;n, Kant, Schopenhauer y Wittgenstein</italic>, Madrid, S&#xed;ntesis, 2022</trans-title>
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		<p>Wittgenstein ten&#xed;a aprecio por Freud. Lo consideraba alguien &#xab;que tiene algo que decir, incluso cuando se equivoca&#xbb;. (<xref ref-type="bibr" rid="B5">Wittgenstein 2000, p. 47</xref>) A la vez, juzgaba como muy da&#xf1;ina la enorme influencia del psicoan&#xe1;lisis en Norteam&#xe9;rica y Europa. Para aprender de Freud, a&#xf1;ad&#xed;a, hay que ser cr&#xed;tico con &#xe9;l; pero el psicoan&#xe1;lisis impide esa postura cr&#xed;tica. </p>
		<p>Se puede reformular este doble juicio con un paralelo en filosof&#xed;a. Los fil&#xf3;sofos, no solo Wittgenstein, tienen algo que decir; tambi&#xe9;n, sobre todo, cuando se equivocan, y solo se puede aprender de ellos y escucharlos desde una cierta cr&#xed;tica. Pero las formas institucionalizadas de la filosof&#xed;a suelen impedir la cr&#xed;tica, o m&#xe1;s bien, producen un tipo de cr&#xed;tica que tapona la escucha. </p>
		<p>Sirva esta reflexi&#xf3;n inicial sobre filosof&#xed;a y psicoan&#xe1;lisis para abordar <italic>El fracaso moral de la humanidad</italic>, un libro sobre fil&#xf3;sofos escrito por un psicoanalista -o, mejor dicho, por alguien que piensa desde la pr&#xe1;ctica cl&#xed;nica; m&#xe1;s adelante explicar&#xe9; por qu&#xe9; es importante la diferencia-. Por su actitud y su estilo de interrogar, el libro responde a lo que he indicado en el p&#xe1;rrafo anterior. Como el autor est&#xe1; fuera de la filosof&#xed;a acad&#xe9;mica, hace una escucha abierta y libre de lo que los fil&#xf3;sofos tienen que decirle. Y porque quiere situarse tambi&#xe9;n fuera de las instituciones psicoanal&#xed;ticas m&#xe1;s convencionales, aprende de Freud recogiendo, con una elaboraci&#xf3;n que incluye la distancia, toda una tradici&#xf3;n conceptual y pr&#xe1;ctica del psicoan&#xe1;lisis. Es un libro de filosof&#xed;a escrito desde el psicoan&#xe1;lisis. Es un libro sobre moral. Es un libro pol&#xed;tico; o m&#xe1;s bien, <italic>a-pol&#xed;tico</italic>, que transpira un amargo rechazo de la pol&#xed;tica y de la construcci&#xf3;n de &#xf3;rdenes colectivos. </p>
		<p>No deber&#xed;a ser dif&#xed;cil entender lo que significa una expresi&#xf3;n como &#xab;fracaso moral de la humanidad&#xbb;. Uno dir&#xed;a que no lo es cuando hay desatada en Europa una guerra del peor viejo estilo y los que la hacen y sostienen a ambos lados est&#xe1;n dispuestos a correr el riesgo de pasar a una guerra nuclear, sabiendo, como sabe toda la humanidad -o sus pr&#xf3;ceres, con la sociedad detr&#xe1;s- que los motivos de esa guerra son una minucia al lado de la cat&#xe1;strofe ecol&#xf3;gica en curso y de las espantosas desigualdades y miserias que cubren la tierra. Eso es saber por d&#xf3;nde queda el bien y hacer el mal: un caso perfecto de fracaso moral. Pere&#xf1;a a&#xf1;adir&#xed;a que no es el primero, sino algo que se da repetidamente a lo largo de eso que se llama historia (<xref ref-type="bibr" rid="B2">Pere&#xf1;a, 2018</xref>). Ahora con m&#xe1;s intensidad, justo cuando se tiene mucha m&#xe1;s conciencia de lo que es el mal. </p>
		<p>El fracaso moral es el fracaso de los humanos frente a la moral. Para Pere&#xf1;a, no de algunos humanos, los malos de la pel&#xed;cula; sino de la humanidad como tal, de unos sujetos que, desde su desconcierto y vulnerabilidad, construyen reiteradamente &#xf3;rdenes colectivos fundados en el da&#xf1;o y la mentira. Esta es la amarga tesis del libro. Resultar&#xe1; dif&#xed;cil de digerir para lectores que, en la herencia ilustrada, o desde la denominada izquierda -ya sea liberal o no-, creen en el progreso moral, en una mejora progresiva del mundo por la v&#xed;a de la democracia, la libertad, el bien com&#xfa;n. No en vano, hay un sentimiento de &#xab;superioridad moral de la izquierda&#xbb; (<xref ref-type="bibr" rid="B4">Sanchez Cuenca, 2018</xref>), que cree haber recogido la lecci&#xf3;n moral kantiana incluso cuando provoca el mal con las mejores intenciones. La derecha, dir&#xed;amos que se acomoda en decir que la humanidad no tiene remedio, y que vale con concentrar el poder y los privilegios en unos pocos que producen directamente da&#xf1;o mientras predican hip&#xf3;critamente lecciones de moral. Visto as&#xed;, este libro es demoledor para con la hipocres&#xed;a y maldad de estos &#xfa;ltimos; lo que es obvio. Pero tambi&#xe9;n lo es, y en mayor medida, para con las candorosas pretensiones de aquellos, que resultan no serlo tanto, sino coartada de su complicidad con la barbarie. </p>
		<p>Con todo, no debe leerse este libro en la clave meramente pol&#xed;tica que he introducido. Se trata del &#xab;esc&#xe1;ndalo de que los hombres, fr&#xe1;giles como son, se hagan da&#xf1;o entre s&#xed; bajo el pretexto de la protecci&#xf3;n&#xbb;. Lo pol&#xed;tico es parte de ese esc&#xe1;ndalo, tal vez la m&#xe1;s visible, pero no la &#xfa;nica. El libro, ciertamente, mantiene alguna imprecisi&#xf3;n a la hora de determinar los &#xf3;rdenes colectivos que reiteradamente designa como lugar del da&#xf1;o y la falsedad ofertados para responder a la demanda de protecci&#xf3;n. Uno de ellos es, desde luego, el Estado, en cualquiera de sus formas, y las instituciones acogidas en su seno. Tambi&#xe9;n lo es, de manera similar, la religi&#xf3;n, con sus iglesias y sectas. Lo es casi cualquier instituci&#xf3;n humana regida por alg&#xfa;n tipo de Ley; pero tambi&#xe9;n, se intuye a menudo, funcionan as&#xed; agrupaciones humanas m&#xe1;s laxas fundadas en demandas afectivas, ya sean pandillas de amigos o parejas. La mirada del cl&#xed;nico descubre que en todas esas formas de agrupaci&#xf3;n se combinan con igual perversidad la protecci&#xf3;n y el da&#xf1;o; tienden tambi&#xe9;n a producir la mentira a s&#xed; mismo y a los otros.</p>
		<p>Por eso, habiendo m&#xe1;s &#xf3;rdenes colectivos que el estatal, la cuesti&#xf3;n es moral, antropol&#xf3;gica, u ontol&#xf3;gica. Es la cuesti&#xf3;n de c&#xf3;mo vivir, &#xab;&#xbf;c&#xf3;mo ser fiel a la decisi&#xf3;n de vivir sin encaminarse por los enredos de la conspiraci&#xf3;n social?&#xbb; (p. 189), &#xab;&#xbf;hay alguna posibilidad de <italic>phil&#xed;a</italic>, de vinculaci&#xf3;n afectiva que no sea la del crimen del orden colectivo?&#xbb;. </p>
		<p>Pere&#xf1;a parece responder que quiz&#xe1; la hay, pero que los hombres manifiestan reiteradamente su impotencia para realizarla. Y trata de desentra&#xf1;ar c&#xf3;mo se da eso leyendo a cuatro fil&#xf3;sofos y trayendo para su lectura un entramado de conceptos psicoanal&#xed;ticos elaborados por &#xe9;l, as&#xed; como las voces ocasionales, pero siempre decisivas, de autores como Kafka, Nietzsche, Marx o los tr&#xe1;gicos griegos. La respuesta final en contra de lo colectivo y en favor de la &#xab;deserci&#xf3;n&#xbb; es dif&#xed;cil de aceptar mientras se quiera seguir en la historia y en el mundo. Pero, mientras se est&#xe9; en la historia y en el mundo, asistiendo, cuando no participando, al reiterado fracaso moral de lo humano, la deserci&#xf3;n no deja de aparecer como la &#xfa;nica salida digna posible: &#xab;Sentarse al borde del camino y no ser ya soldado&#xbb;, seg&#xfa;n escrib&#xed;a Milena Jesenska en una bella frase que el libro recoge. &#xbf;Desertar o seguir (en el pelot&#xf3;n, en el grupo, en el partido, en la instituci&#xf3;n, en la iglesia, en el orden colectivo que sea)? Al final, esta alternativa se presenta como la verdadera decisi&#xf3;n moral sobre la que el libro trata. Lo hace manteniendo una tensi&#xf3;n, &#xe1;spera y delicada a la vez, entre el rechazo de casi todas las formas de asociaci&#xf3;n humana y el afecto incondicional por el sujeto humano doliente. Este afecto mueve el libro y se&#xf1;ala al esc&#xe1;ndalo. Es esta sensibilidad hacia el sujeto individual que sufre y se refugia en un da&#xf1;o protector la que hace m&#xe1;s v&#xed;vido el fracaso moral para la mirada cl&#xed;nica.</p>
		<p>Vaya primero una advertencia, dado que un psicoanalista leyendo a unos fil&#xf3;sofos puede generar falsas expectativas. Pero no se trata, en ning&#xfa;n caso, de psicoanalizar a cuatro fil&#xf3;sofos, esto es, de proyectar sobre las figuras de unos autores muertos y sacralizados hace ya tiempo unas interpretaciones m&#xe1;s o menos freudianas que desvelasen los entresijos m&#xe1;s morbosos de su pensamiento y de su vida. En este sentido, el libro decepciona desde la primera p&#xe1;gina a los aficionados al psicoan&#xe1;lisis barato.</p>
		<p>Los cuatro fil&#xf3;sofos en cuesti&#xf3;n son Plat&#xf3;n, Kant, Schopenhauer y Wittgenstein. Pere&#xf1;a los elige porque tienen algo que decirle en tanto que &#xab;se deja acompa&#xf1;ar por ellos&#xbb; mientras piensa; en tanto que, ley&#xe9;ndolos a ellos, su pensamiento -que surge de su propia pr&#xe1;ctica cl&#xed;nica y, se supone, de su propia trayectoria vital- se ve espoleado. Por eso, deja claro desde una introductoria &#xab;Nota al lector&#xbb; que no se trata para &#xe9;l de <italic>interpretar</italic> a estos autores, sino de <italic>elaborar</italic> a partir de ellos. Esto es, no se desvelan claves ocultas en ellos, al modo de la filosof&#xed;a acad&#xe9;mica o erudita, sino que se busca establecer un di&#xe1;logo -que &#xe9;l llama <italic>abierto</italic>- para ahondar, sobre todo, en la enigm&#xe1;tica conexi&#xf3;n entre el mal, el da&#xf1;o y la fragilidad humana. En este sentido, el libro puede decepcionar a quienes trabajan en filosof&#xed;a con un copioso aparato de bibliograf&#xed;a secundaria y desconf&#xed;an de una lectura directa del texto, menos interesada en evitar malentendidos por sujetarse al rigor historiogr&#xe1;fico que en el encuentro productivo con el autor.</p>
		<p>No se trata, entonces, de un ejercicio de interpretaci&#xf3;n filos&#xf3;fica ni psicoanal&#xed;tica. Sino de que la cl&#xed;nica del sujeto, como pr&#xe1;ctica y como reflexi&#xf3;n, se elabora con la filosof&#xed;a, en tanto que los fil&#xf3;sofos tambi&#xe9;n han mirado dentro las fragilidades y abismos morales de la existencia humana. &#xab;Cl&#xed;nica del sujeto&#xbb; me parece que es, en este libro y en la ya larga obra de Pere&#xf1;a, una denominaci&#xf3;n m&#xe1;s apropiada, alternativa a la de &#xab;psicoan&#xe1;lisis&#xbb; (<xref ref-type="bibr" rid="B3">Pere&#xf1;a 2019</xref>). Este &#xfa;ltimo est&#xe1; demasiado sujeto a clich&#xe9;s acartonados y a disciplinas sectarias; demasiadas veces, como percibi&#xf3; Wittgenstein, no ha sabido escapar a la tentaci&#xf3;n de establecer ritos de control y manipulaci&#xf3;n entre unos iniciados y unos sujetos que buscan ayuda. La cl&#xed;nica del sujeto, en cambio, se entiende como la atenci&#xf3;n que escucha a un sujeto singular sin suplirlo, sujeto &#xfa;nico que acude desde su angustia y que demanda ser escuchado para poder escucharse a s&#xed; mismo. El cl&#xed;nico y el fil&#xf3;sofo coinciden en su actitud de cuestionamiento fuera de los &#xf3;rdenes convencionales. No son &#xab;meros turiferarios de la instituci&#xf3;n o del orden colectivo&#xbb; (p. 57), dice Pere&#xf1;a, en su contundente lenguaje. </p>
		<p>En realidad, las escuelas helen&#xed;sticas -que no en vano se entend&#xed;an a s&#xed; mismas como cl&#xed;nica y terapia de la vida- se acercar&#xed;an mucho a la pr&#xe1;ctica que el autor quiere describir. Epicuro, Di&#xf3;genes, S&#xe9;neca, Epicteto entendieron que la vida humana es irremediablemente precaria, mientras que la pol&#xed;tica, el Estado, el poder, parasitan o depredan sobre esa precariedad; ellos buscaban, por eso, formas de salvaci&#xf3;n o sanaci&#xf3;n fuera de lo pol&#xed;tico, en la deserci&#xf3;n del orden colectivo. Pero, a pesar de esa simpat&#xed;a confesada por c&#xed;nicos y epic&#xfa;reos -m&#xe1;s matizada y compleja con los estoicos-, no es apenas con ellas con quienes dialoga el libro. Es de agradecer que as&#xed; sea, pues la filosof&#xed;a helen&#xed;stica, su terapia del deseo (por utilizar los t&#xe9;rminos de Martha Nussbaum) ha sido sobreexplotada por concepciones muy edificantes de la filosof&#xed;a, lindando a veces con las t&#xe9;cnicas de autoayuda al uso. Adem&#xe1;s, aunque los helen&#xed;sticos fueran los primeros en percibir el &#xab;fracaso de la moral de la humanidad&#xbb; -casi inmediatamente despu&#xe9;s del descubrimiento, o la formulaci&#xf3;n, de la moral misma por S&#xf3;crates y Plat&#xf3;n-, eran todav&#xed;a demasiado ingenuos, no llegaban a ver la escisi&#xf3;n original, la alteraci&#xf3;n pulsional que atraviesa a cada sujeto y que determina su fragilidad. </p>
		<p>Los cuatro protagonistas del libro, en cambio, s&#xed; han excavado m&#xe1;s hondo en las ra&#xed;ces del fracaso moral humano. Plat&#xf3;n, Kant, Schopenhauer fueron, quiz&#xe1;, menos honestos que Epicuro o Di&#xf3;genes; inventaron subterfugios pol&#xed;ticos, argumentales, est&#xe9;ticos para disimular o incluso remediar ese fracaso. No tanto en el caso de Wittgenstein. (Aunque cabr&#xed;a apuntar que la propensi&#xf3;n cientificista y pragmatista de muchos de sus seguidores ya suministra bastantes subterfugios y tapaderas). Pero los cuatro, con todos sus problemas y contradicciones, se prestan a lo que Pere&#xf1;a llama, tom&#xe1;ndolo de Bajt&#xed;n, un <italic>di&#xe1;logo abierto</italic>: elaborar en lugar de interpretar, dar con las palabras que &#xab;abren el horizonte de escucha&#xbb;, acompa&#xf1;ar la propia perturbaci&#xf3;n, pensar en un di&#xe1;logo silencioso m&#xe1;s all&#xe1; del discurso, cuestionarse a s&#xed; mismo en un ejercicio de parres&#xed;a, habitar &#xab;en la intimidad, donde el otro supone una angustiada soledad y una falta de identidad que conlleva que el otro sea el traumatismo del existir&#xbb; (p. 13).</p>
		<p>El fracaso moral humano al que se abre este di&#xe1;logo consiste en la existencia del mal. La perturbaci&#xf3;n es que los fr&#xe1;giles humanos, precisamente por fr&#xe1;giles, propenden invariablemente al da&#xf1;o y la crueldad. Lo escandaloso es que han podido descubrir lo moral como posibilidad de hacer de su fragilidad una forma de vida digna con los otros, una <italic>phil&#xed;a</italic>; sin embargo, recaen siempre en el mal, en formas de impostura y sometimiento por las que da&#xf1;an a otros y a s&#xed; mismos, y adem&#xe1;s lo hacen construyendo &#xf3;rdenes colectivos que dicen aminorar el sufrimiento, pero intensifican la crueldad y la violencia, como Hobbes se encarg&#xf3; de ver y justificar. Por una extra&#xf1;a mec&#xe1;nica, los hombres y las mujeres buscan protecci&#xf3;n vincul&#xe1;ndose a aquello que les da&#xf1;a y destruye, ya sea en la pareja o en la pol&#xed;tica, por mencionar dos &#xe1;mbitos donde este v&#xed;nculo sadomasoquista se da de modo m&#xe1;s frecuente y visible. </p>
		<p>El esfuerzo de aclararse con este &#xab;fantasma sadomasoquista&#xbb; que impregna los v&#xed;nculos humanos ha funcionado como un bajo continuo a lo largo de la ingente obra publicada por Pere&#xf1;a en los &#xfa;ltimos veinte a&#xf1;os. Quien la lea, podr&#xe1; reconstruir una densa red de conceptos e ideas que, elaboradas a partir de los principales hallazgos freudianos, y tambi&#xe9;n de la lectura de los tr&#xe1;gicos griegos y de referencias literarias fundamentales (Kafka y Celan, sobre todo), intenta dar raz&#xf3;n de ese fantasma. A partir de ah&#xed;, propone una forma de entender al sujeto humano en su angustia, su desamparo y su alteraci&#xf3;n pulsional, como &#xe9;l la llama. Por supuesto, hay un inconsciente, s&#xf3;lo que este no es una bolsa oculta llena de impulsos inconfesables, sino la huella de la presencia del otro marcada desde el inicio en un cuerpo desamparado y dependiente. El inconsciente no establece una causalidad de las acciones, sino que marca una determinaci&#xf3;n sintom&#xe1;tica de cada sujeto; es, por eso, una tarea que cada sujeto tiene consigo mismo. El sujeto se origina cada vez en su angustia traum&#xe1;tica; de modo que es indistinto de la pulsi&#xf3;n que lo altera y atraviesa en su dependencia del otro, de los otros. Lo que la cl&#xed;nica del sujeto comprueba es que los sujetos salen de su desconcierto pulsional -o tratan de darse una continuidad de existencia- construyendo un yo asentado en una identidad que solo se sostiene en el enga&#xf1;o sobre la propia angustia, en el v&#xed;nculo de la sumisi&#xf3;n grupal que protege mientras ejerce la violencia contra los otros o contra &#xe9;l mismo, ella misma. </p>
		<p>En la pesimista &#xab;antropolog&#xed;a&#xbb; -por llamarla as&#xed;- de Pere&#xf1;a, los sujetos, confrontados con su angustia y su soledad, no saben salir de ellas sin apuntarse a la tribu que les reconoce un yo y una identidad; pero no hay tribu sin guerra y da&#xf1;o, no hay agrupaci&#xf3;n humana sin exclusi&#xf3;n. El Mefist&#xf3;feles de Fausto se autodefin&#xed;a ir&#xf3;nicamente como parte de &#xab;aquello que siempre quiere el mal, y siempre produce el bien&#xbb;. Los hombres, en cambio, parecen estar hechos de tal modo que siempre quieren el bien, o creen quererlo, y casi siempre producen el mal. No pueden liberarse de la culpa radicalmente ligada a su existencia. Solo los locos y los melanc&#xf3;licos escapan a este mecanismo infernal, pero pagan un precio mucho m&#xe1;s alto, el de la exclusi&#xf3;n social. Cierto es que cada cual tiene, individualmente, en la soledad de su angustia, en su desamparo, la posibilidad de decidirse a desertar en lo posible de ese mecanismo. Aqu&#xed; es donde entrar&#xed;a la cl&#xed;nica, o la terapia, o el examen de la propia vida, si se quiere usar la f&#xf3;rmula m&#xe1;s cl&#xe1;sica de la filosof&#xed;a. Por eso, si en libros anteriores Pere&#xf1;a exploraba estos perversos laberintos de lo humano con un bagaje cl&#xed;nico, ahora lo hace con la filosof&#xed;a como lugar donde encontrar palabras y formulaciones para transmitir y pensar esa exploraci&#xf3;n inacabable.</p>
		<p>Si algo tiene el libro como lectura filos&#xf3;fica poco com&#xfa;n, son los hallazgos de palabras, de f&#xf3;rmulas de fil&#xf3;sofos en los que no se suele reparar. Kant, por ejemplo, sab&#xed;a muy bien de ese desconcierto humano, de la inadaptaci&#xf3;n con que los hombres vienen al mundo, del absurdo ca&#xf3;tico y cruel en que se dan las acciones humanas. Sab&#xed;a, tambi&#xe9;n, del car&#xe1;cter incondicional de la moral. Formul&#xf3; a su modo el fantasma sadomasoquista como la parad&#xf3;jica &#xab;insociable sociabilidad&#xbb; que es esencial a los hombres. A la vez, apost&#xf3; por el subterfugio de la historia, plasmada en una pol&#xed;tica progresivamente republicana como salida a la paradoja. Porque, si no, escrib&#xed;a expl&#xed;citamente, todo se iba a quedar en una &#xab;desconsolada contingencia&#xbb; (<italic>trostlose Ungef&#xe4;hr</italic>) (<xref ref-type="bibr" rid="B1">Kant 1994, p. 5</xref>). Bien; no es esta la f&#xf3;rmula en la que han reparado los miles de comentaristas que han pasado por las p&#xe1;ginas de Kant. Se han glosado la raz&#xf3;n pura y la pr&#xe1;ctica, la idea trascendental, el imperativo categ&#xf3;rico, etc.; pero Pere&#xf1;a ha escuchado justamente esa &#xab;desconsolada contingencia&#xbb; de la que Kant ha dicho -en voz m&#xe1;s bien baja, es cierto- que hay que evitar, negar: justo porque ah&#xed; se da la angustia traum&#xe1;tica de lo humano. En lugar del consuelo de la necesidad -que es lo que los fil&#xf3;sofos ofrecen en todas sus variedades-, el desconsuelo de la contingencia. Pero si Kant y los fil&#xf3;sofos bosquejan sistemas de necesidad que consuelen, a menudo por las v&#xed;as del da&#xf1;o y la mentira colectiva, es porque han percibido agudamente el desconsuelo, la contingencia enigm&#xe1;tica que es la fr&#xe1;gil existencia humana. Aqu&#xed;, en esa percepci&#xf3;n, es donde el cl&#xed;nico Pere&#xf1;a, que descree tanto de la necesidad como de la pol&#xed;tica, tambi&#xe9;n de la republicana, encuentra interesantes a los fil&#xf3;sofos. Concretamente, a aquellos de los que piensa que la perciben mejor y trafican menos con los enga&#xf1;os de la necesidad.</p>
		<p>Plat&#xf3;n es el primero de ellos. Puede ser sorprendente, por cuanto es casi lugar com&#xfa;n situarlo, junto a Hegel, como el gran responsable de unir la filosof&#xed;a con el Estado y con la idea, a costa de la contingencia y de la libertad del sujeto. Hay toda una tradici&#xf3;n moderna y postmoderna que lo denuesta por ello, con la clase de amor-odio que se tiene por el padre de la filosof&#xed;a. Hannah Arendt, por ejemplo, le reprochaba ser &#xab;antipol&#xed;tico&#xbb; por huir de la contingencia real humana hacia el mundo de las ideas. Ella favorec&#xed;a al pragm&#xe1;tico Arist&#xf3;teles. En la lectura de Pere&#xf1;a, sin embargo, Plat&#xf3;n es quien advierte, si no la contingencia, s&#xed; la p&#xe9;rdida que est&#xe1; en el origen de la subjetividad humana. El exilio de la naturaleza, la salida de la <italic>physis</italic> que suponen la inadaptaci&#xf3;n humana y la existencia de un orden social que se supone inventado para remediarla. Pero ese orden social, la pol&#xed;tica, resulta basarse siempre en la injusticia y la servidumbre, es incompatible con el bien. Ante ese esc&#xe1;ndalo, solo se puede repetir con S&#xf3;crates que es preferible padecer el mal antes que ejercerlo, y entonces fracasar de antemano ante la <italic>p&#xf3;lis.</italic> Plat&#xf3;n brega angustiosamente en sus di&#xe1;logos con esta paradoja que la propia experiencia griega le hab&#xed;a puesto ante los ojos. Termina en el desprecio de la multitud y la democracia, que requiere de la mentira necesaria, y en la quim&#xe9;rica propuesta de un fil&#xf3;sofo-rey: esto es, un poderoso que, por saber la verdad y del bien, abomine del poder. En el camino, Plat&#xf3;n ha hecho ver que es imposible que coincidan la moral con el poder, el sujeto con el ciudadano, la ley con el bien. </p>
		<p>Kant es tambi&#xe9;n consciente de esa no coincidencia: la formula como la &#xab;esplendorosa miseria&#xbb; del progreso humano, que nos va haciendo m&#xe1;s civilizados y racionales, pero no m&#xe1;s morales. La desconsolada contingencia, que se nos revela en cuanto sujetos como el &#xab;sentimiento de una existencia&#xbb; que es el yo -de nuevo, una certera f&#xf3;rmula kantiana que ha pasado desapercibida-, nos aboca en Kant a la moral como respeto incondicional por el otro, y a la vez a construcciones teleol&#xf3;gicas de la historia o a los impostados postulados de la raz&#xf3;n. Para Pere&#xf1;a, Kant ha dibujado con toda profundidad la soledad radical de la libertad humana, de la conciencia moral en cuanto conciencia del bien, y por eso de la culpa. Ha visto que, por eso mismo, la acci&#xf3;n humana solo puede ser mala; perfil&#xf3; de forma acerada el mal radical que se infiltra en todas las acciones. Se enredaba, sin embargo, en salidas dial&#xe9;cticas a esa soledad, buscando reunificar la libertad y la naturaleza, apelando a teodiceas, manos invisibles, planes ocultos de la naturaleza o de la providencia para justificar el mal. Como fil&#xf3;sofo, tapaba, sin borrarla, su enorme lucidez respecto a la contingencia de lo humano y el significado de la moral.</p>
		<p>Schopenhauer, kantiano rebelde y malhumorado, compartir&#xed;a esa lucidez sin buscar salidas pol&#xed;ticas o &#xe9;ticas en falso. Mis&#xe1;ntropo como era, inicia el camino de deserci&#xf3;n por el que Pere&#xf1;a aboga. De Schopenhauer le atrae la contundente perspicacia psicol&#xf3;gica con que analiza el dolor humano y la ilusi&#xf3;n del conocimiento y del libre albedr&#xed;o. Tambi&#xe9;n el descubrimiento de lo vital, de la voluntad como deseo ciego de vivir, como una latencia imparable de la vida que no es distinta de la precariedad y de la contingencia. Le disgusta su apelaci&#xf3;n a una voluntad impersonal que es la naturaleza misma, su negaci&#xf3;n de la realidad individual que al final es una negaci&#xf3;n de la vida, su escapada por lo art&#xed;stico, no exenta de finas observaciones est&#xe9;ticas. Schopenhauer aparece como lleno de sugerencias, a menudo ambiguas. Es l&#xfa;cido, pero no hay que olvidar que tambi&#xe9;n ha servido de consuelo a generaciones enteras de burgueses desencantados y sometidos al poder. Pere&#xf1;a lo olvida a veces; por eso est&#xe1; bien que lo lea acompa&#xf1;ado de Nietzsche y Kafka.</p>
		<p>Wittgenstein, finalmente, es el m&#xe1;s l&#xfa;cido, el que ya deserta definitivamente. Aunque habr&#xed;a que recordar que, parad&#xf3;jicamente, es el &#xfa;nico de los cuatro que fue soldado voluntario y conoci&#xf3; la guerra. Hab&#xed;a le&#xed;do a Schopenhauer m&#xe1;s que a cualquier otro fil&#xf3;sofo, conoc&#xed;a muy bien los l&#xed;mites intr&#xed;nsecos a la ciencia moderna: esta nunca podr&#xe1; deshacer la contingencia de todo lo que existe, y su pretensi&#xf3;n de establecer leyes causales universales -a las que los modernos asienten con reverencia- es m&#xe1;s ingenua que todas las mitolog&#xed;as de los antiguos. La elaboraci&#xf3;n que Pere&#xf1;a hace de Wittgenstein es la menos &#xab;convencional&#xbb; de todas. No le interesa el l&#xf3;gico, sino el que descubre que entender la l&#xf3;gica nos revela la inevitable y desconsolada contingencia del mundo, la cual, a su vez, es lo &#xfa;nico que puede decirse. No le interesa el fil&#xf3;sofo neopositivista del lenguaje, sino el solitario por decisi&#xf3;n que entiende el lenguaje como plegaria, la palabra -tambi&#xe9;n la proposici&#xf3;n con sentido del <italic>Tractatus</italic>- como demanda, como indicio del misterio y transcendencia de lo &#xe9;tico. Le interesa el fil&#xf3;sofo que, por serlo, sabe que no puede ser miembro de ninguna comunidad de ideas. En sus textos -desde los <italic>Diarios</italic> hasta <italic>Zettel</italic>- y en su propia trayectoria vital, Wittgenstein piensa a partir de la soledad radical del sujeto, de su condici&#xf3;n moral y de su desvinculaci&#xf3;n de la impostura propia de la pol&#xed;tica. Se ha liberado de la pretensi&#xf3;n de cambiar el mundo, y eso es lo que le evita caer en el fracaso moral, a ojos de Pere&#xf1;a. Ciertamente, Wittgenstein fue el verdaderamente a-pol&#xed;tico de los cuatro.</p>
		<p>&#xbf;C&#xf3;mo discutir estas &#xab;elaboraciones&#xbb;? Es m&#xe1;s f&#xe1;cil seguir el di&#xe1;logo abierto con estos cuatro fil&#xf3;sofos -acompa&#xf1;arlo, dejarse interpelar por &#xe9;l- que detenerse en cualquiera de las estaciones o en la propuesta de deserci&#xf3;n en la que siempre desemboca. El di&#xe1;logo, en verdad, tiene fluidez por las l&#xfa;cidas voces de los fil&#xf3;sofos -y por la delicada escucha que hace el autor-, pero esas voces ganan perfil porque resuenan con las de desertores, o al menos &#xab;desplazados&#xbb;, reales, tan l&#xfa;cidos como Kafka, Celan o Simone Weil. De ellos se desprende una exigencia de rigor &#xe9;tico, de vivir &#xab;sin concesiones al mal menor ni complicidad con el bien general&#xbb; que se va contrapunteando con el asombro continuo ante la reca&#xed;da humana en el fracaso moral. El sujeto desconcertado que cada cual es se ve arrollado por su identidad social, por su ciudadan&#xed;a pol&#xed;tica, y ambas lo hacen c&#xf3;mplice. El sujeto moral sabr&#xed;a que el bien no coincide nunca con la ley, y que eso implica a veces ponerse fuera de ella, desertar. Pero, &#xbf;qu&#xe9; significa, entonces, una deserci&#xf3;n? &#xbf;Cu&#xe1;l es su lugar y momento?, &#xbf;qu&#xe9; posibilidades tiene, si es que tiene alguna?</p>
		<p>&#xab;Nos despojamos de nosotros mismos al expulsar la falsedad/nos desollamos y no viene nadie&#xbb;, dice el verso de Antonio Gamoneda. Describe as&#xed; la incompletud y soledad del sujeto desprendido de su identidad social y de todas sus complicidades y enga&#xf1;os. Lo cierto es que, mientras respire, uno no puede dejar de ser ciudadano, padre o madre, profesional, cliente o incluso amigo: no deja de estar <italic>inserto</italic> en &#xf3;rdenes regidos por una ley. <italic>In-sertare</italic> comparte etimolog&#xed;a con <italic>de-sertare</italic>, y es su ant&#xf3;nimo. La ley hace la falsedad y sostiene el mal, pero es tambi&#xe9;n la que establece y posibilita el v&#xed;nculo, sin el cual el sujeto no tiene nombre ni lugar. </p>
		<p>Un v&#xed;nculo sin ley, una asociaci&#xf3;n entre humanos sin Estado, sin el Derecho, sin los enrejados de la crueldad e hipocres&#xed;a social es la posibilidad imposible que se va irisando en el libro, como se irisaba, creo, en el ensayo sobre la violencia de Walter Benjamin, como se entender&#xed;a en una <italic>phil&#xed;a</italic> que no fuera una conveniente amistad c&#xed;vica. Ciertos esbozos de anarquismo -con los que Pere&#xf1;a simpatiza t&#xe1;citamente-, aspiran a ese v&#xed;nculo. Pero la aspiraci&#xf3;n se queda en mostrar una posibilidad para la que los humanos se muestran impotentes.</p>
		<p>&#xbf;Es precisa, por otro lado, una ley para hacerse da&#xf1;o? Desde un &#xab;realismo c&#xed;nico&#xbb;, se har&#xed;a notar que un v&#xed;nculo sin ley externa que le de forma y lo regule puede ser todav&#xed;a m&#xe1;s da&#xf1;ino, como muestran sobradamente las relaciones &#xed;ntimas entre los sujetos, tan propensas a la crueldad. Por principio, la ley no existe para producir el bien, sino para prevenir el mal, el da&#xf1;o entre los sujetos. Previene el da&#xf1;o y, por eso, tambi&#xe9;n lo hace. A la vez, sin embargo, se podr&#xed;a objetar que precisamente la intimidad est&#xe1; muy regulada externamente, que de eso va lo inconsciente, tambi&#xe9;n. Salvo que demos con una intimidad sin ley; pero eso, seg&#xfa;n describe Pere&#xf1;a varias veces en el libro, solo se da en la soledad del sujeto: del sujeto que sepa estar en soledad, que es el sujeto libre.</p>
		<p>Del mismo modo, el c&#xed;nico &#xab;realista&#xbb; al que me refer&#xed;a podr&#xed;a conceder que la ley hace da&#xf1;o, pero que, asimismo, ning&#xfa;n bien se hace sin el auxilio de la regulaci&#xf3;n legal. La paradoja, de nuevo, es que el bien requiere de una colaboraci&#xf3;n entre varios, de un orden colectivo reglado de alg&#xfa;n modo: un orden en el que enseguida se generan todos los vicios propios de las agrupaciones humanas. Baste el ejemplo de tantas ONGs que inevitablemente mezclan la mejor caridad y el cuidado de los que sufren con la hipocres&#xed;a, los intereses creados, la connivencia con las pr&#xe1;cticas de una sociedad mercantilizada. El bien que alcanzan no puede darse fuera de esa mezcla, salvo en el caso de acciones espont&#xe1;neas individuales como, valga el ejemplo, la del buen samaritano. Esta se da de t&#xfa; a t&#xfa;, esto es, excluy&#xe9;ndose, des-insert&#xe1;ndose de los prejuicios identitarios y las enredaderas pol&#xed;ticas. Es solo ocasional, singular.</p>
		<p>&#xbf;Hay salida, entonces, del fracaso moral? &#xbf;Expulsar la falsedad, despojarse de la identidad y sustraerse al juego de los reconocimientos? La deserci&#xf3;n, cuando se da, es puntual, ocasional, contingente: la contingencia de una decisi&#xf3;n que reconoce lo contingente y no se pliega a la necesidad. No tiene una receta, surge en la situaci&#xf3;n. Pero la decisi&#xf3;n no la toma el sujeto desamparado, que nunca coincide con el ciudadano en el que se representa con toda la falsedad social, sino la conciencia (la buena y mala conciencia a la vez) que reflexiona sobre esa no coincidencia y reconoce el fracaso moral. A veces puede, en efecto, decidir sentarse al borde del camino y no ser ya soldado. Casi siempre, la red de compromisos invita a mantenerse en el juego social y sus falsedades porque esos compromisos conllevan responsabilidades morales. Valga el ejemplo de la paternidad, tambi&#xe9;n como otro v&#xed;nculo ambiguo que juega con la protecci&#xf3;n y el da&#xf1;o. El fracaso moral se replica en cada instancia.</p>
		<p>Todo este conjunto de problemas no son una novedad en la tradici&#xf3;n de la llamada &#xab;filosof&#xed;a moral&#xbb;. El alma bella de los rom&#xe1;nticos, las manos sucias y las manos limpias, el tr&#xe1;gico dilema de Max Weber entre la &#xe9;tica de las convicciones y la &#xe9;tica de la responsabilidad. Para la mirada del cl&#xed;nico, sin embargo, lo tr&#xe1;gico se hace m&#xe1;s intenso porque el sujeto de la &#xe9;tica, el que decide sobre sus manos o sobre su alma, no est&#xe1; hecho de una pieza antes de su decisi&#xf3;n, sino que es el acontecer de una divisi&#xf3;n entre el desamparo de su singular alteraci&#xf3;n pulsional y la falsedad necesaria de las identidades con las que se vincula y construye socialmente. Por eso, tambi&#xe9;n, no le es posible desentenderse del fracaso moral y ponerse a cubierto de hacer el mal en alg&#xfa;n refugio santificado. En eso consiste la sublime ridiculez del alma bella, pero hay que entender que el desertor est&#xe1; libre de ella: tiene una vida con una implicaci&#xf3;n anterior que le ha dejado bien sucio. Tampoco ocupa el lugar del poder en que se puede plantear elegir entre una de las dos &#xe9;ticas weberianas. </p>
		<p>La deserci&#xf3;n, no obstante, tampoco es un lugar de llegada. No es un refugio, ni siquiera como desierto. El ex-soldado que ha decidido dejar de marchar y sentarse al borde del camino volver&#xe1; en el mejor de los casos a su tierra, donde ya es hombre, padre, marido, ciudadano; se reinserta en la cadena de componendas e identidades. No se deserta de una vez para siempre porque, de un modo u otro, siempre se permanece ligado. Se puede desertar en cada ocasi&#xf3;n o lugar en que el fracaso moral se ha vuelto irrespirable; pero siempre sin la garant&#xed;a de no volver a caer en un nuevo entramado de fracasos morales. Es llamativo, por eso, el contraste entre los fil&#xf3;sofos protagonistas del libro, todos insertos en redes sociales bien determinadas a pesar de su lucidez moral, y los poetas, como Kafka o Robert Walser, que, ciertamente, se des-insertan: en la locura, en la escritura marginal, no publicada. Estos son m&#xe1;s sabios, pero aquellos son m&#xe1;s astutos. Recuerda Pere&#xf1;a que Wittgenstein dec&#xed;a que de Freud se pod&#xed;a esperar astucia, inteligencia (<italic>Klugheit</italic>), pero no sabidur&#xed;a. Puede que nuestros cuatro fil&#xf3;sofos se movieran entre las dos cosas, porque la sabidur&#xed;a surge de la lucidez, pero la inteligencia les permite reinsertarse. Es la combinaci&#xf3;n de ambas cosas lo que abre el di&#xe1;logo con ellos.</p>
		<p>Hay una hermosa pol&#xe9;mica con Kant en el libro. El alem&#xe1;n recurre a la imagen del bosque, los &#xe1;rboles compiten entre ellos para alcanzar la luz del sol, y eso les hace crecer derechos hacia arriba con cierta uniformidad (<xref ref-type="bibr" rid="B1">Kant 1994, p. 6</xref>). Una buena met&#xe1;fora del orden social; pero es desasosegante, tambi&#xe9;n. Al bosque -demasiado multitudinario y disciplinado-, Pere&#xf1;a le contrapone la imagen de la encina solitaria en medio del campo abierto (p. 113). Sin embargo, tambi&#xe9;n la encina es resultado de un orden; y parece que no crecer&#xed;a sin los animales que se frotan contra su tronco y lo mantienen limpio, sin un orden social que se hace cargo de la le&#xf1;a ca&#xed;da.</p>
		<p>El sujeto tampoco se escapa nunca al conjunto de &#xf3;rdenes y chantajes que lo constituyen -sociales, pol&#xed;ticos, econ&#xf3;micos, afectivos-, no se escapa al fracaso moral. No deja de negociar peque&#xf1;as deserciones que no le limpian las manos. Puede haber, s&#xed;, momentos extremos en los que tenga lugar la gran deserci&#xf3;n -baste mirar a los j&#xf3;venes rusos o ucranianos que escapan en estos d&#xed;as al reclutamiento-. Suelen coincidir con momentos de cat&#xe1;strofe. Pero, mientras llega el momento -y no es de sabios esperar o desear que llegue-, solo puede mantener la distancia frente a su propia inserci&#xf3;n en el orden que le ha tocado, sea este un bosque o un campo abierto. Una distancia interior. La soledad del desertor puede ser f&#xed;sica en las situaciones extremas -los exsoldados de verdad-; pero es primero la soledad de la reflexi&#xf3;n por la que el sujeto se distancia de sus propias identidades, de su vinculaci&#xf3;n a ley y los &#xf3;rdenes del fracaso moral, haci&#xe9;ndose consciente de ellos, confrontando, quiz&#xe1;, responsabilidades.</p>
		<p>C&#xf3;mo distanciarse de s&#xed; es, seguramente, el gran problema moral, el problema de c&#xf3;mo vivir dignamente. Separarse de s&#xed; mismo al pensar; seg&#xfa;n Hannah Arendt, eso es lo que S&#xf3;crates ense&#xf1;&#xf3; a hacer, mientras que un Eichmann era incapaz de ello. Es lo que permite distinguir el bien del mal, tener juicio. Con todo &#xbf;cu&#xe1;ntas maneras hay de dividirse antes de la deserci&#xf3;n? Hay toda una corriente, que viene desde S&#xf3;crates y Plat&#xf3;n y pasa por Kant, que propone hacerlo por la estrategia de la iron&#xed;a. No es para nada la de Pere&#xf1;a, quien elude toda menci&#xf3;n a la actitud ir&#xf3;nica. La silencia por completo. Seguramente, pienso, porque la iron&#xed;a puede ser una de las vestiduras del mal y de la crueldad. Lo era para Hegel, por cierto, un autor del que podr&#xed;a decirse que era tan l&#xfa;cido como c&#xf3;mplice respecto al &#xab;fracaso moral&#xbb;. O puede que Pere&#xf1;a silencie la ironia, tambi&#xe9;n, creo, porque la autodivisi&#xf3;n del yo que funciona en la postura ir&#xf3;nica dif&#xed;cilmente puede ser la de la deserci&#xf3;n: esta &#xfa;ltima es m&#xe1;s un desgarro entre el sujeto primariamente precario, desconcertado y fr&#xe1;gil, y todas las capas de identidad y reconocimiento con las que se inserta socialmente. No un autodividirse, sino, m&#xe1;s bien, un autodespojarse, desollarse, con las f&#xf3;rmulas de Gamoneda.</p>
		<p>La deserci&#xf3;n ser&#xed;a un tomar conciencia de la propia fragilidad y, a la vez, no buscar la protecci&#xf3;n de complicidades y da&#xf1;os que proporciona un orden de leyes e identidades.</p>
		<p>En ese sentido, s&#xed; que hay una voluntad impl&#xed;cita lo largo del libro de no atribuir a ese sujeto despojado, desertado, una pureza moral que le apartase del fracaso de la humanidad, ni tampoco alguna autenticidad al modo existencialista. Tanto m&#xe1;s cuanto que la deserci&#xf3;n se presenta como resultado de una decisi&#xf3;n, y la decisi&#xf3;n es uno de los actos m&#xe1;s dif&#xed;ciles de entender, si no es el resultado, de nuevo enigm&#xe1;tico, de una elaboraci&#xf3;n. Pero no hay tal sujeto aut&#xe9;ntico, depurado; sino que, aun en la conciencia de la fragilidad, sigue vinculado ambiguamente con el orden social, con todas sus falsedades. La conciencia de ese v&#xed;nculo, de lo inevitable y ambiguo del v&#xed;nculo, es lo primero que tiene el que se pone a desertar de algunos v&#xed;nculos; de los m&#xe1;s inaceptables, pero no pudiendo evitar que permanezcan otros. Solo as&#xed; mantiene la vida y la existencia. </p>
		<p>El fracaso moral est&#xe1; en que es imposible salir del todo del fracaso moral. La &#xe9;tica es, sobre todo, la atenci&#xf3;n a la vida desamparada. Pero la propia vida a la que la &#xe9;tica atiende, la vida del sujeto de la alteraci&#xf3;n pulsional, parece impulsar a ese fracaso. Lo cual resulta ir&#xf3;nico, o c&#xf3;mico, o tr&#xe1;gico. Y cualquiera de esas tres posturas, teatrales como son, vuelven sobre la falsedad. Sin embargo, esto &#xfa;ltimo queda sin expresar en el libro; m&#xe1;s bien lo intuye el lector al pensar sobre las posibilidades de la deserci&#xf3;n. O tal vez lo intuya el libro, el cual acaba, por eso, glosando la idea de la plegaria seg&#xfa;n Wittgenstein. Este escribi&#xf3; en sus diarios que la plegaria es &#xab;el pensamiento del sentido de la vida&#xbb; y tambi&#xe9;n el pensamiento sobre la impotencia para influir en el mundo. Lo que Pere&#xf1;a elabora como un espacio &#xe9;tico de soledad y de conciencia de la confusi&#xf3;n de bien y mal, de contradicci&#xf3;n en que el sujeto est&#xe1; enredado, inserto. Una plegaria, dir&#xed;amos, sin v&#xed;nculo, capaz de esperar sin esperanza, y por ello sin miedo. Nada m&#xe1;s.</p>
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